Tequisquiapan a cuatrocientos metros de altura

En TURISMO

 

Por: Braulio Cabrera

 

 

En un parpadeo, los primeros rayos de sol acarician los ojos con la luz que alcanza a escabullirse entre la neblina de un amanecer frío. Respiras y los pulmones se llenan de nubes que pueden saborearse en busca de algún regusto familiar, pero lo único que notas es el sabor del vértigo y la libertad: de estar a 450 metros del suelo, flotando en un globo. Volar en globo aerostático es una experiencia sin igual, no solo por los paisajes y sensaciones que regala; también, por la emoción de saberte en un aerostato que se encuentra a merced del viento y del buen juicio de su capitán.

 

 

 

En México la tradición del globo aerostático se remonta a finales del siglo XVIII con José María Alfaro Guiles, primera persona en volar en uno en el continente americano. Después de él, cientos de pilotos han continuado su legado, dotando de fama —por su belleza desde las alturas— a ciudades como Teotihuacan, León, Valle de Bravo y, por supuesto, el gran valle de Tequisquiapan, uno de los lugares más emblemáticos para admirar desde el cielo: rodea do por altos cerros, peñascos y la presa Centenario.

 

 

Por si fuera poco, en días despejados, es posible admirar la Peña de Bernal a lo lejos. Para despegar, sin duda, una de las mejores opciones es Vuela en Globo, una empresa orgullosamente tequisquiapense, con más de cuarenta años de experiencia en la fabricación, mantenimiento y vuelo de globos, así como instrucción y certificación de pilotos para dicha hazaña.

 

 

 

 

La experiencia comienza temprano, cerca de las cinco de la mañana, cuando las calles están desiertas y lo único que se escucha es el sonido de las tortillerías y de uno que otro gallo madrugador. Después de una breve introducción en el hangar de Vuela en Globo, el punto de reunión, una camioneta te lleva al campo de despegue; en un remolque detrás, se encuentra el globo plegado en una gran bolsa y la canastilla, sobre la que viajan cinco jóvenes ayudantes. El campo se encuentra a menos de cinco minutos de camino. Una yegua y un potrillo pastan tranquilos en la entrada; todo alrededor está rodeado de casas, largas cañas y enormes árboles.

 

 

Al bajar de la camioneta, te envuelve el silencio de la mañana y la humedad de la milpa seca, esa que cala en la piel de ciudad acostumbrada a las ásperas temperaturas que emite el asfalto. Ahora, toca esperar, pero eso no es un inconveniente cuando la escena es la siguiente: todo un equipo poniendo en pie un globo de más de veinte metros de altura mientras comienza a clarear el cielo.

 

 

 

 

En un esfuerzo conjunto, colocan las protecciones de plástico y extienden la tela del globo. Para inflarlo se necesita de un ventilador industrial que envía aire tibio hasta el extremo más recóndito, que el equipo se esfuerza por alcanzar. No cabe duda, ver a alguien entrar dentro de una cueva de metros y metros de tela es un espectáculo en sí mismo. Conforme se infla, el globo se eleva en el horizonte y compite con el sol, a ver quién se alza antes.

 

 

En cuestión de media hora el globo está completamente erguido en el aire, y el vuelo, a punto de empezar. El capitán sube a su cabina para comenzar a bombear las llamaradas que permitirán que el despegue inicie, y al poco da la indicación de aproximarse, de prepararse para abordar. Incluso estando a algunos metros del quemador, cada llamarada derrite el frío acumulado en las capas de piel. Los primeros destellos, contrastantes, son casi insoportables; pero, una vez que te calientas, alejarte deja de ser una opción. Inmediatamente, el capitán Efraín Calixto invita a abordar para emprender el vuelo.

 

 

 

 

Un globo aerostático está conformado por cuatro elementos: la canastilla, en la que viajan el capitán, los pasajeros y los tanques de combustible; el quemador, que está sujeto a la canastilla; el globo o tela, cuyo tamaño es relativo a la cantidad de peso que transporta; y el cordaje, que mantiene unido todo. Esta aeronave destaca por su simpleza. Justo antes de soltar amarras, el capitán pide que se libere un pequeño globo rojo con helio, que indicará la trayectoria que tomará nuestro enorme globo aerostático al despegar. En esta ocasión, el señuelo se eleva tímidamente y se estrella contra los árboles cercanos; de tal modo que ya hay un rumbo.

 

 

 

 

Fogonazo tras fogonazo, despegas del suelo, por poco alcanzando la altura de las copas de los mezquites, pero todavía faltando unos metros. El capitán pregunta: «¿Alguna vez se han estrellado con un árbol?». Con una rápida maniobra, consigue elevar el globo lo suficiente para que solo las últimas hojas rocen el fondo de la canastilla. Ahora, estás a unos quince metros, volando sobre milpas, azoteas, patios traseros y piscinas de hoteles. Escasas seis de la mañana de un fin de semana, nadie está despierto para verte pasar sobre sus cabezas, excepto los perros y uno que otro trabajador madrugando; uno de ellos, de hecho, se detiene a saludar y tomar una foto.

 

 

Sin darte cuenta, alcanzas cada vez más altura y, al ver hacia abajo, la ciudad —diminuta— te mira de vuelta, con sus edificios de techos rojos, avenidas largas y autos que ni se inmutan y cruzan a toda velocidad. Tequisquiapan es una ciudad colonial pequeña, fronteriza con el esta do de Hidalgo. Casi en todas sus direcciones, el paisaje es coronado por altos cerros y peñascos, y sus tierras son para la agricultura, la ganadería y el turismo.

 

 

La realidad es que, desde más de cien metros de altura, deja de ser necesaria la explicación de un guía, porque solo basta observar. Minutos más tarde, aún más alto, el horizonte por donde el sol intenta salir se desdibuja a través de las siluetas de nubes y crestas, haciendo imposible distinguir dónde termina la montaña y comienza el cielo, si es que importa diferenciarlo. Quizá Querétaro sea mundialmente famoso por sus atardeceres, pero acá también amanece rebonito. 

 

 

 

 

Ahora sí, a 450 metros de altura, el capitán deja de accionar la llave del quemador y respira un momento. Al exhalar, avisa a los pasajeros que se ha llegado a la altura máxima del vuelo y comenzará el descenso, buscando algunas corrientes de aire «más interesantes», lo que sea que eso signifique. Con maniobras indescifrables, el globo comienza a perder altitud.

 

 

En tanto, sobrevuelas establos llenos de reces y parcelas de cultivos marchitos sobre los que corren liebres salvajes. Aun habiendo descendido, te mantienes por encima del emblemático cerrito de las Estaciones de la Cruz, que recibe el contraluz del amanecer, haciéndolo parecer un paisaje de ensueño. Más cerca del suelo, te diriges en ruta de colisión hacia otro mezquite, lleno de pequeñas flores amarillas. El capitán, intentando aguantar la risa, vuelve a preguntar: «¿Recuerdan lo de estrellarse contra un árbol?».

 

 

 

 

Sin embargo, su pericia es acompañada por la habilidad que varias décadas de experiencia le han concedido, por lo que, naturalmente, logra elevar el globo de nuevo para librar el obstáculo, haciendo sonar las ramas secas y las espinas contra la canastilla. Efraín Calixto se limita a bromear: «Quien arranque una espina se lleva un premio al final». Más adelante, se alcanza a distinguir la camioneta blanca que te dejó en el campo de despegue, calculando la mejor ruta para llegar al punto de aterrizaje. Como si de cualquier camino se tratase, la camioneta entra a toda la velocidad, surcando las parcelas, y se coloca justo en la que se está por aterrizar.

 

 

El último chascarrillo del capitán antes de tocar tierra es preguntar a los pasajeros qué tipo de aterrizaje quieren, «¿el tranquilo o el divertido?». Respondes, con desconfianza, «el divertido». Así que Calixto indica ponerse en la posición de seguridad para aterrizar. Eso significa tocar tierra en movimiento, pero con el control del capitán y el apoyo del equipo de ayudantes, e implicó una ligera sacudida… y que al capitán se le cayera su café caliente encima. Una vez en tierra, y habiendo estacionado con destreza la canastilla sobre el remolque, comienza la labor de desinflar, doblar, guardar y cargar el globo para emprender el regreso.

 

 

 

 

Mientras tanto, el capitán atiende a los pasajeros con un brindis, en el que conversa sobre la historia del globo aerostático y pronunciado y las montañas alrededor, solo te encuentras en un campo: rodeado de cerros, carrizos secos, mezquites; las personas a tu alrededor ríen y se relajan, entendiendo que el vuelo siempre estuvo bajo control. Volar en globo es una experiencia que jamás se olvida, por lo que al exhalar aliviado o conmovido siempre podrás notar que en tus pulmones aún queda algo de nubes.

 

 

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