Querétaro, un monumento vivo

En CULTURA

Incluso con el transcurrir de los siglos, en el paisaje urbano de Querétaro —donde se traslapan ideas y estilos de según qué épocas— se impone la versión física del Barroco a través de edificios civiles y religiosos: templos, conventos, casonas y obras públicas coloniales.

 

 

Estas construcciones de los siglos XVII y XVIII fueron uno de los criterios que, junto con la traza urbana mestiza del XVI, le brindaron el nombra miento como Patrimonio Cultural de la Humanidad a la Zona de Monumentos Históricos de Querétaro en diciembre de 1996, una designación de la que puede enorgullecerse la ciudad y que remarca el valor histórico y cultural de las construcciones que permanecen en pie, recordando que el patrimonio no solo existe para salvaguardar el pasado y construir memoria, sino para hacer más tangible el presente. 

 

 

 

 

 

Hoy, a unos meses de celebrar los treinta años del nombramiento, la belleza de estas edificaciones es reconocida por los visitantes que se maravillan ante un centro histó rico sólido, compacto y coherente, e incluso puede ser redescubierta de pronto, al girar en una esquina o adentrarse a un patio, por los residentes que probablemente se han habituado a ella y la han dado por sentada.

 

 

Estos edificios y sus detalles —discretos o monumentales— invitan a fijarse en la manera en la que pervive el Barroco con su demasía y exceso como ejemplo típico de la ciudad novohispana —donde su urbanidad simboliza la dinámica social a través de los edifi cios que permanecen en el tiempo—, con principios arquitectónicos del manejo de luz, búsqueda de efectos dramáticos y fachadas imponentes. 

 

 

 

 

Como el pasado no es fijo, pueden leerse los elementos constructivos de manera no homogénea, sino contrastada, por lo que en este fotorreportaje se busca que las fotografías contrapuestas expongan una idea de lo que caracterizó al Barroco queretano, un recordatorio de su poderío virreinal de los siglos XVII y XVIII.

 

 

Los elementos del Barroco queretano

A pesar de que existen ejemplos iluminadores de la acepción más generalizada de lo que se entiende por Barroco en los claustros de cantera de los reales colegios, como San Francisco Javier y San Ignacio —ahora incluso llamado «Patio Barroco»—, con las figuras de ángeles que rematan sus arcos, simetría de marcos y fuente central, en Querétaro existen expresiones decorativas peculiares que lo diferencian de la arquitectura colonial de otras ciudades novohispanas, como los arcos mixtilíneos, que buscan crear la ilusión de movimientos, así como esculturas, contrafuertes y otros detalles que mezclan elementos grecorromanos, musulmanes, europeos e indígenas en uno solo —una cohesión de elementos al que se podría llamar «Barroco queretano».

 

 

Contra la moda de la época

La modestia de la Orden de los Carmelitas Descalzos —quienes buscaban retomar la vida sencilla de los primeros eremitas— se percibe en la austeridad del templo y convento del Carmen; misma simplicidad que comparte el convento de Capuchinas, cuyos patios interiores existían solamente como elementos arquitectónicos necesarios y no ornamentales. En ambos casos, estas construcciones contrastan con la tendencia arquitectónica del Barroco —recargado, monumental, grandilocuente—, manteniendo la serenidad y naturalidad de siglos precedentes.

 

 

Las ideas que transmite una primera impresión

Ese mismo contraste se percibe en las fachadas de sus templos. Las seis cuadras y los años que median entre, por ejemplo, Santa Rosa de Viterbo y San Francisco se acentúan en la primera impresión que se tiene al pararse frente a ellos. En el primer caso —una construcción de 1752—, la torre de bulbos y su pintura mural obedecen a las influencias europeas que se desviaban ligeramente sin llegar a romper con las directrices de las construcciones religiosas de la época, mientras que el segundo deja para su interior —salvo por su torre principal— los juegos de luz, acabados, distintas profundidades y el acento de detalles en muros y cúpulas característicos del Barroco.

 

 

 

Los colores del atardecer

En la Zona de Monumentos, en el transcurso de los siglos XVII y XVIII, las fachadas de las construcciones se caracterizaron por su paleta de colores muy ligada a la tierra y al semidesierto, que va del naranja encendido al ocre desértico y al rojo intenso —los colores que podrían encontrarse en el atardecer.

 

 

Si en el XVII, los rojos denotaban seriedad y ceremoniosidad y los guindas y ladrillos elegancia y refinamiento, en el transcurso del XVIII los colores se fueron atenuando, derivando en tonalidades más neutras de amarillos, rosas, naranjas y marrones, casi pasteles; un tránsito de la policromía barroca a los gustos más equilibrados del Neoclasicismo. Unos y otros persisten en nuestros días, a pesar de los brotes accidentados y chirriantes que adquieren algunas construcciones históricas.

 

 

Fachadas de cara a la galería

La arquitectura colonial no se circunscribió, pese a su predominancia, a las construcciones religiosas; por el contrario, a partir del siglo XVIII, las construcciones civiles adoptaron el recargado ornamento en sus fachadas para distinguirse y presentarse de cara a la sociedad, lo que las diferencia de las construcciones precedentes que solían estar enfocadas a ser simplemente habitables.

 

 

La ciudad, de entonces hasta ahora, ha sido el espacio de encuentro entre diversos estratos, y durante el Barroco las casas incluso pueden leerse como metáfora de la cercanía y contigüidad entre grupos sociales: basta caminar para notar que en sus calles conviven viviendas con imponentes portones barrocos, con marcos de cantera modulados y elementos en el dintel —símbolo de riqueza—, con otras más modestas, con marcos de cantera lisos.

 

 

Ornamentos para el asombro y la admiración

El ánimo de distinción que caracterizó a la arquitectura civil que adoptó el barroco durante el siglo XVIII puede apreciarse en la famosa Casa de Ecala, la cual es un ejemplo excepcional de la casa-habitación novohispana que pretendía infundir asombro y admiración: esta casona que delimita la Plaza de Armas lucen su imponente fachada tres balcones enmarcados sobre ménsulas de cantera y sofisticados barandales de herrería, que incluyen figuran en forma de aves y gárgolas. 

 

 

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