Eduardo Ruiz

En PERFILES

El municipio de Amealco de Bonfil atesora un sinfín de curiosidades y sorpresas desde sus orígenes. La propia toponimia Ameyali/Ameyalco, voz náhuatl que significa «lugar donde brota el agua de las rocas», refleja la poética única de los diferentes pueblos otomíes de la región, aquella espiritualmente vinculada a su entorno nublado y húmedo de gigantescas formaciones rocosas cubiertas de líquenes multicolor. Amealco también es hogar del pintor Eduardo Ruiz —con quien comparto más de diez años de amistad— y de la Galería Arte y Café, su proyecto más reciente en el corazón de este Pueblo Mágico. Allí me recibe para conversar sobre su trayectoria artística y la labor junto a Iraís, su esposa, de abrir un espacio que, además de celebrar el arte, promueve la cultura del café como puente entre la creatividad y la pasión gastronómica. 

La galería es pequeña; en sus paredes habitan infinidad de cuadros de colores brillantes. Veo cómo contrastan por sus estilos únicos: revistas literarias, prints y fanzines a la venta. Es un espacio muy bello. Ahí mismo encuentro un libro de poesía sobre San Joaquín, el pueblo natal de mi padre; lo hojeo mientras espero una concha con nata y comienzo a grabar la entrevista.

Eduardo cuenta que, a principios de los noventa, cuando tenía apenas un año, su familia regresó de la Ciudad de México para inaugurar una maderería en Amealco, marcando el principio de una nueva etapa para él y sus dos hermanos mayores: «A mis papás siempre les gustó mucho llevarnos a caminar al cerro. Mi papá era gallero… Esa relación entre el hombre y la naturaleza también se refleja en mi obra».


—A los ocho años mi mamá se dio cuenta de mi facilidad y pasión por las artes plásticas y me inscribió a las clases de pintura al óleo en la Casa de la Cultura Ricardo Pozas Arciniega, hoy convertido en el Museo de la Muñeca Artesanal. 

Mientras conversamos, amablemente se detiene de vez en cuando para saludar tanto a los turistas curiosos como a viejos conocidos que se pasean por la galería durante ese domingo nublado.

—Fue muy importante este primer acceso al arte cuando era niño, que fuera público y gratis. Creo que es de lo que más se necesita hoy en día.


La obra de Eduardo funciona como una cartografía: la pintura se convierte en esa herramienta para trazar reminiscencias de la relación del individuo con el universo. Da nuevos nombres a paisajes y figuras de su infancia con los mismos materiales que la construyeron. Una interesante respuesta a lo primigenio de la memoria, esa contemplación cósmica del tiempo, con la que tanto soñaba Borges.


—Los domingos, por lo general, y viene de una tradición de hace muchos años, baja la gente de las comunidades. Me llamaba mucho la atención cómo había personas que se vestían diferente, no entendía muy bien por qué tenían otra indumentaria, inclusive por qué hablaban otra lengua. Yo pensaba que venían de muy lejos. 

 

Descubro que alrededor de una tercera parte de la población en Amealco es indígena; constituyen comunidades como San Ildefonso o Santiago Mexquititlán, que custodian y transmiten un rico legado de bordados, cerámica, pintura y rituales ancestrales.

Mientras pruebo la concha de chocolate rellena de nata y un cold brew de la casa (que, para ser honesto, me sorprende su sabor), nuestra conversación continúa: 

 

—Aunque tenía este acercamiento al arte y a la pintura, nunca lo había visto como una forma de vida, ni siquiera lo pensaba como un sueño, era algo que me gustaba, pero entonces empecé a investigar sobre la carrera de diseño gráfico. 

 

Nos conocimos en la Facultad de Bellas Artes de San Juan del Río. Ahí, el joven pintor destacó pronto entre los artistas plásticos en formación. No solo los maestros prestaron especial atención a su técnica, también otros compañeros de su generación, como GüeroGüero o Mike Maese, reconocían en él un talento nato para la pintura y el retrato. 

—Yo veía el trabajo de muchos de nuestros amigos en la universidad y eran propuestas a veces muy contemporáneas, explorando cuestiones de la ciudad. En cambio, lo mío iba más enfocado al rancho, a la naturaleza y a las tradiciones. 


La gente no deja de transitar a nuestro alrededor durante la entrevista; el centro está lleno de un movimiento turístico extraño. Incluso en un momento entra a la galería Raúl Sangrador, «Budha», nuestro viejo maestro de pintura en la universidad. Ese domingo comprendo que la magia de las rocas no tiene explicación alguna. Afuera, el cielo está a punto de caerse y a nadie parece importarle. 

Eduardo plasma en sus lienzos imágenes a menudo surreales de la vida en Amealco, siempre inspirado en la paleta vibrante de su entorno, desde el rojizo que tiñe la tierra de la región hasta el verde intenso de los bosques cercanos, materiales que también utiliza para crear pigmentos con los que ahora experimenta en su obra, trabajando y pintando con la tierra roja. 

En el año 2015, tras explorar otros formatos como el muralismo, realizó una serie pictórica titulada Meyalco, con la que fue invitado a Barcelona. Sin embargo, no contaba con los recursos para costear el viaje y presentar su obra en Europa. Es en ese momento cuando la magia de las rocas intervino por él: Gilberto García, entonces presidente municipal, confió en el talento del pintor, y asumió los gastos de aquel viaje. 

 

—Soy mucho de creer también en esta parte espiritual de la historia, no sé si porque me ha tocado vivir muchas cosas con las comunidades indígenas o por donde crecí, pero ellos se encargan de todos los gastos. 

Muerdo el final de mi concha de chocolate rellena de nata y Eduardo sugiere continuar nuestra tarde en la pulquería Don Toño, a un par de calles de la galería; insiste en que preparan un curado de garambullo muy rico. 

—Después de ese viaje a Barcelona, hubo un boom, la gente comenzó a comprar mi obra, y para 2017, después de mucho trabajo y la colaboración con el maestro Roberto Aurelio Núñez y el doctor Ewald Hekking, pude dejar mi trabajo regular para dedicarme a esto del arte. 

 

Eduardo me regala un pequeño print; en cuyo reverso escribe una dedicatoria. Es un conchero con un instrumento de cuerdas e indumentaria de guerrero jaguar: una mezcla de iconografías de distintas culturas mexicanas representadas en una sola impresión. Su experimento transmuta el origen de las imágenes y las envuelve en personajes únicos, fundidos en una sola escena, donde se crean nuevas fábulas populares propias solo de la imaginación del artista. 

«Me animé a abrir la galería en plena pandemia en el 2020. Fue curioso, porque, como la gente no podía salir tan lejos, empezaron a buscar mucho el turismo regional», cuenta. El espacio, al principio, fue un trabajo conjunto con amigos artistas que buscaban proyectar sus obras hacia otros públicos. Gracias a la apertura turística del municipio tras ser nombrado Pueblo Mágico, pudieron abrir un local en el centro para mostrar arte contemporáneo hecho en la región. 

 

—Hace un año metimos la barra de café como una forma de aprovechar el espacio. La oportunidad de trabajar con mi esposa también es muy bonita y una bendición. 

Confieso que la concha con nata está deliciosa, y al preguntar sobre el menú descubro que no solo ofrecen una extensa variedad de platillos, sino también café de especialidad y bebidas preparadas. Eduardo confiesa, por su parte, que la mente maestra detrás de la barra es su esposa, Iraís Obregón, quien diseña cada elemento de la carta y supervisa su ejecución.

 

La palabra toponimia proviene del griego antiguo τοπος (tópos, «lugar») y ὄνυμα (ónyma, «nombre»); un toponomista se dedica a descifrar el origen y la historia de los lugares. Son aquellas voces que nombran geografías y comunidades. En ese sentido, Eduardo Ruiz ejerce como auténtico toponomista: a través de su obra renombra paisajes y rincones que lo vieron crecer, y, a través de su trabajo en la galería, corrobora la importancia de abrir más espacios dedicados al arte desde la periferia, alejados de los grandes centros culturales y las «vacas sagradas», y más cercanos al cerro de los Gallos.

 

 

Terminamos la entrevista con un fuerte abrazo. El cielo por fin se cae a pedazos cuando salimos del local, apurados por llegar a la pulquería. Sin pensarlo, ordenamos una ronda de pulques de garambullo mientras Los Cadetes de Linares suenan en las bocinas. Comprendo que la magia de las rocas realmente no tiene explicación. 

Eduardo trabaja la veladura de un óleo nuevo en su estudio en Querétaro.

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