Sesenta años de la Procesión del Silencio en Querétaro
En CULTURA
Juventino M.
Alrededor de las cinco de la tarde del Viernes Santo de hace sesenta años, cerca de treinta hombres vestidos con túnicas y capuchas blancas y grises, con cordón franciscano de tres nudos a la cintura, descalzos y con cadenas en los tobillos, salieron al jardín de la Cruz.
En hombros cargaban una cruz de mezquite de cincuenta kilos, lo que causó admiración y asombro entre las personas —no más de setenta— que se encontraban en los al rededores del jardín. Se trató de la primera vez que la procesión del silencio se llevó a cabo en La Cruz. Una conmemoración discreta, sin difusión, que acaso acentuaba su carácter simbólico.
Al año siguiente, la procesión salió a la calle, con las mismas insignias, para recorrer las calles circundantes ante un público mucho más nutrido. A seis décadas, esta ceremonia continúa realizándose año con año por las calles del Centro Histórico en un rito luctuoso que hermana a Querétaro con algunas de las ciudades más importantes de otras latitudes, el cual marca el ritmo de las celebraciones religiosas de buena parte del mundo y que congrega a locales y turistas para presenciar este acto de fe.

Una tradición histórica y un recorrido de sesenta años
De acuerdo con David López Aguirre en Historia de la Procesión del Silencio en Querétaro, los antecedentes de este acto religioso pueden rastrearse hasta el siglo XIV español y a las peregrinaciones que se llevaban a cabo en Semana Santa. A partir de entonces, con el transcurso del tiempo, su forma evolucionó desde el surgimiento de las primeras cofradías que, en la ciudad de Sevilla, España, visitaban un puñado de templos hasta la incorporación de los elementos de las procesiones actuales que se afianzaron en el siglo XX.

Las órdenes religiosas que llegaron a este continente se valieron de escenificaciones didácticas, como las procesiones, para evangelizar y catequizar a los habitantes. La Orden de los Carmelitas Descalzos, que arribaron a la Nueva España en 1585, instituyó las procesiones de Semana Santa a la usanza española, fomentando algunas costumbres sevillanas de la época.
A medida que llegaron sacerdotes de diferentes órdenes como parte del proceso de colonización —franciscanos, dominicos, agustinos, jesuitas, entre otros—, las procesiones fueron evolucionando, donde la conquista espiritual se implementó de la mano de una educación religiosa.

Fue la Orden Franciscana la que impulsó la procesión del silencio por primera vez en Querétaro, fundada por el fallecido padre Ernesto Espitia Ortiz (superior del convento de la Cruz en ese entonces) hace sesenta años, cuando la ciudad y el estado eran muy otros.
Para hacerse una idea, por entonces el estado contaba con una quinta parte de la población que hoy hay en él: poco menos de quinientos mil habitantes, ciento doce mil en la capital. De acuerdo con David López Aguirre, los frailes franciscanos retomaron de España los elementos simbólicos que la conforman: una manifestación de fe, mortificación y penitencia por medio del silencio.

En 1968 se incorporó a la ceremonia un retiro de tres días para darles a los participantes un tiempo de reflexión y preparación espiritual. Francisco Avilés Tinajero, presidente de la Procesión del Silencio, cuenta que hoy en día el retiro es el punto donde los caminos personales, familiares y laborales se congregan con la religiosidad y la conversión, «lo que permite fortalecer la fe y devoción y acrecienta esta tradición tan arraigada en nuestra ciudad capital de Santiago de Querétaro».
Aquel 1968 fue un año crucial no solo por la incorporación del retiro, sino por la ampliación del recorrido, que llegó hasta Corregidora, Madero, Juárez, 16 de Septiembre y Zaragoza. Para entonces, la concurrencia fue significativamente mayor, pues alrededor de diez mil personas presenciaron el acto: «La gente acude a la procesión con un alto fervor religioso —cuenta López Aguirre—. A su paso se da un silencio asombroso que permite escuchar el murmullo de los participantes por el peso de la cruz de mezquite que llevan los miembros de las hermandades sobre sus hombros y el arrastre de las cadenas».

En los años setenta, se comenzaron a colocar adornos de papel de china color morado con motivos españoles (moños, mantillas, claveles) en los balcones de las casas y, unos años después, también algunos adornos con motivos mexicanos. Además, se incorporó a un pregonero, que anuncia el paso de la procesión y que declama poemas y coplas flamencas, emulando, en miniatura, las procesiones europeas.
A decir de Francisco Avilés, hoy en día continúa siendo un acto de fe con estricto sentido penitencial, «ya que se realiza con los pies descalzos, atada al pie izquierdo una cadena para los que cargan cruces de mezquite y libres quienes cargan las andas».
Actualmente, se divide en distintas hermandades, las cuales se diferencian por los colores de las túnicas y capirotes: blanco por el señor de la Columna, negro por el de Esquipulas, rojo por el de la Cañita, olivo por san Juan, lila por La Piedad, gris el señor del santo Entierro y, por la santa Cruz, túnica color blanco y capirote color rojo. Todos llevan fajados un cordón con tres nudos, que representa los votos de los frailes franciscanos: humildad, castidad y obediencia.

Celebraciones por los sesenta años
Esta sexagésima edición comenzó desde el pasado enero con una exposición perimetral colocada en la Alameda Hidalgo, en la cual, mediante imágenes, se documenta el simbolismo de esta tradición al tiempo que se cuenta la historia de seis décadas de arraigo religioso y cultural en la ciudad.
En el retiro participan, además, contingentes de procesiones de otras ciudades, como Guerrero, León, Celaya, San Miguel de Allende, Morelia y San Luis Potosí, así como una pequeña procesión inclusiva de hermanos que, por su edad o discapacidad, no pueden participar, pero que fueron iniciadores de la tradición.
La procesión sale del convento de La Cruz, sigue por Felipe Luna, 5 de Mayo, Pasteur, Reforma, Juárez, Ángela Peralta, Corregidora e Independencia hasta llegar de regreso al santuario de la santa Cruz. Quienes acudan podrán presenciar el acto de fe, devoción, luto y religiosidad más arraigado en la ciudad, cuyas coloniales calles del centro se transforman una vez más en el escenario de este singular acontecimiento.
