Rafael Rodríguez <<Pinto para ser contenido>>

En PERFILES

Por Eduardo de la Garma

 

Las palabras no son sino la relación que tenemos con las cosas. La idea es de Roland Barthes, el escritor que más eco tiene en los afectos de Rafael Rodríguez. En el 2010 pintó una serie de retratos titulada «Cuando llegue el verano». Son retratos imposibles sobre su mamá; imposibles porque ella murió unos años atrás. E imposibles porque, aunque el óleo se haya inventado para expresar o escurrir la carne a lo Lucian Freud, a Rafael Rodríguez le interesa la mirada más que el cuerpo. Lo que en el fondo expone o exhibe o despliega Rafael no es su mano, sino su ojo.

 

¿Cómo traer de vuelta entonces la mirada perdida de la madre muerta? La respuesta la encontró en un pintor tan tierno como impenetrable: Giorgio Morandi. A través de distintos objetos domésticos, objetos ordinarios pero entrañables de su mamá —un sartén, unas pastillas, un exprimidor de naranjas, un cepillo—, Rafa trató de retener el pedazo de vida que él más atesora. El último cuadro de la serie nunca lo terminó. Yo alcancé a ver un par de versiones en su estudio: era su vestido de novia en formato uno a uno. Años después, en el 2013, pintó un óleo de la mitad del tamaño del vestido nunca alcanzado: Encuentro, se titula el cuadro. Desde el punto de vista de la ausencia, se ven unos pies desnudos frente a unas zapatillas descalzadas.

 

Es el testimonio de una derrota: el encuentro con el vacío. Y también es el registro de una conquista: la posesión de la orfandad. Entre todos los retratos que ha hecho Rafael Rodríguez, falta al menos uno, uno vital, el más honesto de todos: el retrato de la mirada de su mamá. Las palabras no son sino la relación que tenemos con las cosas, y la mirada opera de la misma manera: lo único que vemos es donde estamos parados. Y en la pintura de Rafael Rodríguez estamos parados frente a ese atroz espectáculo que llamamos deseo, fractura, desencanto o quizá —si se nos dispara el factor cursi— amor.

 

Rafael Arturo Rodríguez Cruz nació en Santiago de Querétaro en 1977. A los nueve años expuso de manera individual en la Casa de la Cultura que después se convertiría en el hotel Casa de la Marquesa. Su vida se reduce a unas cuantas cuadras del centro de la ciudad de Querétaro, pero sus obras se han expuesto, por ejemplo, en la National Portrait Gallery de Londres. Su trabajo ha sido «la concentración y la introspección», me dice Gabriel Hörner, el director del Museo de la Ciudad y la persona que más de cerca ha seguido su trayectoria.

 

«[En el 2000] fui al Museo de la Ciudad y le dije a Gabriel: oye, no me conoces, pero yo pinto y traigo estos cuadros y quiero que me des una sala, pero tiene que ser ya, ahorita […]. Fue la primera vez que hice algo que no era mío ni escolar, era algo propositivo», me dice Rafa. Gabriel lo recuerda así: «En ese entonces, entre la influencia de Carbonell  y la de Jordi [Boldó] en Bellas Artes, entre el informalismo catalán y el realismo edulcorado, era muy impresionante ver algo diferente».

 

Entre sus múltiples exposiciones, nacionales e internacionales, cinco al menos me resultan vitales: «Con permiso» (Museo de la Ciudad, 2001), «Apostolado» (Museo de la Ciudad, 2011), «Nuestros territorios quemados» (Museo de la Ciudad, 2014), «El tiempo amargo de mi vida inútil» (Galería Libertad, 2017) y «Carte de Tendre» (Museo de la Ciudad, 2024).

 

«Antes pintaba muchísimo porque no tenía ninguna pretensión; lo que hacía no era para nadie ni para nada. Y eso es una lástima, porque ahorita cosa que hago va dirigida a algo: un proyecto, una exposición, o incluso una pretensión mía. Antes pintaba mucho más. Y eso está mal, es como ir perdiendo curiosidad.» Sus clases y talleres de pintura abordan justo eso: la exploración auténtica, y no la destreza técnica.

 

 

Es así: de los cuatro géneros pictóricos que existen, solo hay tres: los paisajes y los retratos. Y como la ventana no es sino otra forma del espejo, solo existe una imagen posible, y una más bien decepcionante: el autorretrato.

No se escribe o no se pinta para registrar un afecto, sino para poder desear. Y el deseo de Rafa es la contención, la sensación de creación. «Odio la fantasía; mi gran problema es no poder evadirme —me dice en su casa mientras cocina algo que se ve mucho mejor de lo que sabe—: Nunca había cocinado esto, eh; no sé, yo lo único que busco aquí es el color.» Cuando terminamos de comer, retoma su ansia y su imposibilidad de evasión: «Pinto para ser contenido —me dice—. Me gustaría ser inteligente, y si no puedo ser inteligente, o encantador, por lo menos puedo desarrollar un talento técnico; me gustaría tener inteligencia emocional para encantar, para poder vivir en paz».

 

«El problema son las expectativas», me contesta. La pregunta era esta: ¿es más complejo pintar a personas que conoces o a completos extraños? Pero su respuesta me dice más de su tema preferido: el amor. Entiéndase este amor como uno de suburbio; es decir, como uno más bien desolado. Uno que trata de sacar algo de la descomposición y el ridículo. El amor de John Cheever, digamos. Embriagador, pero también abominable. Maravilloso y grotesco a la vez.

 

«Es un ritual bastante extraño ir al encuentro con el otro», dice Antoine D’Agata, otro personaje importante para comprender la obra de Rafa. En sus fotografías, Antoine D’Agata explora sobre todo la ausencia del amor: el vacío, las heridas, las traiciones, el desamparo. Y también busca algo más allá del amor, quizá: «La amistad, una cierta solidaridad, una intimidad, un contacto, un signo de reconocimiento, algo que nos diga que no estamos solos, que estamos vivos», dice en una entrevista que ahora escucho en loop para poder escribir este retrato.

Lo que pone en conflicto el amor es la libertad. «En una entrevista que le hizo Marguerite Duras a Francis Bacon —me dice Rafa—, Francis Bacon le confiesa que la única forma en la que puedes crear es en libertad, y entonces el amor no te funciona.» El amor es el diablo, se titula la película sobre Bacon.

La pintura de Rafa no es una prueba del amor, por supuesto. No es una prueba de nada. Pero sí es algo que rememora, que tuerce, que pone en escena ese ritual imposible y destructivo que es ir al encuentro con el otro.

No sé, tal vez en las pinturas de Rafa sea posible preguntarse por el sufrimiento y su sentido.

En su estudio hablamos de Robert Bresson y sus modelos. «La repetición me ayuda mucho —me dice—. Repetir y repetir hasta encontrar una variación que te guste.» En un homenaje a Hermenegildo Bustos, Rafa pinta, de nuevo, a los mismos modelos que pintó hace veinte años. «Me gusta preguntarme sobre la vida de ciertas personas, porque hay cosas que yo quisiera descifrar.»

Le pregunto a Gabriel sobre esta inquietud, sobre cómo Rafa es todo ojo, todo acontecimiento. Le pregunto, pues, sobre su obsesión con el rostro humano: ¿es eso, Gabriel; a Rafa le interesa la naturaleza humana? Y Gabriel, sin dudarlo, me responde con Patricia Highsmith: «A Rafa le interesa el hombre como a las arañas les interesan las moscas». La frase me resulta más arquitectónica que misántropa.

Tres semanas antes Rafa me diría lo mismo: «Sí, la violencia es Francis Bacon, pero lo mío es más bien metódico». Y sí, lo suyo es la repetición, y una más bien doméstica.

 

Por un buen tiempo Rafa encontró la piedad en el alcohol. Ya no. Pero el gusto por las escenas, por el teatrito, por esos arrebatos operísticos (¿será beatitud?) continúa. Una vez celebró un cumpleaños con el que a veces todavía sueño. En medio de un camino de cipreses que encontró al sur de la ciudad, Rafa desplegó una angosta y alargadísima mesa. Sobre la mesa, un mantel blanco. Y, sobre el mantel blanco, limones amarillos y pimientos rojos. Mientras unos invitados volaban papalotes del otro lado de la muralla de cipreses, una banda de viento tocaba canciones en la cabecera que anunciaba el horizonte de la mesa. Quince o veinte personas estábamos ahí, comiendo lo que Rafa nos había preparado. Parecía un festejo, pero en realidad era una escena, una pintura.

 

«Tiene todo para el medio audiovisual —me dice Gabriel—. Ha coqueteado con el cine, pero nunca lo ha concretado.» Tiene todo para hacerlo: «La seguridad, la capacidad para poner a trabajar a muchas personas en un proyecto propio, el gusto, el sentido de la composición, el ritmo…».

El ritmo…

Veinte años y mil quinientas palabras después, quizá esa sea la clave: el ritmo. La rosa blanca de la desesperación; de tanto en tanto, hay que cosecharla. 

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