La historia y nueva vida de las casonas

En TURISMO

Por: Paco Bulos

 

 

Intenta situarte en la escena: estás a mediados del siglo XVII. Hace poco más de cien años, las calles por donde caminas no existían: hoy se prolongan, incipientes, hacia los férti les campos del Bajío, confinadas por nuevas edificaciones que brindan forma y personalidad a una ciudad naciente. No se han inventado aún, claro está, los vehículos o las construcciones de muchos pisos; no se piensa todavía en cristal y acero. Las calles se dibujan para que las camine la gente, o para que circulen mulas y carretas, llevando y trayendo productos que se obtienen en las haciendas y minas cercanas.

 

 

Sin embargo, existen ya imponentes conventos, casas de personajes ilustres que, por sus dimensiones y el esmero de los detalles, dejan ver que existe un poder económico y político importante enciernes. También hay un par de plazas, un mercado, una acequia que corre entre las calles llevando agua fresca; existe un barrio de españoles y otro barrio para los locales; hay fuentes y casas de distintos tamaños e importancias. Todo esto empieza a confi gurar lo que hoy conocemos como Querétaro.

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquí también se comienza a es bozar parte del legado con el que en la actualidad tenemos la fortuna de disfrutar: las grandes casas y casonas que, a partir de este momento y hasta nuestros días, han evolucionado como parte de nuestra historia. Algunas son edificios civiles de propiedad privada, y otras nacieron a partir del desmembramiento del que fueron objeto conventos, haciendas e iglesias, víctimas del caprichoso destino del que siempre sufren las ideas humanas: potencialidades frustradas por visiones muy distintas a las primarias.

 

 

 

 

CONVENTOS QUE DEVINIERON CASONAS

 

 

 

El año es 1655, y el Ayuntamiento acaba de anunciar las capitulaciones que nos otorgan el título de ciudad, además de la formación de un cabildo y un escudo de armas. A partir de este momento, se reconoce que Queréta ro tiene una importancia comercial y política mayor al de otras comunidades cercanas; evidente en la nobleza de su obra construida. Diversos personajes poblaron y dieron forma a esta ciudad —entre quienes se encuentran don Pedro Romero de Terreros, don Bartolo Sarda netta, el conde de Ecala, el marqués de la Villa del Villar del Águila—; todos ellos construyeron casonas de gran factura que vale la pena explorar.

 

 

Sin embargo, una grey fenomenal de corazones indomables levantó en la ciudad edificios religiosos que con el tiempo encontrarían un importante valor histórico y sentimental. 

 

 

 

 

 

 

 

 

Existen ya, entre otras obras importan tes, siete conventos. Uno de ellos es el con vento franciscano de Santa Clara, en la calle Real. Años después, en 1697, los dominicos fundarían el conven to de Santo Domingo, desde donde regirían los esfuerzos misioneros para evangelizar la Sierra Gorda, tarea que completarían después los franciscanos bajo el liderazgo de san Junípero Serra. Con los años, estos dos conventos sufrirían modificaciones importantes en su estructura y su conformación, que darán origen a dos de las casonas de las que hablaremos en este texto.

 

 

A finales del XIX, las Leyes de Reforma obligan a los religiosos a ex claustrarse, y comienza un periodo de profunda transformación urbana, en donde iglesias y conventos se fragmentan para ser vendidos a entidades privadas u organismos de gobierno: atrios y jardines pasan a ser espacios públicos, y la ciudad que hoy conocemos comienza a tomar forma. A partir de la guerra de Independencia comenzada en 1810, inicia una decadencia que no se detendría hasta bien entrado el siglo XX.

 

 

Sin embargo, estos procesos resultaron en espacios, casonas y construcciones que hoy en día forman parte intrínseca de la vida de los queretanos. Conversemos de algunos ejemplos.

 

 

 

 

 

 

 

 

CASONA VERGARA

 

 

 

Después de una época de renombre y bonanza, en donde se construyó la capilla del Rosario, muy venerada por los queretanos, el convento de San to Domingo fue mermando su impor tancia en el ámbito nacional, perdien do su fuero en 1859, y convirtiéndose en cuartel militar. Sus retablos fueron saqueados, sus paredes vandalizadas, y los espacios conventuales se con virtieron en basureros. Para 1875, gran parte del edificio ya estaba secciona do y vendido a particulares. En 1904, lo que había sido el huerto conven tual pasó a manos del Hospicio Ver gara, heredero de la visión humanista que había tenido doña Josefa Verga ra, una de las benefactoras más im portantes de estos lares.

 

 

El siglo XX trajo conflictos, expul sión de clérigos, numerosos cambios en la vocación del antiguo convento. Apenas en 1949 se logró el retorno de los dominicos para dirigir el antiguo templo, mientras el hospicio continuó con su labor hasta bien entrado el siglo XXI, mudando su sede de operación y dejando vacante el antiguo huerto, para establecer lo que ahora se conoce como Casona Vergara. Ubicada en Guerrero Sur 28, hoy es sede de un proyecto gastronómico que incluye restaurantes como Voraz Grill, El Refectorio de Santo Domingo y La Taberna; terrazas y patios para eventos privados, y una casa cervecera artesanal llamada Cervecería Santo Domingo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuenta con tres patios, distribuidos a lo largo de la propiedad, que abarca toda la facha da de la calle de Arteaga, entre las ca lles Guerrero y Ocampo, y tiene esta cionamiento propio. Con la promesa de ofrecer una perspectiva distinta del convento, la Casona Vergara se ha reinventado varias veces a lo lar go de la historia, abriendo sus puer tas al público, permitiendo conocer este importante espacio histórico a través de interesantes experiencias gastronómicas.

 

 

 

POSADA DE SANTA CLARA

 

 

 

Uno de los ejemplos más preclaros de la respuesta que se ha tenido ante la evolución de la traza de esta ciudad se observa en el convento de Santa Clara. En este imponente con junto fundado en 1607, las monjas clarisas llevaron a cabo su operación, ocupando dos manzanas completas en la zona española de la ciudad, sobre casi 25 mil metros cuadrados de terreno, emplazado en el Camino Real que conducía hacia el Bajío.

 

 

 

 

 

 

 

 

La obra fue patrocinada por don Diego de Ta pia, y según nos cuenta Carlos Arvizu en su libro Evolución urbana de Querétaro, fue este convento beneficiario de su herencia, ya que aquí estudiaría su hija, Luisa de Tapia. Para dimensionar la extensión del templo, las actuales calles de Madero, Allende, Hidalgo y Guerrero lo enmarcaban. El andador Matamoros era uno de sus pasillos de servicio, y el Jardín Guerrero albergaba huertos y patios interiores.

 

 

En el plano de 1864 denominado «Couvent de Sta. Clara», dibujado por las fuerzas francesas que apoyaban a Maximiliano duran te la intervención, se puede apreciar la distribución, así como las áreas que fueron demolidas para dar paso al Jardín Guerrero a finales del siglo XIX. Como resultado de los mismos procesos históricos que hemos comentado, el convento es seccionado y vendido. Parte de los restos de la enfermería, cocinas y comedores se rescata para dar paso a una posada, que sirvió como alivio a los viajeros que recorrían el Camino Real de Tierra Adentro.

 

 

 

 

 

 

 

 

El alma de la posada se mantiene como un sitio de acogimiento y bienvenida. Con los años, ha funcionado como hotel, oficinas, de partamentos, e incluso una sección alberga hoy en día al Poder Judicial de la Federación. También podemos encontrar, entre sus usos actuales, restaurantes, tiendas, vivienda, des pachos de arquitectos, e incluso una galería de arte, llamada El Cuadro, que tiene un gran papel promoviendo a los artistas locales y nuevos talentos.

 

 

 

CASONA DEL TRATADO DE LA PAZ

 

 

 

Caminar por la calle Hidalgo nos permite acercarnos a algunas de las casas más imponentes que se construyeron en los años de bonanza. En algunas de ellas, edificadas desde finales del siglo XVII, existen vestigios mutilados por los gustos barrocos del XVIII y neoclásicos del XIX. Es común ver balcones de cantera y forjados de herrería, con soportes que asemejan gatos leonados y bestias mitológicas, entre muchos otros ornamentos de cantería y argamasa.

 

 

 

 

 

 

 

 

En el número 29 nos encontramos con la casona que perteneció al ex presidente Manuel de la Peña y Peña, y en donde fue firmado el fatídico tra tado donde México perdió más de la mitad de su territorio. Dentro de su evolución histórica, esta casa también funcionó como cuartel militar, escuela, y hoy está ocupada por diversos despachos de profesionistas. De un Barroco sobrio y elegante, la casa es una gran muestra del estilo de vida de los hidalgos y portenta dos virreinales.

 

 

De una sola planta, y con una fachada sobria de sillares de cantera pulidos, el espacio se organiza alrededor de un patio que seguramente tuvo un pozo, hoy convertido en fuente. Las habitaciones son muy altas, con fina viguería de madera, y al fondo de la propiedad existía un huerto, lo que era común en las caso nas de la época. Un pasillo elevado en tres lados del patio da una perspectiva distinta del espacio central, y genera un ambulatorio con una arcada sencilla que brinda tardes sumamente agradables, gracias al microclima que este tipo de espacios genera.

 

 

 

 

 

 

 

 

Además de la importancia histó rica de la casona, la visita vale la pena para entender el estilo de vida virreinal en esta zona de la ciudad; ya que es una de las pocas que pueden visitarse en cualquier día, y que nos brindan un vistazo muy cercano al entendimiento del espacio que tuvieron aquellos que las habitaron. Recorrer la ciudad ya no es lo mismo que fue hace trescientos años. Hoy, los vehículos alteran la circulación, y, si no es caminando, puede que per damos el detalle de las fachadas y los edificios que nos rodean.

 

 

Trata de caminar el Centro, descubre las fachadas, date cuenta de la maravilla que existe detrás de los muros y los ornamentos de piedra, cal y canto. Esta ciudad es maravillosa gracias a quienes así la pensaron hace varios siglos, y gracias también a aquellos que la siguen conservando y haciendo una ciudad viva.

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