Sendero de historias y luciérnagas

En CULTURA

Por José Miguel Navarro Melchor y Marcos Amador Martínez Saldívar

 

El Sendero del Camino Real es una ruta de nueve kilómetros que comienza en el llamado Puerto de las Pilas, en la cabecera municipal de San Joaquín.


De ahí se cruza El Agua de León hasta llegar al crucero de Las Ovejas; luego, intercalando tramos de carretera y el antiguo camino, pasa por la Joya del Tigre y por El Caracol. El Camino Real se sigue por kilómetros, pero nosotros nos detenemos en Maravillas, en donde visitamos las cascadas del lugar.

 

La naturaleza en este recorrido es la de un bosque de neblina conformado por encinos, primordialmente. Un pequeño arroyo atraviesa
El Agua de León. Luego de pasar la población de El Deconí, nos internamos completamente en la vegetación. El follaje es abundante y la luz del sol apenas traspasa. En algunos puntos, los árboles parecen inclinar sus brazos, formando un arco. La hojarasca y la tierra negra son copiosas.


Pero, aparte de su encanto natural, este recorrido es un sendero de historias. No sabemos si los caminos usados por los serranos prehispánicos, después por los frailes y jonaces de la conquista espiritual, sean los mismos que los que reconocen actualmente las personas mayores. Lo que sí se sabe es que «para abrir camino, siempre echaban uno o dos burros adelante, y, por donde pasara la bestia, por ahí pasaban el camino, porque esos animales son sabios y no pasan por lugares frágiles en donde se vayan a rodar».


Las comunidades se conectaban mediante senderos. Algunos eran los de mayor tránsito y adquirieron el nombre de «caminos reales». Las personas caminaban por horas, a veces días, y muchas vivencias se desprenden al recordar los andares por las antiguas veredas:


—La gente se llevaba cargado al difunto por el Camino Real, subiendo por esas veredas cuesta arriba. Si salían a las ocho de la mañana, llegaban al camposanto como a la una de la tarde.

 

—Cuando la señora iba a tener a sus criaturas y que en el rancho no había quién le ayudara, solo se cargaban su chal y se iban cuesta arriba, laderiando por entre los cerros hasta San Joaquín para que la atendiera un médico, con peligro que se le naciera en el camino. Como en el setenta, cuando nació mi hija Angélica, ahí subí cuesta arriba, con el calor, con aquellos dolores, apenas y podía; pero sí llegué, me atendieron y salió bien, ya ves que aquí está mi muchacha. Cada aspecto de la vida requería pasar por el Camino Real.


A veces yendo a vender al pueblo los productos que cosechaban en el campo, llevando toda la mercancía en los lomos de los burros. Llegaban los que traían las «botas de chivo» con el pulque, los costales de orégano, sus lechuguillas, guamúchiles, y sus canastas de carrizo. Los del río llegaban con sus frutas: mangos, papayas, guayabas, plátanos, aguacates; también «botas» llenas de aguardiente que compraban desde Hidalgo. Otros acarreaban chiles cascabelillos, efeses, quesos de chiva y hasta chivitos de leche. Más cuando eran de las chivas cuateras, «ahí los metían en un costal de ixtle, los atoraban en el fuste del burro y a salir a las tres o cuatro de la mañana para que no se asolearan tanto por los caminos cuesta arriba». En ocasiones se iban muy lejos para seguir vendiendo o hacer trueque con los otros vendedores. Decían: «Porai cruzas vereda para que no des mucha vuelta. Te vas por el camino viejo pa que llegues más pronto». Transitaban leyendo los diferentes verdes del bosque, las pequeñas ramas y flores, algunas alérgicas y venenosas, y otras guardando la medicina de sus tiempos.


Por otra parte, los pobladores «trastumbaban» para hacer alguna diligencia administrativa o religiosa: para registrar o bautizar a los hijos en la antigua municipalidad de El Doctor. Los subdelegados tenían que llevar alguna solicitud de apoyo para su localidad, y esto implicaba ir a San Joaquín o a Cadereyta.

Los niños para llegar a sus escuelas caminaban largos tramos corriendo sin temor entre las barrancas, entreteniéndose en los aguajes o en los veneros. Cuando regresaban, se iban en parvada a juntar bellotas, toronjas, o a buscar uvillas, zarzas, gorritos o nueces.

 

Los trabajadores de las minas venían de todos lados. Los mineros iban por los cerros, haciendo travesía hasta llegar a la bocamina. Antes decían: «Cuál luz, ni qué nada. Ai andaba uno aluzándose con ocotes para llegar a la casa o para salir por cualquier emergencia, y peligraba una caída en aquellos voladeros en donde el camino tocaba en peñasco y estaba reducido, apenas cabían los pies».


—Los que tenían más dinero, compraban su lámpara de carburo. Nada más en la noche se veía relampaguear la ringlera de lámparas que pasaban por el Camino Real al frente del cerro de los mineros, que iban a hacer faena bien temprano. Sacaban veinte barricas y ya se ganaban su día. Después hasta desvelaban porque iban en la madrugada a trabajar y pasaban por las veredas con su grabadora de baterías a todo volumen.


Los tríos huapangueros, por supuesto, «saltaban» por estos caminos. Desde la lejanía, iban cuales reyes magos cruzando las montañas, parándose en cada comunidad, en cada cantina o patio donde vendieran el pulque, se quedaban a amenizar, acampar y seguir por el Camino Real.


Experiencias con animales abundaban también. El contacto con la fauna era mucho mayor. Se habla de múltiples encuentros con diferentes tipos de felinos. Los leones de montaña, o pumas, andaban muy cerca de los caminantes, y estos apresuraban el paso para llegar a casa temprano. Alguna anécdota refiere la historia de un minero que descansaba en una cueva, y que fue salvado de las fauces de un león gracias a un oso que llegó a su rescate.


«Llévate el machete por si te encuentras a la víbora.» La cascabel es otro animal habitual en la naturaleza serrana, y durante los traslados siempre podían encontrarse una. Aunque la época más peligrosa siempre ha sido la canícula, más cuando entraban sus efectos. Ahí ni los cascabeles chillaban. Debían ir bien despiertos y no andar tanto de noche, porque se podía «trillar» una en la vereda regreso a casa. Una historia habla de cómo una cascabel «echó a correr» a un padre con su hijo pequeño, persiguiéndolos por todo el Camino Real y casi provocando que se «rodaran» por el cerro.


Experiencias sobrenaturales se desarrollaban con facilidad. Muchos relatos de «nanitas» se ubican en estos caminos, sin duda motivados por la espesura del bosque, las estrellas fugaces y el canto de las aves nocturnas, como la lechuza y el tegajaco. La neblina envolvía todo con su blancura y, junto con los brazos retorcidos de los encinos, creaba una atmósfera que alimentaba la imaginación colectiva.


Escondidas entre el monte se encuentran algunas ermitas, las cuales recuerdan a los caminantes que ahí murieron. Y es que a muchos enfermos todavía les tocó ser acarreados por esos caminos reales y soltar el alma en medio del cerro. Otras ermitas marcan asesinatos. Riñas que se solucionaban con machete, y cuyos heridos regaban las laderas con sus borbotones de sangre. O todo el peso del simbolismo religioso se arremolinaba al sembrarse la cruz de sacerdotes asesinados en los tiempos de la guerra cristera. Almas en pena, todos ellos, confundiendo los sentidos de chicos y grandes mientras atravesaban las montañas.


A pesar de eso, antes era bonito caminar de noche, recuerdan algunos. Se narran vivencias poéticas al ser guiados por la luz de la luna entre los senderos y ver cómo las sombras de los árboles se proyectaban en el camino. El cielo se limpiaba cuando había aire y se descubrían estrellas tan cercanas a la tierra. Era agradable verse rodeado por el canto del cucurrí, el crujir de la hojarasca y la aparición de las luciérnagas.

Antes, la mayoría de senderos estaban llenos de luciérnagas en los meses de junio, julio y agosto, incluso desde mayo. Era común observar estos fluorescentes escarabajos en cualquier lugar del bosque, en las calles de tierra o en los traspatios de las casas. La danza lumínica era algo familiar y todos estaban acostumbrados a estas hadas de luciferina. Hoy en día, el alumbrado público, la falta de humedad y otros factores han provocado que su aparición vaya disminuyendo. Sin embargo, en los meses de julio y agosto, aún se puede participar de recorridos y apreciar un avistamiento medio en los recodos de algunos senderos en la zona de Maravillas.


La experiencia nocturna, con la vegetación húmeda, es palpitante. Hay que esperar el momento en que el día se va volviendo pardo. De a poco a poco van surgiendo las luciérnagas. Y, de pronto, en el follaje de los árboles comienzan a encenderse muchas lucecitas como si fuera un arbolito de navidad. El espectáculo dura de 10 a 15 minutos. Después se van retirando. Cuando parece que la función ha terminado, la noche se ha instalado completamente y, al voltear al cielo, aparecen, ahora, las luciérnagas milenarias quietas y una que otra fugaz.


Los caminos reales son parte de la magia de San Joaquín. Ellos forman un mapa propio en las mentes de la gente de las comunidades. Para su ubicación geográfica se han apoyado de términos como joya, puerto, salto y mojonera, además de otros más comunes como barranca, aguaje, pozo, cuesta y mesa. De estas referencias orográficas surgen nombres como: El Agua de León, La Joya del Tigre, La Cuesta de los Pelones, El Puerto del Aire, El Palo del Rayo, El Palo del Agua, La Puerta Vieja, El Camino del Pozo Bendito, El Camino del Salto, entre otros. Nombres que mezclados con las anécdotas descritas zurcen un territorio especial.


El mapa de los caminos reales se irá borrando si no lo rescatamos. Con la llegada de las carreteras, ya menos personas los usan y el bosque les va ganando terreno. La maleza no tarda en crecer y bastan unos años para que el marcado camino desaparezca. Algunos van quedando como meandros trozados por el progreso. Sin embargo, aún es posible valorar los caminos reales. Ellos son el recuerdo de un caminar donde cada paso es tejido de manera armónica con el entorno.

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