Postal de domingo

En Literatura

La casa se mantiene en penumbras en la planta baja y el frío del piso de losa casi duele al contacto con los pies. Por la claraboya, un cilindro de luz atraviesa las dos plantas y sugiere un camino ascendente que promete todo el calor que bloquean las sombras de los muros de cemento. Así se instala la necesidad de sol que, casi por sí misma, produce en minutos pan tostado y café. La procesión que somos los gatos y yo, aún con el ritmo solemne del sueño, se eleva escaleras arriba, rumbo a la terraza.

 

Al abrir la puerta hacia el exterior, me sorprende una ceguera temporal por sobreexposición lumínica. Con la bandeja suspensa entre una mano y otra, espero a que mis ojos se acostumbren, a que la gata huya por los jardines colindantespara no tropezar con su cuerpo enredado en mis tobillos. A sus pupilas, mejor entrenadas que las mías en esta rutina, les toma menos tiempo ajustarse a las nuevas condiciones de luz, por lo que antes de darme cuenta ya ha trepado a la barda vecina y el gato, más perezoso aunque no menos curioso, la sigue de cerca.

 

Dispongo mis provisiones sobre la mesa de hierro y me siento a contemplar la mañana empañada con el vapor del café caliente que sostengo entre las manos y los residuos de sueño que no termino de sacudirme. Mis ojos siguen las vías del ferrocarril, tendidas frente a la terraza de un lado al otro del horizonte, como la locomotora de ese tren que hace tiempo dejó de correr sobre ellas. No hace mucho que llegué a este lugar, pero cuentan que, en algún tiempo, el barrio no estaba atravesado por esta columna vertebral metálica y me da la impresión de que, si me fuera posible alcanzar con la vista lo que hay más allá de la línea del horizonte, sería capaz de conocer esa vieja versión, hoy impensable, en la que el este y el oeste no se enfrentan hasta el límite del paisaje. La idea me cuesta, pero me resulta todavía más difícil pensar que alguna vez yo no haya estado acá, que existe otro lugar, muy lejos, donde por las mañanas salía al balcón a desayunar con la vista, tal vez, orientada hacia esta terraza.

 

La gata regresa de su breve expedición con una lagartija en el hocico. El cuerpo tieso del áspero animal cuelga a un costado y a otro de las fauces de la orgullosa cazadora, que viene hasta donde estoy para mostrarme su botín. ¿Qué tan lejos habrá tenido que ir para hacerse de este reptil prehistórico? ¿Cuánto tiempo habrá recorrido a cuatro patas? La gata suelta a su presa para lamerse y en ese mismo instante la lagartija, que hasta entonces no había dado la más mínima señal de vida, abandona la escena en cuestión de segundos como si su presencia ahí, junto a nosotras, estuviera violentando las leyes de la física y una fuerza restauradora, más allá de la propulsión de su carrera, la llevara de regreso al lugar e instante del que provino. El tiempo y la distancia se confunden en este divagar pausado mientras cubro una rebanada de pan con mantequilla y mermelada.

 

Escucho maullar al gato. No está en mi campo de visión, así que, sin soltar lo que me queda de pan, me levanto y camino hacia el sitio donde creo haberlo oído. Ahí lo encuentro, unos centímetros más abajo de la cerca de la terraza, en el borde de la pared del vecino. Sin que el restringido espacio que tiene a su disposición parezca incomodarle, el gato reposa sobre su costado; con los ojos entornados, recibe el sol, que cada vez incide sobre él con más empeño. Intento atraerlo con un chasquido de la lengua y, aunque logro llamar su atención, no le intereso lo suficiente para hacerlo regresar. Me preparo otro pan y trato de que se acerque ofreciéndole una porción. No hay caso.

 

Termino el resto del pan de pie frente al gato, que ahora se lame la panza despreocupado, y así descubro, unos metros abajo, la calvicie del vecino, que reluce tanto o más que el coche que no deja de sobar con una franela encerada. Son apenas dos pisos de distancia los que nos separan y, sin embargo, él y su lustrosa obstinación se me figuran una escena lejana, ociosa. La mirada en vertical, a diferencia de la que indaga el horizonte, tiene ese efecto; se mira por encima, con altivez, para ser exacta. Sacudo las migas grandes que cayeron en mi ropa, las diminutas que se pegan en mis dedos y, aunque no alcanzo a seguir todo el trayecto con la vista, sé que muchas terminan sobre el cuero cabelludo del vecino. Una mínima sonrisa se me escapa entre los labios, pero el gato, que se ha acercado a mí cuando yo ya no lo esperaba, la interrumpe restregando su cuerpo contra el mío. Él también quiere comer.

 

Reúno las cosas de nuevo en la bandeja y enfilo de regreso al interior de la casa con el gato ansioso muy cerca de mí. Al cruzar el marco de la puerta, una marcha rítmica de ruedas y un silbido sordo me obligan a volver la vista a lo lejos. Imposible que el tren cruce hoy estos parajes y, sin embargo, no puedo evitar sentir una esperanza ingenua ante la posibilidad de que la máquina aparezca en el horizonte. No sucede, pero la distracción me recuerda que la gata se ha vuelto a escapar, así que dejo la puerta abierta para que pueda entrar cuando vuelva.