La ciudad de un escritor de paso

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A inicios de 2020, en su sabático, el escritor español, Javier Jiménez Belmonte decidió instalarse en Querétaro sin saber que se avecinaba una pandemia. Ese sabático también fue un periodo para la escritura literaria, y de eso da cuenta Un texto en camino, en el cual aparecen los ruidos de la ciudad —el vendedor de agua, el de barquillos, el de tamales, el chamán de la casa de enfrente tocando su pandero…— y panorámicas de la misma: «los tinajos gigantes de los tejados, el campanario a medio construir de una iglesia neoclásica, un puñado de edificios modernos difuminados a lo lejos». El primer libro publicado por la editorial queretana Gris Tormenta en el que, curiosamente, Querétaro es un personaje preponderante.

Así, de esta ciudad hubo algunos lugares que quedaron en su memoria que bien podrías reandar o descubrir en cualquier momento.

 

Parque Carretas

Este parque «poco pretencioso», como lo describe Javier, y en el cual solía pasear anudando y desanudando ideas, aparece referido en el libro por sus calles empedradas y banquetas invadidas por los troncos de las bugambilias, de las jacarandas, de los pirules, de los huizaches, de los tepehuajes y de los mezquites —los árboles que, recordándole su infancia, lo teñían de familiaridad. Uno de los pulmones de la ciudad.

 

El Alquimista

Nunca como en Querétaro disfrutó tanto ni logró tener constancia en su afición al collage —un arte de soldar imágenes desgarradas, como recuerda que la describe la escritora Olivia Laing. En la mesa de casa disponía los recortes que hacía con el material que conseguía en el bazar de libros El Alquimista. «Si a uno le gusta trabajar con imagen, la pura búsqueda entre las pilas de libros es en sí ya algo lindo», dice.

 

La Comezón

De no haber entrado en esta librería, quizá Javier jamás hubiera escrito Un texto en camino ni encarado la inquietud que supuso la casualidad de encontrar el libro de Raduan Nassar, donde se incluye el cuento que creía haber plagiado inconscientemente. «Era lindo ir ahí porque había una curaduría de libros; se veía que había una persona que leía detrás», recuerda. En ella —como cuenta en su libro— compró El libro vacío, de Josefina Vicens, junto al que le obsequiaron «un pasquín en una edición casera» de una conferencia de Alan Pauls. Como indica el colofón del libro, durante el proceso de edición, la emblemática librería cerró sus puertas.

 

Panadería Pánico

A media cuadra de la casa en la que habitó durante su sabático —donde dispuso un pequeño escritorio junto al ventanal de su habitación que daba al andador de la calle Ignacio Altamirano—, se halla la panadería Pánico, un sitio con unas destacadas hogazas y piezas de pan dulce, así como strudel de manzana, galletas y conservas. Hoy en día cuentan, además, con Pánico Comedor, un local en la Plaza Fundadores donde ofrecen pizzas y ensaladas.

 

Paletería y nevería Colonial

Entre las anécdotas simpáticas de la edición del libro, se halla un tira y afloja que Javier sostuvo con los editores: saber si una paleta era de «limón de leche», como él sostenía, o de «leche de limón», como lo hacían ellos. Una nimiedad que en todo caso evidenciaba el cuidado con que se trabaja un manuscrito. «Siempre las llamé así y cuando empezamos a trabajar en el manuscrito lo corrigieron. A mí me sonaba muy mal. Al final quedó como a mí me sonaba», cuenta Javier minutos antes de entrar a la paletería, pedir una y confirmar que siempre se llamaron como él recordaba. En este sitio las paletas y nieves se hacen en el lugar, todo es natural y tienen, además de limón de leche, sabores como mantecado, cajeta, café, nuez, piñón, tamarindo y grosella

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