Ewald Hekking
En PERFILES
Por: David Álvarez
Hay personas que llegan a un lugar y pasan. Y hay otras que se quedan a escuchar. Ewald Hekking pertenece al segundo grupo. Llegó a Querétaro en 1981, pero nació lejos de aquí, en 1947, en un pueblo que, dijo, se volvió parte de Róterdam. Europa todavía estaba rota. «Recuerdo que caminaba con mis papás y estaba destruida, como se ve ahora en las guerras», comenta. Luego llegaron las lenguas. Alemán, francés, inglés, latín, griego.
En su escuela, en la adolescencia, era la regla estudiar idiomas. Eligió el español cuando aún no era una elección común en Países Bajos. Luego acudió a la Universidad de Leiden, la más antigua del país, fundada en 1575, para implicarse por completo. Le interesaba la estructura lingüística, el cómo se escribe y suena y el cómo se sostiene en la vida diaria.

En ese aprendizaje conoció el náhuatl y el quechua, lo que derivó en una pregunta fundamental que lo haría viajar hacia América años después: ¿dónde es tabanesas lenguas ahora?, pues las había leído en libros de historia, sobre vastas civilizaciones que cayeron con la conquista española.
Por una beca llegó a México en 1973. Su profesión es la de lingüista. «En realidad, para ser más exacto, soy hispanista. En Holanda estudié la lengua española, con el acento sobre la parte lingüística —aclara—. Llegué, el primer año, a Ciudad de México, a hacer algo sobre la lengua española: el habla de los escritores jóvenes de esos años.»
En esa estancia aprendió náhuatl. Pasó por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y El Colegio de México, escribió su tesis, regresó a Países Bajos, dio clases, volvió, se fue y volvió otra vez. Al menos cuatro meses cada año. México comenzó a ser un lugar al que no se llega, sino al que se regresa.
Y fue en 1981 cuando se mudó a Querétaro. En la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ) le ofrecieron trabajo para impartir cursos. Llegó, se quedó y el hñäñho —conocido popularmente como otomí— apareció después. La primera vez que lo escuchó fue en una escuela, en Santiago Mexquititlán, en el municipio de Amealco. Era un discurso entre profesores en un evento cívico. No entendió nada, salvo el ritmo: «Yo estaba impresionado por la belleza de esa lengua. Me decía, “¿es chino?”, y ahora entiendo por qué, pues era una lengua muy melodiosa, y esto hizo que quisiera aprenderla».

Sin embargo, al volver a la ciudad, no había libros. O muy pocos. Buscó en bibliotecas, incluso en Ciudad de México, y básicamente nada. Entonces hizo lo que la academia a veces no hace: ir y preguntar a los hablantes. En esos vínculos conoció a Severiano Andrés de Jesús, de Santiago Mexquititlán, hablante materno de hñäñho, con quien trabajó y crearía el primer Diccionario español-otomí de Santiago Mexquititlán, en 1989.
—Y, ahí, Severiano se dio cuenta de que podía escribir su propia lengua. Casi nadie sabía hacerlo. Yo traté de enseñarle cómo escribirlo y nos convertimos en un equipo de muchos años. Después del diccionario vinieron más diccionarios; recopilamos cuentos y trabajamos con profesores bilingües.
A la par, Hekking cambió. Aprendió el hñäñho hasta poder hablarlo, leerlo, escribirlo. Dijo que alrededor de un noventa por ciento. Lo hizo en un estado donde esa lengua, aunque es la más hablada entre la población originaria, sigue siendo marginal. De acuerdo al Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en Querétaro 31 383 personas hablan alguna lengua indígena y, de ellas, poco más de veintidós mil lo hacen en hñäñho; el resto se reparte en tre náhuatl, mazahua, zapoteco y totonaca.
También aprendió sobre el silencio. Después de la Revolución mexicana, se prohibió en las escuelas hablar alguna lengua indígena en el país, en razón del nacionalismo vasconceliano, lo que derivó en regaños a niños, corrección y posterior vergüenza, volviéndose un hábito. «Es un ataque a tu identidad», indica. Por eso, cuando al principio le costaba que la gente hablara con él, cayó en cuenta de que no era miedo, rechazo al ser extranjero o desinterés, sino una cuestión de historia.

A diferencia de hace cuarenta años, «ahora hay un poquito más de interés». Sin embargo, aún persiste el desprecio y el gesto que reduce, que habla de «dialectos» en tono despectivo. Hekking ha trabajado también ahí, en reuniones, en discusiones, empujando un poco el lenguaje para que deje de lastimar. Sabe que no es suficiente, que falta, que los pequeños pasos avanzados no alcanzan.
Él sabe persistir. Sabe, por ejemplo, que en el español que se habla a diario quedan rastros que pasan desapercibidos. Xongo, me explica, viene del hñäñho, que significa «tonto», pero que se coló para ser usado como sinó nimo de «malvestido». Xingo también, que significa «mucho»; «un xingo». No son demasiadas palabras y es lógico, pero están. Como pequeñas huellas de una lengua que sigue viva, aunque a veces no se la suele escuchar.
Además que el hñäñho no es uno solo. En Querétaro se hablan, al menos, cuatro variantes (Cadereyta de Montes, Tolimán, Santiago Mexquititlán y el de Amealco, en general). Más allá de este territorio la lengua se ramifica en Hidalgo, Estado de México, un poco en Michoacán, Guanajuato, también en Puebla y Tlaxcala. «Hay aproximadamente nueve variantes», explica, como si enumerara caminos que se abren.

Ewald Hekking trabaja a la fecha como si afinara un instrumento antiguo, más lento, pero con mayor precisión. Una que no admite apuro. Publica menos que antes, pero no se detiene. Tiene 79 años. Lo suyo nunca fue la velocidad, sino la resistencia. Quedarse el tiempo suficiente en una palabra hasta entender por qué es que suena así y no de otra manera.
Se encuentra, ahora, en la escritura de una gramática contrastiva entre el español y el hñäñho, sin pensarlo como un libro especializado, sino más como una herramienta que cualquiera pueda abrir y entender. Comparar una lengua con otra, ponerlas de frente, mostrar que no dicen lo mismo de la misma forma. Suena obvio, pero hay que demostrarlo.
—Trato de hacer cosas. Más lento que antes. Pero estoy tratando de escribir y publicar más. Estuve ahora en la publicación de una gramática contrastiva entre el español y el otomí comparando cómo se dice en español; pero en el otomí es diferente, otro orden de palabras, y estoy haciéndolo. Debe ser una gramática explicada de manera sencilla y lógica para que toda la gente la entienda.
Su método es casi artesanal. Graba fragmentos del habla, los escucha de forma constante. Los corta, los separa, los vuelve a unir. Descompone las oraciones como si fueran piezas. Busca dónde está el significado, en qué sonido se sostiene, en cuál cambia. Es consciente de las pequeñas diferencias, algún matiz en una vocal o una variación apenas perceptible, de esas que alteran todo. A eso le llama fonemas, que persigue con los oídos.

El asunto se complejiza con las vocales. Escucha una a y sabe que hay maneras de decirla. Que una puede ir subrayada, otra con diéresis, otra con un trazo distinto, y cada una se interpreta distinto. Con la nariz, con el estómago, con la garganta. Escribir implica decidir qué diferencia es relevante, cuál cambia el significado, cuál puede dejarse pasar. Entre los sonidos se construye una forma de fijar la lengua en el papel sin traicionarla del todo.
Hekking sabe de lo que habla y lo hace sin recurrir a la épica. Como quien describe un trabajo que se hace día a día, como cual quier otro. Después de décadas continúa en el mismo punto de partida: escuchar. No busca entenderlo todo, aunque el esfuerzo exista, sino que no se pierda. Sin apoyo institucional, sin interés general por su aprendizaje, sabe que a esta lengua le quedan, acaso, tres generaciones más de hablantes. En esa insistencia mínima es donde una lengua alcanza a quedarse un poco más.
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