Vida y silencios de las haciendas

En TURISMO

Vida y silencios de las haciendas

Hoy en día muchas de estas construcciones históricas, diseminadas por diversos municipios, tienen una nueva vida, como la de ser lugares de alojamiento.

 

 

 

Mesón Real de Plata

De vez en mes, me convierto en turista de mi propio estado. En esta ocasión elegí pasar un fin de semana en una de las tantas haciendas que existen en Querétaro y hospedarme en el hotel, y antigua hacienda, Mesón Real de Plata, un sitio con una tranquilidad única. Pasar unos días aquí es un verdadero gozo, las habitaciones son cómodas, confortables y no les entra ni un rayito de luz, lo que me ha ayudado a conciliar el sueño.

 

Llegué fácilmente, a través de una carretera en muy buenas condiciones. La hacienda está ubicada en el municipio de El Marqués, algunos kilómetros adelante de San Vicente Ferrer, el sitio donde se hacen arte sanías en piel. Para llegar basta con seguir las indicaciones del GPS. Casi todo el camino está pavimentado; el único tramo de tierra es el que te lleva hasta la puerta de la hacienda, una puerta hecha de madera y que es enorme; al cruzarla, inicia la experiencia. En cuanto entras por el camino de tierra puedes escuchar el silencio.

 

 

 

Ya que estoy acomodada en mi habitación, me desprendo de los zapatos y salgo a caminar descalza a sus hermosos jardines. El sol cubre todo el campo, pareciera no tener inicio ni fin. La lluvia es un gran detonador para mi imaginación. Hoy ha llovido con fuerza, así que he pedido un café recién hecho mientras escucho cómo caen las gotas sobre el piso de cantera del patio central de la hacienda. Entre el olor a tierra mojada, el rítmico caer de las gotas de agua y el café, mi mente vuela a imaginar cómo sería la vida en una hacienda.

 

 

 

 

Una breve historia de los sitios de comercio

Las haciendas nacieron en México a partir del siglo XVII con las primeras encomiendas de tierra que la Corona española les dio a sus soldados de más alto rango como recompensa a su gran labor de conquista en nombre de la madre patria. En el valle de México y Toluca, hoy Esta do de México, se erigieron las principales haciendas que alimentaban la economía del país y el sistema de estas se fue replicando por toda la República Mexicana.

 

 

Para Querétaro, como para el resto de los estados de la República, las haciendas fueron una parte elemental del desarrollo económico, la convivencia social, motivo de inversiones en minería, disputas familiares y culpables de albergar grandes comelitones —esas comidas generosas donde los platillos salados y dulces no paraban de salir de la cocina hasta que se iba el último invitado— cuando la ocasión lo ameritaba.

 

 

 

 En los registros de la historia de Querétaro, se ha descubierto que gran parte de los intercambios comerciales de ganado se realizaban el 25 de julio. El historiador José Igna cio Urquiola Permisán alude que tal vez se debía a que la población de la recién fundada ciudad de Querétaro empezaba a identificarse con la figura del apóstol Santiago. En sus investigaciones, se demuestra que existen registros comerciales donde se identifican compra y venta de cabezas de borregos, teniendo como fecha fijada de entrega la referida, día en que muchos productores, arrendatarios y dueños de borregos se reunían en la ciudad a razón del festejo del santo de la ciudad. Días antes, durante y un par de días después de la fecha señalada, se pactaban la compra de cabezas de ganado ovino, de sus crías, de su lana y también se establecía el precio futuro: «Ni al mayor precio ni al menor precio, sino al de en medio». Haciendo pagos por adelantado, entregando la mercancía o bien celebrando pactos comerciales a futuro.

 

Es curioso reconocer que mucho de lo que sucedía en la vida cotidiana de un pueblo sucediera en torno a alguna fiesta patronal, las cuales eran motivo de reunión de grandes personajes de la sociedad mexicana, por lo que se aprovechaba el tiempo para arreglos sociales y económicos. Las haciendas con mayor producción se encontraban en San Juan del Río y la ciudad de Querétaro. Los propietarios de estas buscaban diversificación y el cultivo de productos con alta demanda en los mercados internacionales: algodón, caña de azúcar, lino o tabaco.

 

Imagino el alboroto que sucedía en la hacienda: las habitaciones de los «Señores» se limpiaban a conciencia, se buscaba tener los mejores vegetales, las mejores frutas de la temporada para dar de comer a todos los invitados. Esta era la oportunidad perfecta para convidar de todo lo que en la hacienda se producía: leche, queso, maíz, frijol. La «Señora» de la casa echaba la casa por la ventana, pues era una ocasión bastante oportuna para hacer alarde de las más finas artes de anfitriona, enseñar los mejores vestidos confeccionados con telas importadas de Europa, el vasto séquito de servidumbre y hasta sus dotes para la jardinería.

 

Ya entrados en la intimidad de la vida en una hacienda, me fascina imaginar qué sucedía en la cocina. Ese lugar donde no se conocía de rangos sociales, estirpes o nacionalidades. Me atrevo a asegurar que la cocina es lo que refleja la identidad de un pueblo; si no, acércate a los cazos, al horno o al comal, en cada chirriar de la manteca o en el humo del pan podrás descifrar qué es lo que le da vida quienes habitan ese pueblo. Durante las temporadas de fiesta, la leña de los comales no dejaban de crujir: lo mismo se cocían las tortillas, se doraban los chiles para el mole o la salsa para los tamales o se tostaban las semillas de calabaza para los dulces de pepitorias.

 

Hago una pausa en mi imaginación a causa del hambre y voy a la cocina de este hermoso hotel, la cual se parece mucho a la de Tita, la protagonista de Como agua para chocolate, la novela gastronómica de Laura Esquivel. La cocina del hotel aún conserva dos hornillas, en una se «sientan» las cazuelas de barro para cocinar la carne y sobre la otra se pone un comal para calentar las tortillas. Por encima de las hornillas, está una gran campana que permite que salga el humo de los platillos que se están preparando. Está forrada de azulejos antiguos, lo que era blanco ahora parece color beige; los colores oscuros se han desvanecido un poco con el paso del tiempo. Al centro de la cocina hay una mesa rectangular de gran tamaño donde se alistan los ingredientes que se van a utilizar.

 

 Como el clima lo ameritaba, ordené un par de rebanadas de pan tostado con mermelada de moras, todo orgánico, por supuesto. Mientras lo preparan, espero pacientemente en el comedor que, sobra decir, es imponente: a pesar de no tener demasiada decoración, por sí sola la mesa del comedor es grande y robusta. Está hecha de madera maciza, acompañada de sillas grandes también de madera. ¿Qué tan difícil debió ser meter esa mesa en el comedor? Estaba a punto de pensar en mil respuestas, pero me interrumpió mi comida.

 

En esta hacienda aún se produce siembra de temporada: de alfalfa, maíz, avena, moras, etcétera. Así que gran parte de lo que consumes se ha sembrado en estas mismas tierras. Mientras comía mi pan con mer melada, descubrí que esta hacienda fue construida en 1540 y usada como casa fuerte para resguardar la plata que llevaban hasta los puertos marítimos del país y embarcarla hacia el viejo continente.

 

 

 

 

Las haciendas de Querétaro

Mesón Real de Plata se encuentra construida sobre el Camino Real de Tierra Adentro, nombrado Patrimonio de la Humanidad en 2010, y frente a esta hacienda también se encuentra otra de las más emblemáticas: Misión de Chichimequillas, con sus hermosos jardines, espacios amplios y adaptados para llevar a cabo ceremonias civiles o litúrgicas. ¿Imaginas las bodas en los tiempos de opulencia de las haciendas? La hacienda fue usada como fuerte para resguardar la plata que se transportaba desde Ciudad de México, Zacatecas o Guanajuato hasta el puerto de llegada de la flota española, en Veracruz.

 

Otras haciendas que hoy en día están recuperadas se encuentran en municipios como San Juan del Río, Cadereyta de Montes, Huimilpan, Amealco y Querétaro. Hoy la mayoría son escenarios idílicos para llevar a cabo bodas, celebrar cumpleaños o comidas familiares. La historia cuenta que el primer morador de una de ellas, la hacienda La Llave, fue don Juan Jaramillo, fiel soldado de Hernán Cortés. Esta hacienda, ubicada en San Juan del Río, pasó por las manos de los descendientes de la viuda de don Juan Jaramillo hasta que fue adquirida por Francisco Iturbe, quien demolió algunas partes para construir nuevos muros y portales, todo muy al estilo del Palacio de Versalles.  Hoy es ocupada por el Ejército Nacional y permanece cerrada al público.

 

De pronto se me viene a la mente la Hacienda Galindo, también en San Juan del Río. Esta hacienda hoy funciona como un hotel de categoría cinco estrellas, ideal para escaparte un par de días del bullicio de la ciudad. Esta propiedad es conocida por la famosa leyenda de haber sido heredada al nieto de Malitzin, don Pedro de Quezada. Se dice entre muros que la hacienda fue regalo de Hernán Cortés a doña Marina. Las principals funciones de esta fueron como tierra de siembra y cría de ganado (a lo largo de los años, de ella surgieron los mejores toros de lidia, que se llevaron a las más importantes plazas del país). Los registros históricos cuentan que tuvo alrededor de veinticinco dueños, quienes buscaron perpetuar el oficio de la hacienda; sin embargo, el reparto agrario mermó la propiedad hasta la dimensión de hoy, que no es pequeña, pero antes de 1923 era enorme.

 

Por último, recordé que en Cadereyta se encuentra Hacienda Tovares, la cual vio nacer a dicho municipio y que fue edificada en 1640 por el capitán Alonso de Tovar y Guzmán, quien encabezó un grupo de colonos españoles e indígenas de la Provincia de Xilotepec y Huichapan para integrar la región del Cerro Gordo y minas de Maconí al sistema de gobierno virreinal durante los siglos XVII y XVIII. Hoy se puede disfrutar de un paseo a caballo por este sitio, dormir ahí mismo y despertar con el canto del gallo; aquí se vive una experiencia de hacienda en todos los sentidos.

 

La lluvia ha cesado y con ello la temperatura bajó, así que me iré con mi imaginación a la cama. Quién iba a pensar que después de tantas batallas bélicas, de hambrunas, tiempos de oro, revoluciones y modernidad, hoy en día los cascos de hacienda serían tan valorados como lo fueron en sus inicios. Siguen cumpliendo su función principal: dar hospedaje a los anfitriones y sus familias para celebrar una ocasión especial. Por hoy, me siento un habitante más de esta hermosa hacienda y dormiré hasta que cante el gallo.

 

 

Mónica Bustamante

Guía certificada, cuenta con una Maestría en Administración Pública Estatal y Municipal por la UAQ y es licenciada en Administración Turística. Se ha desempeñado en labores turísticas, tanto en el sector público como en el privado, realizando eventos y visitas, siendo guía de grupos y colaborando con medios. Es fundadora del proyecto Primera Ruta Incluyente Querétaro.

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