Los espacios velados
En TURISMO
Por: Raúl Mendoza Bustamante
Coincidimos por primera vez una tarde de septiembre, a las afueras de la tienda, hace casi veinticinco años. Nunca supe cómo se llamaba, pero todos le decían el Jarocho. Era un tipo flaco, de piel morena quemada por el sol, con una chamarra roja puesta encima, sin importar que afuera cayera el sol a plomo.
—¿Qué se siente poder ir a la playa todos los días? —le solté para romper el hielo, pero también con curiosidad genuina, pues en ese tiempo aún no conocía el mar.
—No, Pachi —me dijo—,cuando estaba allá en Veracruz casi no iba a la playa. Con ese característico acento de la s aspirada que tienen los habitantes de la costa, me explicó que el trabajo no lo dejaba y que al final de la jornada no le daban ganas ni de aventurarse al malecón.
En aquel entonces trabajábamos en Telepizza, la única sucursal de la cadena española en la ciudad, ubicada en contraesquina de La Fragua: yo como cocinero de medio tiempo y él como repartidor. Al poco tiempo renuncié y al Jarocho nunca lo volví a ver. Pero, en los años posteriores, de vez en cuando recordaba la plática y pensaba: «Si yo viviera en la costa, iría todos los días a la playa». Lo cierto es que eso que le pasaba al Jarocho nos ha pasado a la mayoría en más de una ocasión, vivamos o no en la costa.
En nuestro día a día, abrumados por la cotidianidad, dejamos poco tiempo para explorar aquellos lugares de interés turístico o histórico en nuestros lugares de residencia. Estas zonas, tan atractivas para los visitantes, pierden su brillo bajo el halo de la rutina y el paso constante que las vuelve invisibles. La rutina y la cotidianidad van poniendo una venda sobre nuestros ojos, volviendo invisibles los grandes atractivos de nuestra ciudad. ¿Podemos reapropiarnos de estos espacios?
La Alameda Hidalgo

—Para mí, la alameda era el sitio para ir a patinar, andar en bici, pasear… vivir un muy buen rato con mis primos —me platica Alejandra González, una mujer de casi cuarenta años que se desempeña como profesional de la salud.
Cuenta que durante su infancia acudir a este emblemático parque de la capital queretana era una práctica común.
—Mi mamá y mis tías nos llevaban, a mis primos y a mí, a patinar y a pasar la tarde del viernes o del sábado.
Sin embargo, como muchos otros queretanos, dejó de visitarla con el paso de los años.
—¿Por qué dejaste de ir? —le pregunto.
—No tengo una respuesta exacta. No hay una razón. Simplemente mi mamá nos dejó de llevar y ahora yo, como adulta, ya no estoy acostumbrada.
Con más de doscientos años de historia, la Alameda Hidalgo se extiende sobre una superficie de nueve hectáreas en el centro de la capital.
Desde su creación, en el siglo XVIII, este espacio ha sufrido distintas modificaciones. La más reciente: la peatonalización de sus alrededores y su integración al proyecto Distrito Alameda, que ha permitido enlazarla con el Centro Cultural Manuel Gómez Morín y otros espacios de interés en la zona. Le pedí a Alejandra que, después de todos estos años, regresara a la alameda para redescubrirla.

—Me di cuenta de que ahora tiene muy buen acceso. Dejamos la camioneta en el estacionamiento del Gómez Morín y caminamos por el paso peatonal de Constituyentes. Llevé a mi bebé en la carriola. Fueron de ayuda las rampitas.
—¿Qué te ha parecido? —le pregunto.
—Me gustó muchísimo. Me trajo varios recuerdos, mucha nostalgia; fue como descubrir un nuevo lugar. Me pareció más arbolado, más verde y con más sombra.
Sin embargo, considera que el lugar está dado por sentado y me cuenta que nadie en su círculo cercano acostumbra visitarlo.
—Creo que se le podría dar mucho más uso de lo que se le da ahora.
La experiencia ha sido tan grata que Alejandra está convencida de regresar y animar a otras personas a visitarla.
—Voy a hablar de esta nueva experiencia en la alameda a más gente. Voy a platicarles cómo está ahora para que vayan.
Las Fuentes Cadereyta de Montes

—Allí había un parque al que mis papás me llevaban de niño… —me cuenta Johan Martínez sobre Las Fuentes, uno de los lugares turísticos de su ciudad natal que ha dejado de visitar. —Había una resbaladilla gigante, y me acuerdo de que le tenía mucho miedo, pero aun así quería subirme.
Johan es un editor de 24 años que actualmente radica en la capital, pero que ha pasado gran parte de su vida en Cadereyta, de donde es originario. En Las Fuentes, recuerda, vivió momentos importantes de su infancia.
—La tierra al final de la resbaladilla hacía que te rasparas todo…, pero era un recuerdo muy bonito. Las Fuentes es un histórico sistema hidráulico alimentado por pequeños manantiales, pensado también para acopiar agua de lluvia y satisfacer las necesidades de la zona. Aquí se encuentra El Pilancón, una pileta construida como un pequeño acue ducto en 1888, tan representativa que forma parte del escudo del municipio.
—¿Por qué dejaste de ir? —pregunto.
—Crecí y ya no había algo que me conectara a ese lugar.
Esto, a pesar de que la zona está cargada de significado familiar: en un salón a un lado de Las Fuentes se casaron sus padres. Le pedí a Johan que regresara para redescubrir el lugar. La visita fue contrastante: considera que el sitio tiene potencial turístico, que incluso podría aprovecharse más.

Reconoce que puede ser una buena parada para visitantes, pues hay restaurantes, venden helados y es un punto de paso hacia el jardín botánico de Cadereyta.
—Sí volvería —dice—, porque tengo recuerdos arraigados ahí. Me gustaría ir con mi sobrino y tratar de que sienta lo que yo sentí.
Los Alcanfores

Diana Cardona no regresaba a Los Alcanfores desde hacía veinticinco años. Sus últimas visitas fueron de pequeña, acompañada de su familia.
—Recuerdo perfecto que crecí en este parque escuchando las canciones de Cri-Cri. Me encantaba visitar la estación de los Tres Cochinitos. Ahí aprendí a andar en bici y cada fin de semana estaba lleno de familias.
Los Alcanfores es un céntrico parque ubicado en la capital queretana, partido en dos secciones por el paso de las vías del tren.
Fue inaugurado en 1989 por el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, y rápidamente se convirtió en uno de los principales atractivos de la ciudad gracias a las representaciones con figuras de metal de las distintas canciones del cantautor mexicano Francisco Gabilondo Soler, «Cri-Cri». Diana es una periodista de 41 años originaria de Guanajuato, pero ha pasado la mayor parte de su vida en Querétaro.

Cuenta que dejó de visitar Los Alcanfores porque creció, sus intereses cambiaron y pensó que el parque ya no estaba abierto al público.
—Ahora que hice este ejercicio, me doy cuenta de que los dos parques, porque son dos secciones, siguen abiertos al público; la diferencia es que hoy ya no son tan visitados por los niños, o por lo menos el día que yo regresé no vi la multitud que veía como cuando era niña. Volver, reconoce, fue una gran experiencia.
—Me hizo recordar completa mente mi niñez. Fue nostalgia, pero también mucha felicidad. Despertó en mí las ganas de regresar, ahora con mi hija, y tratar de revivir lo que yo viví: una infancia de juegos, ejercicio y convivencia familiar.
Plazuela Damián Carmona

Yo también me he dado la oportunidad de regresar a mis recuerdos. La primera y única vez que vine a este lugar fue en mis tiempos de universidad. Caímos en este espacio por casualidad, pues en aquel entonces nos había dado por descubrir la urbe como mero pretexto para pasar tiempo juntos.
La plazuela, en esos años, lucía más desolada de lo que luce actualmente. Ahora las jardineras rebosan de plantas y parece que los servicios públicos municipales acuden con mayor frecuencia. Sin embargo, lo que no ha cambiado es la estatua de Damián Carmona, aquel heroico soldado que defendió hasta el último momento su puesto de vigilancia. Hoy, como entonces, leer la frase «¡Cabo de cuarto! Estoy desarmado, denme otro fusil», inscrita en la placa colocada a sus pies, me sigue enchinando la piel.

El lugar se encuentra a escasos metros del Mercado La Cruz y fue nombrado en honor al valiente soldado republicano que defendió ese puesto durante el sitio de Querétaro en 1867. La plazuela forma parte de mi vida cotidiana; puedo llegar a ella, en unos quince minutos, desde mi casa, y en unos ocho, desde mi trabajo; sin embargo, paradójicamente, nunca había tenido tiempo de volver.
O, mejor dicho, nunca me había dado el tiempo. Aquí hay una gran carga simbólica de nuestro estado, de nuestra nación y de aquello que nos vuelve mexicanos. Y, así como Alejandra, Johan y Diana, yo también quiero regresar aquí acompañado de mi hijo y compartir con él un espacio que ha formado parte de mi vida. Y así, tal vez, podamos dejar de ser, aunque sea por un instante, el Jarocho: aquel joven al que los problemas cotidianos y la rutina fueron alejándolo poco a poco de su tierra y de lo que le daba identidad.