Tricentenario de los Arcos

En CULTURA

Hace más de una década que vivo en esta ciudad. Una ciudad a ratos movediza y difusa en mi mente, porque cuando digo o pienso en la ciudad de Querétaro en realidad a veces estoy hablando o pensando en la zona metropolitana de Querétaro. La culpa es mía, lo sé. Aún no domino los límites físicos entre los cuatro municipios que la forman. Me pregunto si más personas se han dado cuenta de lo mismo, si se han preguntado si el lugar en el que están parados sigue siendo la ciudad de Querétaro o ya están en otro municipio.

 

 

En la rutina, hablo de ellos como si fueran uno mismo, y siempre puedo confiar en que alguien me aclare en qué sitio se localiza cada cosa: «El Gran Cue está en Corregidora», «El nuevo estadio de béisbol está en Huimilpan», «El monumento de Conín está en El Marqués»; incluso, «El aeropuerto no cuenta como zona metropolitana, porque está en Colón». Pero este tipo de preguntas, sobre los límites territoriales, es casi siempre baladí, porque suele generar una fricción innecesaria, suele omitir realidades históricas que trascienden cuestiones políticas actuales. Son preguntas que alejan.

 

 

 

 

Por lo tanto, mejor empiezo por otro camino, por un ejercicio mental que avance hacia lo opuesto. Por ejemplo, iniciar con las preguntas sobre qué símbolos se formaron en torno a lo queretano, sobre de qué hablamos cuando hablamos de Querétaro. Pero este ejercicio habría que restringirlo un poco, porque el estado es diverso. Entonces, la pregunta acotada sería: ¿en qué pienso cuando pienso en la ciudad de Querétaro? Lo primero: pienso en su lado histórico. Probablemente esa también sea la noción de muchos locales y turistas. Virreinato e Independencia. Todo en esta ciudad —y en la zona— gira alrededor de ellos.

 

 

Se suele bautizar una calle, una plaza, un equipo deportivo en su nombre. Eso no es exclusivo de Querétaro, lo sé; pasa en otras partes de México, América y el mundo. Y creo entender el porqué. Hay un sentimiento fervoroso que se enraiza sobre la historia local, una base comunal que permite forjar un sentido de per tenencia más allá de los lazos familiares y del simple acto azaroso de nacer en este o aquel terruño.

 

 

Claro, ese es el lado idealizado, porque, si lo pienso, es un cariño especial por eventos o personajes asociados, en su mayoría, a cuestiones bélicas. Del otro lado estarían esos símbolos que podemos distanciar, aunque sea por un instante, de la beligerancia fundadora de un sitio. O al menos se camuflan mejor si no se escarba lo suficiente. Pienso entonces en el Acueducto, cuyo fin era abastecer con agua limpia el centro de la ciudad, y con ello disminuir enfermedades y muertes.

 

 

 

 

Entre los habitantes, al Acueducto también se lo nombra como los Arcos. En parte se debe a que ahora es visto más como monumento que como infraestructura urbana. Es decir, ya no transporta agua de La Cañada a las cajas de agua del centro —el centro mismo ya cambió: se fraccionaron recintos religiosos y se convir tieron en casas, jardines, plazas, edificios gubernamentales y museos—, sino que se transformó en un ícono cultural. Este 2026 se celebran los trescientos años del inicio de la construcción del Acueducto.

 

 

Fue comisionado por Juan Antonio de Urrutia y Arana, marqués de Villar del Águila. (Sí, por él se nombró a uno de los municipios de Querétaro.) Según registros, se embarcó hacia la Nueva España cuando tenía dieciocho años y se instaló en la Ciudad de México. Años después se convertiría en el heredero de su tío Juan de Urrutia y Pérez de Inoriza, el primer marqués de Villar del Águila…

 

 

Un paréntesis histórico de la sucesión del título nobiliario (grosso modo). Su tío se casó con la hija de una acaudalada e influyen te familia mexicana. Tras varios cargos públicos acumulados (incluido dar informes al Tribunal del Santo Oficio), solicitó ser parte de la Orden de Santiago, en la cual fue nombrado caballero. Luego de eso, y también por solicitud, eventualmente obtuvo el título de marqués por parte de Carlos II, monarca de la Corona.

 

 

 

 

Como el tío no tuvo descendencia, a su muerte, el título pasó a su madre (abuela del «marqués queretano»), y, cuando esta falleció, pasó, finalmente, al que la mayoría conoce como el marqués de la Villa del Villar del Águila (Villar, villa: esa es una cuestión lingüística que se suma al entramado de nombres). Así que, en la serie, Juan Antonio de Urrutia y Arana fue el tercero con el título.

 

 

En su vida en América, ocupó varios cargos y recibió varios nombramientos (alcaide, regidor, obrero mayor, diputado, caballero, corregidor). También se casó en México con una dama de familia acaudalada, cuyo nombre (tal vez) fue María Josefa Paula Guerrero Dávila Moctezuma y Fernández del Corral. No tuvieron hijos de sangre, pero adoptaron. Gracias a esta unión, administró grandes riquezas. Con ellas pudo ser el benefactor de causas como el Acueducto —donó dos tercios del total—, cuya construcción comenzó en 1726 y se dio por concluida doce años después, en 1738. 

 

 

A grandes rasgos, la leyenda detrás de las motivaciones del marqués es archiconocida, y cada persona se la apropia a tal grado que enfatiza u omite lo que prefiere, como pasa con casi cualquier relato poular. He escuchado a alguien decir lo siguiente: «El Acueducto es una declaración de amor prohibido entre una monja y un noble español». Pero otra voz aclara, con sorna: «La monja era sobrina de la esposa del marqués». ¡Escándalo! ¡La prensa rosa del siglo XVIII! ¡El cotilleo transgeneracional! Sobre todo cuando alguien más —probablemente un hombre— asesta: «Y la monja lo rechazó»; incluso, «lo friendzonó». ¡Joder, vaya salseo! Tal vez es pura especulación de la época. Cuando se es una figura pública, nadie se libra de los murmuros.

 

 

 

 

Aquí podría reescribirla en clave literaria, menos telenovelesca (pienso en antecedentes como la inteligencia de sor Juana): a lo mejor sor Marcela (la sobrina), monja del otrora convento de Capuchinas —en donde ahora está el Museo de la Ciudad—, simplemente arguyó notablemente, sin «artimañas femeninas», y apeló a la bondad del marqués, o a la salvación celestial, y él dio el dinero (de la fortuna contraída del casamiento) de manera caritativa. Tal vez. Aunque ahora también se plantea la hipótesis de que la marquesa estuvo involucrada en la decisión (y no suena descabellado).

 

 

Pero regreso al Acueducto, a la numeralia, porque a él se levantan festejos este año: tiene una longitud de 1280 metros, está conformado por 74 arcos y la altura máxima que alcanza es de 23 metros. Es considerado una pieza sobresaliente de ingeniería de la Nueva España. Está formado por una arquería de pilares de mampostería con canales por donde corría el caudal por gravedad, que estaba asentada sobre un paraje desolado (nada que ver con el sitio actual, ahora lleno de casas, negocios, restaurantes, calles y hasta un puente a desnivel).

 

 

El agua era extraída de los manantiales de La Cañada y almacenada en la Alberca El Capulín («que está en El Marqués», me recuerda alguien), que es una construcción también encomendada por él, y desconocida por muchos. Como con el Acueducto, la Alberca ya no cumple su función, pero los curiosos aún pueden visitarla para echarle un ojo, sobre todo a la estatua del marqués colocada en un gran nicho.

 

 

 

 

Si alguien quiere ver más estatuas de él, podría ir a Plaza de Armas, pararse frente a la coloquialmente llama da Fuente de los Perritos y mirar arriba del pedestal. O tal vez quiera ir a la Cruz, al Panteón de los Queretanos Ilustres, a su tumba (¿o cenotafio?), y luego salir a darle un vistazo a su afamada construcción desde el mirador. (Termino de escribir esto y pronto imagino un numeroso cortejo ficticio, con una regia carroza, cruzando la calzada de los Arcos.) Por toda la historia que contiene, y por su belleza sui generis, enmarcado cada abril por floridas jacarandas, es que el Acueducto (alias los Arcos) es un símbolo de Querétaro que los turistas identifican rápidamente con la ciudad y el estado, y del que muchos locales se sienten orgullosos.

 

 

Lamentablemente, no se conoce el nombre del constructor (ingeniero) para rendirle homenajes, ni el de los cientos de personas que lo erigieron (seguramente de pueblos originarios), pero podríamos hacerlo ahora, en su tricentenario, más que con imágenes y fotoautorretratos (vaya, selfies), mediante reflexiones sobre su relevancia histórica, lo que significa (o resignifica) hoy y lo que nos gustaría que simbolice en los años venideros.

 

 

 

 

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