¿Los museos son un portal que cambia el espacio y tiempo?
En CULTURA
Por: Aurora Vizcaíno Ruiz
Pienso al mirar las copas de unos árboles que se ven en el horizonte. Es raro, creo, al tratarse de un lugar que está a medio Centro Histórico. La apertura hacia el cielo me hace sentir muy de cerca a la cúpula de la catedral de San Felipe Neri y los balcones de los edificios colindantes.
Desde la terraza —que es el techo—, diviso a unos turistas extranjeros que son atravesados, como yo, por la extrañeza del paisaje que descubrimos. El tiempo está un poco suspendido aquí, en este museo que, como otros en Querétaro, alberga colecciones peculiares —contrario a la acepción más común asociada a un lugar destinado a exponer objetos artísticos— y que, además, se aloja en un lugar que antes fue habitado.
Museo del Calendario

Nos encontramos sobre la calle Madero, muy cerca del Jardín Guerrero y de la calle Ocampo, en la capital, en una construcción de dicada a la medición y archivo del tiempo en el espacio: el Museo del Calendario. Aquí, las primeras salas exploran temas como la representación del sistema solar y el lugar que la Tierra tiene entre el inmenso espacio, así como la administración de los años que hacían las civilizaciones egipcias, chinas, hindúes, mayas, celtas, persas, hebreas, musulmanas, incas, áticas y romanas (bajo referencias estacionales como el invierno, la sequía, la lluvia, la cose cha y el descanso).
También hay una majestuosa reproducción de la Piedra del Sol azteca. El Museo del Calendario es una iniciativa que reúne el archivo histórico que ha acumulado la familia Landín, debido a que cuentan con la vasta colección del arte que vistió los tradicionales almanaques mexicanos. Por eso, también existen explicacio nes sobre la historia de la reproducción masiva de copias a través de la imprenta, el grabado, la serigrafía y el offset.

También se pueden ver habitaciones enteras con las paredes cubiertas por lienzos que retratan escenas costumbristas, cómicas, inocentes y pícaras de Manuel Piña Vigueras, José Bribiesca Ruvalcaba, Humberto Limón, Ángel Martín Merino, Jesús de la Helguera, Raúl Vieyra Flores, Santiago Sadurní Pernia y muchos más; quienes dedicaron parte de su trabajo a la creación de almanaques ilustrados.
La colección no se detiene en la exposición de piezas pictóricas, sino también en la muestra de anuarios de diversos países, años, épocas y estilos. Al revisar las exposiciones, es seguro que se presente en ti, que lees, el recuerdo de algún calendario que se colgó en la cocina, sala o taller; por compra o regalo, durante cada Año Nuevo.

No es solo la medición de los días lo que está expuesto aquí, sino también se puede atestiguar la historia de la restauración de la casona y los vestigios de las vidas que cruzaron ahí a través de las vasijas y tubos de barro que se exhiben con cuidado. Incluso el piso de las salas que explican la remodelación está hecho de vidrio.
Parece mentira que en todo el recorrido del Museo del Calendario se observaron más de dos mil piezas y por eso se vale también descansar en los iluminados y frondosos jardines de los patios centrales; abundantes de enredaderas que cubren las paredes expuestas al sol. Siempre habrá personas que se animan a tomar se selfies en los jardines.

Las dimensiones del museo son amplias a comparación de la siguiente parada: el Museo de Bichos.
Museo de Bichos

Seguimos en el Centro Histórico de la capital. El Museo de Bichos se en cuentra al interior de una casona en la calle Pasteur (entre Independencia y Reforma), cerca de Plaza de Armas. Solo se debe cruzar una calle. El andar te detiene hasta un letrero obvio, el cual te invita a que cruces la puerta hasta alcanzar una habitación discreta.
Son menores las dimensiones del lugar, pero suficientes para pasar un gran rato observando una parte del reino de lo diminuto. La colección del recinto incluye a más de tres mil insectos disecados y ordenados meticulosamente en unas vitrinas, también existe la posibilidad de ver tarántulas y cucarachas de Madagascar vivas y; si hay valentía suficiente, pedir que los bichos vivos te hagan cosquillas entre las palmas de tus manos y permitir que sus patas busquen tu ropa o tu cuello.

«¿Por qué tiene piedritas y anillos ese escarabajo?», «¿Esas arañas son venenosas?», «Aquí en Querétaro no hay escorpiones ¿o sí?... Me dan miedo», «¡Qué bonitas son las libélulas!», «¡Mira qué raras son las mantis!», «Por si sabes de alguien que no sabe cómo son los chimenes, aquí; le puedes decir que son estas cucarachas chiquitas», «¿A poco estamos viendo las chinches caseras?»,
«Mira, esas son las tantarrias que te dan asco y a mí sí me gustan», «A ver, cuéntame ¿cuál es el ejemplar más raro del museo?», «¿Por qué hay bichos más coloridos en otros continentes?», «Yo sí he visto ese escarabajo que parece de metal verde», «¿A poco las arañas se ponen nerviosas con la gente y se esconden?», «No pensé que las mariposas de colores fueran tan raras aquí» y «¡Mira, esa es como la araña de Harry Potter!».

Son algunas de las tantas preguntas y exclamaciones que podemos hacernos. El Museo de Bichos despierta la curiosidad de las infancias y de quienes aún guardan el asombro, sobre todo porque cualquier duda puede ser resuelta por los expertos en artrópodos que te guían en lo que necesites saber sobre libélulas, moscas, mosquitos, abejas, avispas, hormigas, escarabajos, insectos palo y hoja, cigarras, chinches, mariposas, mantis, cucarachas, termitas, arañas, escorpiones y alacranes.
Las horas que alguien puede quedarse haciendo preguntas y contemplando los bichos pueden ser equivalentes a cualquier recorrido hecho en un museo de grandes extensiones. Si aún queda curiosidad, valdría la pena hacer una viaje a Bernal, en el municipio de Ezequiel Montes, para entender por qué la Cineteca de Querétaro se llama «Rosalío Solano» (y preguntarse, entonces, por qué a veces se insiste en llamar a ese edificio como «el Rosalío»).
Museo del Cine Nacional Rosalío Solano

De la capital hacia el Pueblo Mágico de Bernal, el viaje en carro puede tardar alrededor de una hora. Se recomienda dejarlo en algún estacionamiento público o en los tramos en donde las calles aún no se hacen angostas. Conforme se avanza más hacia el centro de Bernal, es más notoria la necesidad de andar a pie.
Para localizar el recinto de interés hay dos referencias básicas: la parroquia de San Sebastián Bernal y el centro artesanal de La Aurora (y no hay pierde, porque el templo se puede identificar por su cúpula y el otro sitio tiene un gran letrero). Bastará notar una especie de castillo naranja y blanco que se encuentra alrededor de los lugares aludidos. Hay unos portales que terminan hasta una torre que tiene un reloj. Con la mirada se puede buscar el nombre: Museo del Cine Nacional Rosalío Solano.

En resumen, Rosalío Solano Quintanar nació en Bernal y creció junto a uno de los monolitos más grandes del mundo. El aporte cultural de este personaje involucra una sensibilidad artística que le permitió dejar su huella como cineasta en más de doscientas películas mexicanas, algunas datan desde la Época del Cine de Oro (es decir, embelleció el talento de Pedro Infante, Cantinflas y María Félix; por mencionar solamente a algunas estrellas).

La trayectoria de Rosalío Solano como maestro en la fotografía se calcula de más de sesenta años y, por ende, vio pasar tanto a los talentos más consolidados como a quienes se consideraban incipientes. El recinto que se puede visitar en Bernal incluye una colección de premios, carteles, medallas y objetos personales. También brinda una sensación de que el tiempo en ese museo se encapsula, porque el mismo lugar que se pisa hoy es el que vio crecer a una figura tan relevante en el cine de nuestro país como lo fue Rosalío Solano.
La vida interior de los museos
A pesar de que en este recorrido se enlistan sitios de temáticas distintas, todos coinciden en algo: son museos que existen al interior de un lugar que antes fue habitado. Antes, las casonas de los centros y pueblos de Querétaro tenían un aura de misterio. Había una especie de secreto común entre quienes contaban con la dicha de cruzar más puertas de pesada madera y cerrojos garigoleados contra quienes desconocían, totalmente, lo que había al interior.
Había una suerte de especulación sobre qué tantas cosas pasaban detrás de una fachada. Ahora, son escasos los enigmas. Estas moradas han sido pensionadas de su vocación doméstica, de siglos atrás y, ahora, están vivas con una función quieta: encontrarse dispuestas para que un montón de extraños las visiten e imaginen un poco qué se sintió vivir en el restaurante, café, hotel, bar, librería… O museo.

Tristemente, los edificios no pueden hablar. Pero, cuando al fin llegan quienes coleccionan vivencias y obsesiones en los recintos que rebautizan como museos, para compartir su antología de saberes ahí; hay un aire que enrarece el presente y nos encierra, momentáneamente, en otro espacio y tiempo.