Regina Trespalacios

En PERFILES

Arcelia Guadarrama

 

En casa de Regina Trespalacios, el arte no está para mostrarse, sino para cuidarse. Al llegar a su puerta, el primero en anunciar nuestra llegada es Pollock, no el pintor, sino un perro noble y vivaz. Y en seguida Salvador González, su esposo: abogado, cómplice de vida y logística, quien recibe con una calma que parece extenderse por toda la casa.

 

 

Cuando Regina aparece, lo hace puntual. No es rigidez: es respeto por el tiempo, por el trabajo, por el otro. Con la misma cortesía con la que nos ofrece una bebida fresca, nos lleva al corazón de su casa: el taller. Sobre la mesa ya espera un cuadro de la Virgen de Guadalupe, dispuesto no como muestra, sino como paciente. «Cada pieza es como una persona: no puede decirte qué le duele, tú tienes que averiguarlo», dice.

 

 

Con paciencia y tacto, Regina explica cada detalle del trabajo hecho sobre María y los ángeles, la cera, el papel y el paso a paso que deberá seguir para terminar de restaurar este cuadro. La restauración es para ella una forma de vida. Un compromiso. Una ética. Todo en su taller está ordenado, pulcro. Cuando se coloca el mandil, lo hace como quien se prepara para un ritual íntimo. Muestra sus herramientas —las más preciadas— con orgullo contenido. «Estas ya me conocen. Ya nos entendemos», dice con una sonrisa leve.

 

 

Ciencia devoción y rigor

Regina fue la undécima mujer titulada en Restauración de Bienes Muebles por la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía. Desde entonces, ha combinado química, física, biología y arte para rescatar obras de valor histórico. Colabora con el Cinvestav y con la UNAM. Estudia pigmentos, tejidos, adhesivos.

 

 

 

 

A veces, con esos elementos, reconstruye piezas enteras. En otras, conserva lo que queda. Siempre con verdad. Una vez descubrió un supuesto Miguel Cabrera que no lo era. La firma estaba sobre un agregado de tela. —Le dije al padre: «Perdóneme, no le voy a quitar la firma, porque creo que usted se me muere, pero no es original». En otra ocasión, rescató pinturas y fragmentos de ángeles, piernas sueltas, alas dislocadas que al guien había tapado con yeso en el templo de Santiago.

 

 

—Esta pintura, igual que otras seis o siete, estaban tapeando la puerta de Próspero C. Vega cocidas y después enyesadas y pintadas como el muro. Eran varias pinturas, incluso había fragmentos, piernas de arcángeles sueltas. Fueron haciendo una gran tela uniendo pedacitos; sacrificaron las más deterioradas. Estaba en muy malas condiciones.

 

 

Algunas de sus restauraciones más importantes han ocurrido dentro de conventos y templos históricos, donde la humedad, los repintes incorrectos y el abandono amenazan el legado visual de siglos. Otras, se han dado en colecciones privadas que han buscado en ella no solo técnica, sino criterio.

 

 

Con frecuencia, utiliza análisis con luz ultravioleta, espectrome tría y placas de rayos X para detectar intervenciones pasadas. —El daño no siempre está en la superficie. A veces una obra fue repintada por completo en el siglo XIX, y lo que hay debajo es la original. Hay que decidir si vale la pena retirar lo que la cubre o si ya forma parte de su historia. Además de su trabajo directo con las obras, Regina también ha escrito informes técnicos y documentos de atribución.

 

 

En una de sus investigaciones, logró vincular una obra de gran formato a Alfredo Ramos Martínez, artista mexicano poco conocido en el país, pero con alta valoración internacional. El proceso no fue rápido, pero sí riguroso: implicó análisis de pigmentos, documentación histórica y pruebas fisicoquímicas.

 

 

«Esas pruebas, junto con la intuición que dan los años, me hicieron llegar a la atribución», explica. Sobre su trabajo se han editado libros que contienen, de manera detallada, cada labor de rescate que ha hecho. En sus estantes hay libros y una colección de materiales de apoyo que utiliza para su trabajo. Es memoria archivada, como sus restauraciones.

 

 

 

 

Una maestra que no olvida

Durante años fue pionera en Querétaro. Coordinó la carrera de Restauración en la UAQ, donde estableció un intercambio con la Iglesia: ella restauraba, ellos proveían materiales. —Cada semestre me preguntaban: «¿Qué necesita, maestra?». Me compraban desde compreso ras hasta luminarias. Mi taller era el más bonito. Allí dirigió numerosos proyectos con estudiantes, muchas veces en condiciones complejas, pero con creatividad y voluntad.

 

 

—Una vez restauramos una obra que estaba completamente cubierta de excremento de murciélago. Los alumnos aprendieron que restaurar no es glamoroso. Es cuidar, limpiar, recuperar sin destruir. Luego, se desplazó al Tec de Monterrey, donde impartió clases durante veintidós años.

 

 

Se jubiló hace poco, pero nunca dejó de trabajar. Su taller sigue lleno. Su nombre circula sin necesidad de promocionarlo. Como profesora fue exigente, meticulosa, incluso temida por algunos, pero también querida y respetada por quienes entendieron que su nivel de exigencia nacía del compromiso. «No se puede enseñar restauración sin ética. Aquí no se inventa. Aquí se respeta.» 

 

 

Regina y la casa como extensión del oficio

En su vida cotidiana también hay orden y contraste. Es madre, abuela, cocinera de platos equilibrados —ni todo de un solo color ni de otro— porque, como en la restauración, busca armonía. «No puedo comer todo verde», confiesa, entre risas. Habla de sus hijos con orgullo suave; de su nieto, con una luz especial en los ojos. —Se queda con nosotros todo el día; lo llevo a la escuelita, lo recojo, lo llevamos al fútbol, es día completo.

 

 

Aunque su carrera ha sido intensa, siempre ha encontrado tiempo para la familia. Su cocina es un espacio de encuentro, y los platillos suelen nacer de la intuición, igual que su trabajo con las obras. —Cocinar también es arte. Es saber qué sí y qué no. Le gusta bailar, leer, investigar, en general: aprender. Se interesa por las causas sociales, el patrimonio comunitario, la enseñanza.

 

 

 

 

Cuando se le pregunta por el futuro de la restauración en México, habla con franqueza: —Creo que estamos en una coyuntura. Como en muchas cosas, la tecnología nos ha abierto los ojos a muchas posibilidades, y el arte no puede quedarse exento.

 

 

Y, aunque fue exigente como profesora, su exigencia era proporcional a su entrega. A menudo, recibe mensajes de exalumnos que le agradecen, ya desde sus propias trincheras, el haberles enseñado no solo a restaurar, sino a ver y a escuchar distinto, pues en cada clase les compartía también música que ella consideraba valiosa.

 

 

Su hogar está pensado con in teligencia térmica. En el recibidor, bajo una cúpula alta que permite que el aire caliente suba, se percibe la intención arquitectónica: crear un espacio funcional para restau rar. «En los templos, esa lógica permite que estén frescos. Pero ya no la aplican. Aquí sí», nos explicó Salvador mien Salvador mientras mostraba los libros con la obra de Regina.

 

 

El ambiente es sereno, sin pretensiones. La casa no está llena de antigüedades, pero sí de objetos con historia. En su taller hay pinceles antiguos, bancos de trabajo, caballetes y varias cajas con herramientas. Es un taller activo, vivo. Salvador, su esposo, ha sido parte esencial de esa historia. Mientras ella restaura, él se encarga de la logística, de la relación con los pueblos, con el INAH, con los sacerdotes. «Les enseñamos que el patrimonio es suyo», dice.

 

 

Ambos han trabajado en misiones, templos, pueblos remotos donde el arte religioso sobrevive gracias a alianzas de buena fe. «A veces los trámites son eternos, pero al final lo importante es que la obra quede bien y que la gente la recupere como parte de su comunidad.» Ambos son un equipo. De vida y de obra.

 

 

 

 

El origen de una vocación

Regina nació en una familia numerosa: siete hermanos, cuatro mujeres y tres hombres. Ninguno vinculado directamente al arte, salvo uno que estudió diseño gráfico. La mayor, con quien tuvo más cercanía, es actuaria matemática y trabajó durante años en casas de bolsa.

 

 

Su hermano más chico se dedicó al negocio familiar: cables de acero para maquinaria y elevadores. Aunque no estudiaron música formalmente, su padre y sus tíos cantaban en varias voces, tocaban la guitarra y el piano. Su casa estaba llena de música. De ahí vino el impulso: su papá les consiguió clases de piano y guitarra. Regina tomó ambos instrumentos, pero abandonó la guitarra pronto, víctima de un profesor rudo que, en sus palabras, le daba coscorrones y la llamaba «yucateca cabezona».

 

 

Aun así, algo de esa sensibilidad quedó sembrado. Fue una niña observadora, curiosa, con una inclinación clara por el arte y los objetos que guardaban historia. Desde la preparatoria, supo que su camino no era el de los números. A pesar de la insistencia de su hermana mayor para que tomara cálculo, Regina terminó odiando esas clases. «Fue una cosa horrible», recuerda.

 

 

Lo suyo estaba en otro lado. Y, aunque su padre no aprobaba del todo la bohemia escuela de restauración en la Ciudad de México, Regina se mantuvo firme. «Mi papá no pisó la escuela donde estudié», cuenta con una mezcla de orgullo y picardía. Solo asistió el día en que ella se tituló, en un examen abierto.

 

 

Fue un día especial: él la vio convertida en la undécima mujer titulada en Restauración de Bienes Muebles por la ENCRyM. «Me decía: “Hijita, ¿por qué no vas con taconcitos, con medias?”.» Y ella respondía con convicción: «Papá, si me voy a subir a un andamio, ¿cómo crees que me voy a ir así?».

 

 

Restaurar también es dejar huella

Hoy, con décadas de trayectoria, Regina sabe que su trabajo no siempre será visible. Una buena restauración no se nota. Y, sin embargo, es fundamental. Sin ella, muchas obras ya no existirían, o habrían perdido su esencia. —El restaurador no firma. No pone su nombre. Lo que hace es cuidar que la obra sobreviva sin ro barle protagonismo —explica.

 

 

 

 

Pero su legado está. Está en las obras recuperadas. En los informes que elaboró con precisión quirúrgica. En los talleres que coordinó. En los libros que documentan su trabajo. Y, sobre todo, en los alumnos a quienes formó con rigor y entrega. Varios de ellos hoy defienden el patrimonio desde otras trincheras.

 

 

Todos, en algún momento, llevan consigo algo que aprendieron de ella: ética. Regina no habla de sí misma con grandilocuencia. Pero, al observarla trabajar, se entiende que su vocación está intacta. A veces, una restauradora no solo repara imágenes: también preserva el hilo invisible de una historia.

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