EL ENCANTO DE LOS PUEBLOS MÁGICOS
En TURISMO
LAS COLORIDAS E INCONFUDIBLES LETRAS ENORMES de sus plazas principales funcionan como remate visual de las pintorescas callecitas en los Pueblos Mágicos. En Querétaro, siete poblados cuentan con este distintivo que, desde 2001, se otorga a aquellos que tengan atributos históricos, sociales y culturales únicos que los caractericen, como la gastronomía, sus fiestas y costumbres, los paisajes naturales o que hayan sido escenario de hechos trascendentes para el país. Fundado hace casi un cuarto de siglo, este programa de la Secretaría de Turismo federal, el cual tiene como propósito ampliar las alternativas turísticas, cuenta, al día de hoy, con 177 pueblos inscritos, incluyendo los de Querétaro: Amealco, Bernal, Cadereyta, Jalpan de Serra, San Joaquín, Tequisquiapan y Pinal de Amoles.
Tres viajeros recomiendan qué hacer en ellos y cuentan su experiencia al visitarlos. Acudir a los Pueblos Mágicos es una actividad ideal para escapar un fin de semana o, como en estas fechas, para trasladarse con los familiares y amigos que están de visita gracias a la pausa decembrina.
Por Ana Cabello
Amealco y los parajes boscosos
Uno de esos lugares que no me canso de visitar. Tiene algo en sus calles o en sus casitas de adobe que me hace sentirlo como un hogar. Desde el trayecto en carretera, empiezo a disfrutarlo, con sus paisajes verdes, bordos cristalinos y vacas pastando. Ir es siempre garantía de un día perfecto.

Normalmente hago mi primera parada en algún restaurante, como Barbacoa Real, que no falla en sabor y servicio, o llego directo al centro de Amealco para visitar el mercado. Si bien hay una zona gastronómica donde se puede encontrar mole de olla, antojitos y más garnachas, la última vez preferí pasear por los pasillos y comer de pie taquitos de chicharrón de res, un guiso que tiene un olor y textura peculiares, pero que recomiendo probar.

Aquella vez, al continuar el paseo, encontré a varias artesanas vendiendo Leles, e incluso compré una corona de coloridos listones. En el Museo de la Muñeca, tomé un taller y aprendí a hacer una Lele yo misma; la señora Dominga guio el proceso, y, aunque la muñequita ya estaba avanzada, no me libré de unos cuantos pinchazos de aguja y de terminar con un remiendo medio chueco en su vestido.
Más tarde ese día, quise pasar a Rancho Calixto para probar su famosa parrillada, un lugar donde la comida es deliciosa y abundante, y la cual sabe diferente cuando se disfruta al exterior con un paisaje boscoso. Este rancho, además de tener restaurante y cabañitas, es una Unidad de Manejo Ambiental (UMA), que protege al venado cola blanca; recomiendo aprovechar para hacer una actividad de senderismo con ellos, para apreciar de cerca a estos animalitos maravillosos. Es impresionante lo que esconden los parajes de Amealco.
Escuchar el silencio en Jalpan
No soy una persona de aventuras ni de levantarme temprano, pero pasa algo curioso cuando salgo de vacaciones, y es que de repente se me antoja hacer cosas que nunca hago. Mi día en Jalpan inició antes de que saliera el sol para tomar un recorrido a la Cueva Jalpan o Cueva Río Adentro, como se le prefiera llamar. Medio dormidos todavía, mi compañero y yo llegamos al punto de partida. De todo el viaje, lo confieso, lo que más me pesó fue la caminata de subida para llegar a la cueva; era una lomita medio engañosa. A pesar de ello, llegué casi entera. La entrada de la cueva parece hasta cierto punto inofensiva, se ve la cavidad oscura y profunda, pero no alcanza a dimensionarse su extensión. Con esa seguridad que brinda la ignorancia, emprendimos la caminata a su interior, con nuestra mochila ligera y unos cascos con luz. Poco a poco la claridad del exterior se fue perdiendo, hasta llegar al punto donde el silencio se volvió absoluto, alterado tan solo por nuestras respiraciones, y nuestra visión limitada a solo una estela de luz. Es indescriptible la manera en la que todo alrededor se pierde, los sentidos se agudizan, el frío cala más y cada palabra del guía es tomada con suma atención. Te sientes pequeño y solo existes en ese presente, en ese espacio.

Un par de horas después —¿o todo el día?, uno pierde la noción del tiempo— terminamos el recorrido y avistamos la salida, sabiendo que nos acercábamos por el sonido de los murciélagos y las sombras de las estalactitas. Ya en el exterior, volvimos por el camino andado, con nuestros pensamientos puestos en el almuerzo. Qué mágica experiencia es poder desconectar y descubrirse haciendo cosas que jamás pensaste que serías capaz. Almorzamos en La Casita de Alex, que tiene una vista preciosa a la Sierra y una sazón casera en sus platillos; la carta es variada, nosotros pedimos cecina con revoltillo verde. Después de eso, no nos quedaba mucha energía más que para pasear por el centro, entrar a la Misión y comer una nieve de Don Chai —mi favorita y la que siempre recomendaré es la de sabor tequila. Cerramos el día cenando ligero en nuestro hotel, La Casa de las Aves, un lugar muy bonito, colorido y céntrico.
Ineludible Bernal
Cuando tenemos visitas, sí o sí, lo primero es llevarlos a Bernal. Creo que es un emblema de Querétaro. Todo mundo quiere conocer la Peña y llevarse su foto de recuerdo. Nada más llegar, nos dirigimos a la base, pues, entre más tarde, más duro está el sol. La gente puede subir el monolito a pie o también en carritos safari. Como la última vez nos acompañaron mis abuelos y tíos, nos fuimos por la segunda opción; ecoturismo Los Cuervos ofrece un recorrido por un lateral de la Peña para que este tipo de transporte pueda pasar. Al subir, se va develando el pueblo, sus carreteras y cerros, un paisaje que se puede admirar mejor en cada parada.
Finalizado el viaje, pasamos al pueblito, donde nos gusta recorrer los andadores, ir viendo las artesanías, juguetes, sarapes de lana, y comprar una que otra cosita. Mi abuela fue directamente a los locales de joyería, buscando plata y ópalos de la región, mientras los demás paseamos con esquite en mano, algo que encarecidamente recomiendo probar, pues hay de muchos sabores, hasta de tuétano y camarón. Mientras caminábamos, no podían faltar las miles de fotos, con la Peña detrás, con la iglesia a un lado, modelando nuestros nuevos sombreros recién comprados; ¡aquí no importa verse como turista!

Después del tentempié y la caminata, pasamos por unas gorditas al parador gastronómico que está a la entrada de Bernal. Antes de irnos, compramos pan de queso, que es muy popular en el pueblito y hay de muchos sabores. Los favoritos siempre son los de nuez y zarzamora, pero esta última vez nos recomendaron probar el de pétalos de rosa. Esperamos volver pronto, no solo cuando la familia esté de visita.
San Joaquín entre la niebla
Cuando piensas en un Pueblo Mágico, imaginas que está entre montañas, alejado de la ciudad y detenido en el tiempo. San Joaquín es así. Luego de más de dos horas de trayecto, llegamos. La neblina que rodea las montañas purifica el aire y decora el paisaje para una foto perfecta. Nos dirigimos a la zona arqueológica de Ranas, que, por la hora del día, está tranquila y envuelta en una ligera bruma; recorrerla a pie es también hacerlo con la mente, repensando un tiempo que ya no existe, pero que dejó vestigios de su grandeza. El trino de las aves y la luz 35 cada vez más cálida del sol acompañan nuestros pasos.

Cerca de ahí, pasamos por licor de manzana. Finca Doña Lore es el lugar más conocido para comprar, aunque también en la carretera se pueden ver pequeños puestos vendiendo esta bebida y manzanas recién cosechadas. Un gran recuerdo para llevarse y compartir.
Grutas Los Herrera fue el siguiente punto. Antes de entrar, el parquecito nos recibió con locales que venden cuarzos y columpios atados a las ramas más altas de los encinos; tras una caminata tranquila, llegamos a la boca de la gruta. Poco a poco se siente el descenso en la temperatura y la escalinata se percibe húmeda bajo los pies. Con ayuda de un guía, hacemos el recorrido, quien nos va narrando las figuras que se retratan en las estalactitas y estalagmitas de la gruta gracias al juego de luces con el que las decoraron. Nos gusta tanto el clima y el bosque que nos rodea que después del recorrido pasamos un rato más en los columpios. A esta hora del día, la neblina ya está totalmente disipada y es momento de volver al pueblo a buscar dónde comer y emprender el regreso a casa.
Por Juventino M.
La caída de la tarde en Cadereyta
Lo que más me gusta de visitar los Pueblos Mágicos es ver su vida a escala. El ritmo que tienen y el tamaño de sus construcciones normalmente, habituados al frenesí urbano, pueden pasar desapercibidos. Visitar una localidad como Cadereyta de Montes, con menos de quince mil habitantes, me permite transitar por un día a un ritmo distinto. Visité este Pueblo Mágico durante las últimas celebraciones por el Día de Muertos, lo cual lo dotaba de un aspecto particular —había altares de homenajeados y estilos distintos, así como calles intervenidas por tapetes y decoración alusiva—, pero, incluso despojándolo de esos elementos, percibí su encanto inherente.

Los templos contiguos, de distintas épocas, dominan como en casi todos los Pueblos Mágicos el punto cero de la localidad: uno, el de la Santa Soledad, con un par de torres semejantes a las de la catedral de la Ciudad de México; otro, el de San Pedro y San Pablo, con un retablo churrigueresco, y más antiguo —comenzado a construir en 1725, aunque su reloj tiene poco más de cien años— ; y, finalmente, el de la Santa Escala, con una planta arquitectónica de forma octagonal.
Como en otros Pueblos Mágicos, la apacible vida del sitio puede percibirse en su plaza y jardín principal. En Cadereyta, es curioso que las bancas —de mármol, desde luego— tengan inscritas los nombres de las familias que las donaron. Recomiendo destinar un tiempo, a media mañana, o mejor, por la tarde, cuando el horizonte se va oscureciendo, para sentarse en alguna de las terrazas que están entre los portales chico y grande, tomar un café o un helado o incluso un trago, y desde ahí admirar la postal que el jardín regala.

Por Lola Sierra
Tequisquiapan y sus callejuelas
Cuando pienso en Pueblos Mágicos, pienso en lo pintoresco de sus calles. A pesar de que Tequisquiapan está entre las primeras cinco localidades más pobladas del estado, ha conservado la fisonomía de sus calles y callejuelas, que muchas veces derivan en gratas sorpresas. Después de demorar la llegada entreteniéndose en alguno de los viñedos que lo circundan, conviene arribar, dejar maletas y salir a la Plaza Miguel Hidalgo (donde, por las fechas, seguramente, además de las coloridas letras frente al templo parroquial Santa María de la Asunción, habrá diversos motivos navideños adornándola) y a partir de ahí a callejear. Los caminos pueden derivar en una tradicional pero imperdible visita a La Charamusca o a otro infaltable, K-Puchinos, llegar al tap room de cerveza Bóruma o al wine bar de Freixenet, donde tomar un respiro llevándose una bebida a la boca, o en una apacible caminata por el Parque La Pila o el Jardín del Arte.

Pinal de Amoles y el mar de nubes

Puede que el principal encanto de un Pueblo se extienda y refuerce con los atractivos de los alrededores. Ubicado en la Sierra Gorda, Pinal de Amoles es un destino «montañoso y de encanto rústico», como bien lo describe el programa de Pueblos Mágicos, que cuenta con muy diversos atractivos, como la misión franciscana de Bucareli o los muy imponentes sitios naturales cercanos, como el mirador Cuatro Palos, la Puerta del Cielo o las cascadas El Salto y El Chuveje. Que, junto con San Joaquín y Jalpan, sea uno de los Pueblos Mágicos más alejados de la capital no debería ser un impedimento para visitarlo, sobre todo si se es aficionado a las actividades en la naturaleza. Ya sea que se acampe en la cima desde una noche antes o se realice la caminata de alrededor de cuarenta minutos para ascender antes del amanecer, Cuatro Palos ofrece un espectáculo que se aloja en la memoria: ver cómo se despliega frente a una, gracias a la temperatura y densidad, un océano nubarrón en el que, como bien lo describió una amiga, «las puntas de los cerros parecen islas flotantes»
