De comer uvas y hablar con vacas

En Literatura

DE COMER UVAS Y HABLAR CON VACAS

Por: Jaime He

 

Hace algún tiempo, durante la fiesta de Nochevieja, me ahogué con una de las doce uvas que nos entregó mi tía en un vasito gelatinero. Como todos a mi alrededor, apenas el reloj marcó la medianoche, me las fui echando a la boca, uva por uva, en lo que decía —mentalmente, se entiende— mis doce deseos, uno por cada mes del año entrante. Por fortuna, mi atragantamiento fue momentáneo, y, para mayor fortuna todavía, pasó desapercibido. Tras dos o tres segundos de contenida desesperación, tosí la mentada uva —¿la de mayo?, ¿la de junio?— y hasta ahí llegó mi susto privado. Nadie me vio, no hubo palmadas en la espalda ni «pajarito, pajarito». Seguí comiendo en silencio —es decir, en el silencio de ya no seguir decretando el deseo de agosto—, con los ojos llorosos y poniendo particular atención en el masticado.

 

Traigo a colación mi fugaz encuentro con la muerte con el propósito de ejemplificar una cosa: el fin de año vuelve a las personas supersticiosas. Hacen —o hacemos— cosas raras durante la última etapa de la temporada. Hay algo en el aire decembrino que nos incita al agüero, a la cábala, al optimismo injustificado y a la enajenación colectiva. Recuerdo la confusión que sentí a mis diez u once años cuando vi a mi madre y a dos de mis tías salir corriendo de casa, con una maleta vacía en cada mano y la firme intención de darle la vuelta a la manzana. A su regreso, me explicaron el ritual y su supuesto propósito. No sé si viajaron aquel año; sin embargo, ese hermoso disparate me hizo paladear, por primera vez y para siempre, el espíritu fantástico de las fechas.

 

Por ser el último «y nos vamos», diciembre es un mes que propicia la reflexión —y, si es con un ponche caliente en las manos, reflexionamos mejor todavía. Solemos realizar un recuento de lo que nos pasó durante el año, con miras a lo que vendrá. Resulta curioso cómo, por acuerdo social, dibujamos un límite imaginario que le pone fin a un ciclo y marca el principio de otro. Precisamos que las cosas acaben, que los plazos expiren, que el tiempo muera, porque solo así puede haber nuevos comienzos, segundas oportunidades. Y somos adictos a las segundas oportunidades —«esta es la buena», «la tercera es la vencida», «no hay quinto malo». Tenemos la congénita esperanza de que lo nuevo, casi que solo por serlo, va a ser mejor —«este año sí termino la tesis», «este año no pagaré el gimnasio en vano», «este año sí consigo novia / novio / loquesea», «este año sí...». Y para aumentar las probabilidades de que nuestras consignas se cumplan, para «asegurar» la buena fortuna, no escatimamos en prácticas que, en cualquier otro contexto, nos resultarían estrafalarias cuando no incomprensibles.

 

Usar calzones rojos para el amor y amarillos para el dinero son mañas íntimas que muchos ya dominan —¿existe la trusa rojiamarilla para matar dos falencias de un solo tiro?—; unos barren la casa para sacar las malas energías, mientras que otros queman hojas de laurel para liberar la buena suerte.

 

En Rusia, las personas escriben sus deseos en un pedazo de papel, después le prenden fuego y echan las cenizas en una copa con champagne, que luego beben de un tirón —porque, claro, son rusos. Los griegos cuelgan cebollas de sus puertas, ya que, según la tradición helénica, esta verdura simboliza el renacimiento de la vida para el año que está llegando. Por su parte, los italianos guardan un puñito de lentejas en la bolsa o la cartera, mientras que los finlandeses echan estaño fundido en un vaso de agua. En Irlanda golpean las puertas de la casa con el pan de Navidad, y en Países Bajos se dan un chapuzón en agua helada. Los belgas se besan bajo un muérdago. Los brasileños entran al mar y saltan siete olas. Los daneses rompen platos contra las puertas, los filipinos visten con ropas de lunares, los rumanos conversan con sus vacas —si les entienden, ¡ay!— y los argentinos arrojan facturas y papeles viejos por las ventanas.

 

Por mi parte, reconozco que solo engullo fruta con premura durante esos primeros segundos de cada 1 de enero. No es el método infalible para que se concreten tus deseos, pero el ejercicio invita a enlistarlos, a enunciarlos. Y se sabe que nombrar las cosas es el primer paso para que sucedan. Eso sí, nómbrenlas después de tragar.

 

 

*Es diseñador industrial graduado del ITESM y tiene un máster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Fue finalista en la primera y segunda edición del Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila , y dos veces ganador del Premio Ignacio Padilla (2017 y 2019). Su trabajo se ha publicado en antologías de narrativa y ensayo, y es autor del libro de relatos Melancolía de los pupitres.

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