Día de Muertos

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Octubre es otoño, pero también el anuncio de una celebración muy esperada por todos: el Día de Muertos, que, por demás está decir, es una de las fiestas tradicionales más importantes de México.

 

En pleno siglo XXI, en una sociedad como la nuestra, el elemento más profundo de esta tradición es el altar, la ofrenda, que se remonta a las antiguas culturas prehispánicas, pero para entender un significado más completo (más allá de la información que se puede encontrar en cualquier página de internet, los niveles, los objetos simbólicos, etc.) vale la pena echar un ojo a las celebraciones en las comunidades indígenas que aún viven esta costumbre como una verdadera conexión con sus antepasados.

 

En Querétaro, los ejemplos más claros están en las comunidades de Tolimán y Amealco, donde estas celebraciones tienen un significado más propio, más arraigado en las familias, son fiestas que también otorgan identidad a los integrantes de sus comunidades.

En Amealco, no solo son días para recordar a sus familiares fallecidos, sino también para recordar a sus ancestros, a su linaje. En San Ildefonso Tultepec, por ejemplo, además de los rezos, de las ofrendas, de las visitas y cantos en los panteones, también se realizan danzas para expresar la alegría de estos acontecimientos, pues, más que una pérdida, es celebrar que sus familiares que dejaron este mundo ahora están con sus ancestros. Aquí, las mujeres confeccionan sombreros llenos de listones de colores y bastón con cascabeles que utilizan en las danzas.

 

Si las danzas, si los cantos, si el fervor de estas comunidades puede parecernos sorprendentes, en Tolimán la tradición de estas comunidades otomíes chichimecas son aún más asombrosas y complejas.

 

A diferencia de las comunidades otomíes de Amealco, en Tolimán todas las fiestas están perfectamente organizadas por los grupos comunales. Particularmente para el Día de Muertos, existe un grupo de campaneros, quienes hacen tocar las esquilas durante todo el mes de octubre para anunciar la pronta llegada de las almas de los familiares y ancestros, los xitatas. En Amealco, aunque también la campana es un elemento importante en estas fechas, sólo se toca desde la tarde del 31 de octubre hasta el mediodía del 1 de noviembre para anunciar la llegada de los niños “angelitos”.

 

Otro grupo importante entre las costumbres tolimenses son los cargueros, responsables de acompañar a los campaneros y recolectar las ofrendas, que son las principales capillas familiares que serán dadas para el altar principal en la parroquia.

Sin embargo, es en las capillas-oratorio donde acontece lo más importante. Aquí, las ofrendas no están definidas por los 3 o 7 niveles establecidos por la cultura popular, sino por las posibilidades de cada familia, pero lo más sorprendente es que haya una representación de cada uno de sus difuntos, y así durante estas fechas los pequeños altares parecen habitados por familiares y ancestros en forma de cruces que se multiplican en las sombras a la luz de las veladoras.

 

Este año, debido a la pandemia que aún está presente, es una gran oportunidad para recordar a todos aquellos que se nos han ido, para adentrarnos en el significado profundo de una ofrenda y desearles lo mejor allá donde se encuentren.

 

Dato: El 2 de noviembre surgió como Día de los Difuntos en el año 998, pero se instituyó a nivel mundial hasta el siglo XIV.

 

Dato: Entre las diversas celebraciones a los difuntos en el México prehispánico, la relacionada con los “muertos chiquitos” era la única que se celebraba a inicios de noviembre, clave para asimilar las creencias católicas con las costumbres precolombinas.

 

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