«Qué honor teníamos de cardar lana para el hilado. Se me enchina el cuero de contarle»
En PERFILES
Por: Juan José Flores Nava
Hace unos meses se reinauguró la Escuela del Telar, en el municipio de Colón, una iniciativa para rescatar y preservar la cultura y tradición de la artesanía textil, enseñando los saberes y técnicas de tejido de lana y teñido. Al frente se encuentra José Vega Ibarra, quien, luego de casi sesenta años tejiendo, es guardián del telar de lana en Colón; su arte, heredado por generaciones, va de jorongos sagrados a un gigantesco tapete. En este número, el periodista Juan José Flores narra la historia del fundador de esta escuela en un texto donde el autor desaparece y cede la palabra al personaje perfilado y sus vivencias —en la tradición de los reportajes novelados contados desde la primera persona.
Aunque pase el tiempo, es algo que nunca se me va a olvidar. ¡Imagínese! Ya voy a cumplir setenta años y me acuerdo clarito, casi como si fuera ayer. Yo llegaba de la escuela y me tiraba en el piso debajo del telar de madera para ver trabajar a mi padre. Yo era un chamaquito. Andaba por los once. Era un niño que salía de la escuela y, en vez de agarrar mi cuaderno para hacer tarea, me acostaba sobre el suelo terroso para mirar a mi papá hacer sus jorongos de lana.
A veces mi mamá, para que no se levantara mucho polvo, regaba agüita. ¡Cómo me acuerdo de ese olor a tierra mojada! Y mi papá me decía: «No, hijo, levántese de ahí porque le va a hacer daño lo mojado de la tierra». Pero yo no hacía caso. Para mí era grandioso. Me daba un orgullo tremendo ver a mi papá con sus pies y sus manos haciendo artesanías muy bonitas con aquel conocimiento que él tenía.
Los artesanos de ese tiempo, no sé por qué, tenían su tallercito apenas atravesando la puerta de la casa. Era el mentado pasadizo, que le decían. Tal vez para que los viera la gente o para que alguien se motivara y entrara a ver qué hacían. Ahora que usted me pide que le cuente qué es lo que veía mientras estaba ahí, en el piso, mirando trabajar a mi papá, me lleva a que me acuerde del rechinido que hacían unas poleas del telar. Nunca se preocuparon de ponerle una grasita para que no se oyera ese rechinidillo cada vez que alguien pisaba el pedal. Siento que ese rechinido mantenía alerta a los artesanos para no equivocarse en los dibujos que hacían en las cobijas o jorongos que tejían.
De ver el oficio a heredar el oficio

Mucha gente aquí en Colón ya me conoce. Me llamo José Vega Ibarra. Soy artesano. Mi papá se llamó Miguel Vega Elías. Y de él aprendí a trabajar la lana y el telar de pedal. Yo creo que mi papá también aprendió de su papá, mi abuelo; y mi abuelo, de mi bisabuelo. Es que en Colón se hacen artesanías de lana desde hace unos trescientos años. Mis hermanos también saben tejer. O supieron tejer, pues poco a poco lo fueron dejando y se dedicaron a otras labores. De mis cinco hijos, cuatro varones y una mujer, solo uno está en el taller. Los demás aprendieron el oficio, pero se dedican a otra cosa.
En el taller hacemos jorongos, cobijas, chalecos, tapetes, morrales, chales, tapices decorativos y cotorinas, que hoy les dicen chamarras, pero los artesanos de aquellos tiempos las nombraban así. Los jorongos grandes eran para lucirlos. Los de medio kilo, para niños. Los de un kilo, que se amarraban en la cintura, esos eran de trabajo. He hecho jorongos de muchos tipos, algunos con la Virgen de Guadalupe y con Cristo.
Una vez hice un jorongo con la Virgen de los Dolores que el presidente de aquí, de Colón, se llevó como regalo para el papa Francisco. Y cuando tenía yo unos treinta años me pidieron un mural de dos metros por dos y medio, precioso, para mandarlo a Estados Unidos. En el mural iba todo un paisaje con campesinos, pastores: puse borregos, chivos, venados. Puse el sol y un bosque tremendo. Lo hice de una sola pieza en un telar que todavía conservo.
El rito sagrado del telar
Mire, casi no lo cuento, pero cada día, antes de empezar a trabajar, me persigno y le pido permiso a mi Dios para tejer porque voy a subirme a un telar que me ha dado mucho. Dejo los problemas a un lado y le echo todas las ganas a lo que voy a empezar a crear con mis propias manos. Es mi manera de agradecerles a mi Dios y al telar todo lo que me han dado.
Ese telar de ahí me lo heredó mi padre. Y ya tiene más de cien años. Yo siento que viene desde mi abuelo. Y lo sigo usando. Debe estar hecho de cedro y mezquite. No he querido cambiarle ni un palito, porque aquellos viejos sabían cuándo y en qué tiempo del año cortar la madera para que durara. Y se dirá que estoy exagerando, pero, mire, pongamos por caso la rueda de corazón de mezquite que usamos como un rodilllo. Yo la admiro y la respeto mucho, porque cuando la veo viene a mi mente un árbol. Y, para obtener esa rueda de sesenta centímetros de diámetro, ¿cuántos años duró plantado el árbol para sacar la pieza nomás de su puro corazón?
Del trueque a la rueca o la alquimia de la lana
Mi papá agarraba a besos la lana que traía para sus jorongos o sus cotorinas. No importaba que estuviera sucia. Yo creo que él veía lo bonito que iba a estar ya lavada y convertida en materia prima. Porque ya no es esa lana cadillenta, sucia, sino que se transformó en un hilo que podemos usar. Mi papá se tardaba hasta ocho horas en cardar un kilo de lana para el hilado. ¡Qué honor, les digo a veces a los más jóvenes, teníamos de hacer todo ese proceso! Hasta se me enchina el cuero nomás de contarle.

La lana se lavaba en los ríos que antes teníamos por aquí. Se usaba lavar en pocitas. Se veía bonito: todos los artesanos por todo el río lavando su lana. Desde allí se escogía la lana negra, la lana gris y la lana blanca para las cobijas y los jorongos. Eran colores naturalitos, bonitos, preciosos. Luego de lavarla se secaba al sol sobre peñasquitos, para que la lana no volviera a recoger la tierra. Ya seca, el siguiente proceso era el cardado a mano.
Mi papá traía la lana del cerro. La traía del trueque. Él vendía sus jorongos y traía a cambio que maíz, que frijol, que esto y lo otro; bueno, llegó a traer hasta marranitos chiquitos.
Cuando Colón era un pueblo de 150 tejedores
Con mi papá aprendí tres técnicas: el liso, la técnica a cuadros y la cuenta de hilos. Pero a los dieciséis años empecé a recorrer otros talleres de aquí mismo de Colón para saber más. Aprendí otras dos técnicas. El día de hoy yo manejo y enseño ocho.
En el tiempo en que andaba recorriendo otros talleres para aprender, había en Colón y Soriano unos cincuenta. Y en cada taller había de tres a cuatro tejedores. Todos hombres. O sea que había unas ciento cincuenta gentes dedicadas a trabajar la lana.

Yo sigo diciendo artesanos. No digo «cobijeros» o «laneros», como a veces despectivamente me llegaron a decir a mí. Y, bueno, toda esa producción se vendía en Cadereyta, Ezequiel Montes, Querétaro, Tequisquiapan, San Juan del Río y Jalpan, principalmente. Los artesanos cargaban sus costalitos o guangoches llenos de jorongos y se los terciaban en el hombro para ir a vender.
¿Qué cómo se hace un jorongo me pregunta usted? Pues mire: yo lo trabajo con guía. A veces lo diseño en un papel, nomás como un bosquejo. Busco la guía y, si no la encuentro a mi gusto, la diseño. Luego selecciono la lana, de preferencia con colores naturales. Pinto los hilos con flores de cempasúchil para el amarillo, con cochinilla para los rojos, con una flor que llaman de Santa María para los verdes y con cáscara de nuez para los cafés. Y finalmente me subo al telar a trabajar.
El rejuvenecimiento de la tradición
Mire, la artesanía de lana se estaba acabando, como tantas otras en Colón. Para el 2002, de los cincuenta talleres de antes, apenas quedaban diez que tejían a veces. Y yo les dije a mis compañeros: «¿Quieren que esto se acabe? No me tiré en la tierra viendo a mi papá tejer para que ahora yo deje terminar esto». Les propuse hacer un tapete gigante para llamar la atención. Tejimos uno de veinte por treinta metros con la Virgen de los Dolores. Bueno, vinieron hasta de Univisión de Estados Unidos y todos los medios de Querétaro. Lo tendimos en el Estadio Corregidora, luego en Santa Rosa de Viterbo y a veces se tiende en la Basílica de Soriano.

Fue en 2014 cuando empezamos la Escuela del Telar. Pensábamos que llegarían hombres, pero no vino ni uno. Puras mujeres. Y yo tuve que enseñarles. Me costó mucho. Porque no había aprendido a tratar con mujeres. Pero ellas mismas me fueron como que ayudando. Me aceptaron como soy. Yo las respeto mucho siempre.
Siento que ese ha sido el éxito de la escuela. Y que ellas le dan más realce a todo: meten que la bufanda, que el chaleco, que el gorro. Y entonces hay más riqueza en todos los aspectos. El día de hoy le puedo hablar que ya son más de veinte artesanas las que se han graduado. ¡Algunas ya hasta tienen su taller!
En la Escuela ya hay dos hombres también. Incluso tenemos un grupo de niñas que ya hicieron una exposición. Fue bien bonito ver su trabajo. Ahí andaban todas las niñas bien chocosillas, presumiendo sus artesanías.
Escuela del Telar
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