Noches de Campismo

En TURISMO

Por Carlos Ajís.

 

Cuando uno conduce, se divide. El placer de la contemplación está condicionado; la mirada es forzada a tener los ojos sobre la carretera, sobre los demás automóviles, sobre las curvas. Apenas puede uno tener asuntos pendientes que repasar una y otra vez. Así tiene sentido la metáfora del «escape» como eslogan de campañas de turismo. Las curvas necesarias para acceder a la Sierra Gorda ya son un ente arquetípico que obliga a concentrarse. No hay manera de calcular los pendientes de la oficina, los avances necesarios para la reunión de la próxima semana, la acumulación de actividades y de autos a esa misma hora del día en las grandes avenidas de la ciudad mientras uno tan solo ve tres o cuatro vehículos durante algunos minutos y una fila ocasional de no más de cinco autos detrás de un camión de volteo, de pasajeros o un tractor. ¿Cuándo ocurre realmente el escape?

Decidimos viajar a Arroyo Seco por el agua. A los niños siempre les atrae el agua, por lo que en esta ocasión optamos por ponerle un reto a nuestra hija. ¿El placer de escaparse se disfruta del mismo modo a cualquier edad o se requiere antes adquir responsabilidades? Quizá el primer paso para fomentar el turismo lo damos en nuestros viajes de infancia, en familia, con los primeros mareos y vómitos carreteros, con los primeros ruidos extraños, las voces aterradoras de los habitantes de la naturaleza en la penumbra de la noche, la noche de nuestros ancestros. Traté de explicárselo cuando llegamos al primer campamento. Ella, con sus grandes ojos brillantes, miraba asombrada que hubiera «tantas plantas y árboles». «Mira, papá,  escucha.» Las chicharras, el rumor del río le parecían algo nuevo, con el volumen algo más alto de lo que espera cualquier persona habituada a la ciudad donde los grillos y los trinos son conversaciones a lo lejos.

 

Se lo puse sencillo: la primera de las dos noches sería en Huerta Mariana. Huerta Mariana es un espacio donde el campismo tiene algo de reflexión y retiro. Desde la salida de la carretera, al ingresar al camino, uno acepta que se encuentra dentro de una reserva natural: la vegetación es espesa, las advertencias sobre la fauna salvaje despiertan un sentido de asombro y alerta. Al cruzar el portón sorprende el camino empedrado donde no hay concreto que impida la filtración de la lluvia al subsuelo, la gran enramada para un descanso comunal al aire libre, la alberca, la barra de cocina, la zona de baños y regaderas hecha con adobe, también el amplio césped para colocar la casa de campaña y el glamping al fondo con una cómoda cama matrimonial, sillas, un pequeño aire acondicionado, mesa toalla  y un cesto de basura. Esta fue la razón de la primera elección: una cama que sirviera de asidero a una pequeña que nunca había experimentado la sensación de una naturaleza primigenia, una comodidad que la protegiera de sonidos aún más fantásticos por la noche.

 

Mariana y su familia, anfitriones de este proyecto, ofrecen talleres de sustentabilidad y actividades de avistamiento de aves, además de que cuentan con un criadero de lombrices para composta, un huerto orgánico de frutas y verduras, un apiario y un gallinero que provee de una canasta básica a ellos y a sus huéspedes (no solo con fines de consumo, sino también didácticos). La huerta cuenta con algunos senderos para adentrarse en la vegetación espesa y bañarse en el río Santa María, que, junto con el río Ayutla, baña gran parte de este municipio. La zona de camping es paradisiaca durante el día. A pesar de que hay electricidad y señal, la conexión es inestable. Conexión o desconexión, he ahí el dilema. Desconectarse es sencillo, necesario; conectar (o reconectar) con la naturaleza y desconectar de la rutina social, laboral, hogareña sin los repiqueteos de los teléfonos o la necesidad de abrir alguna red social. La naturaleza está libre de ello y nos comparte su virtud en momentos y lugares así. Es probable que la filosofía genuina de Mariana y su familia de promover la conservación medioambiental y la convivencia abonen a una desconexión más auténtica, fluida. A diferencia de otros campamentos en el municipio, esto nos animó para viajar en familia. 

Existen otros proyectos sustentables, como el campamento ecoturístico El Paraíso, a un costado de la carretera, antes de llegar a la comunidad de Ayutla. En él, los espacios para las casas de campaña están bien delimitados y los senderos para recorrer los alrededores son interminables —y adecuados para un «descanso más radical» o una aventura de mayor rigor, como un viaje en pareja o en grupo de amigos. En Villa El Centenario, justo a la entrada del pueblo de Concá, el campismo es más una actividad recreativa, permite salir a caminar por esta localidad, centro turístico de Arroyo Seco y hogar de una de las importantes misiones franciscanas, Patrimonio de la Humanidad; su cercanía con la actividad humana da seguridad. Entre nuestras opciones estaban Finca El Higuerón y Los Juárez.

En Los Juárez encontramos la sombra ideal para refrescarnos y comer bajo el follaje de los numerosos árboles manguíferos del área de camping. Recorrimos algunos de los campos orgánicos de cultivo de naranjas, plátanos y los caminos que llevan a las pequeñas cascadas cercanas al río, sin poder andar más allá por la profundidad y las orillas desgarbadas que complicaban los paseos, pero que resultan atractivos para la aventura entre grupos de amigos o en pareja. A eso de las cinco de la tarde, nos trasladamos a Finca El Higuerón. Su cercanía con el río en amplias playas, senderos y pequeños arroyos nos agradaron para breves exploraciones. Pudimos meternos al río, caminar junto al arroyuelo y darle de comer a los patos que nadaban en él. El caudal era bajo y las riberas extensas, lo que nos permitió acampar en ellas. Había espacios para fogatas, cuya leña nos proveyeron, pero aquí la pernocta fue una primera enseñanza: el aullido de monos a lo lejos, las chicharras y las ranas, el rumor más intenso del agua llegó a sorprenderla, por momentos a atemorizarla; sin embargo, ya había algo conocido para ella. Supimos que el fin de semana se había convertido en una experiencia poco artificial, por ello valiosa, que le otorgó cierta valentía para no temer a la naturaleza.

 

Para aquella ocasión había guardado un libro en mi mochila, pero ¿para qué lleva uno libros a un fin de semana de ecoturismo? En los breves descansos entre caminatas y paseos se puede acudir puede acudir a ellos como antídoto ante el aburrimiento, pero incluso en viajes así el aburrimiento es una circunstancia especial. En cualquier caso, valió la pena abrirlo un momento mientras desempacaba el primer día, y hallar —acaso como una casualidad, una reconexión con alguna suerte tal vez innatural— una cita de Cesare Pavese: «Los viajes son una brutalidad. Le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda comodidad familiar de la casa y de los amigos. Se está en continuo desequilibrio. Nada le pertenece a uno salvo las cosas esenciales: el aire, el descanso, los sueños, el mar, el cielo, y todo tiende hacia lo eterno o lo que imaginamos de la eternidad». Cerré el libro y dejé que el césped picara mis orejas, que la luz me deslumbrara a través de los párpados cerrados, que la risa de mi cría a lo lejos interrumpiera los sonidos que quizá, solo quizá, compartiera con los dinosaurios en una anacronía imaginaria.  

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