Santiago Boldó Suárez
En PERFILES
Por: José velasco
Imaginen el siguiente retrato. En primer plano vemos una cara de gesto franco y sin dobleces. Melena plumífera, frente multicolor, nariz poderosa de champiñón y ojos picassianos. Hay azules, verdes, amarillos y rojos intensos. Es la vista frontal de un rostro que nos mira desde un fondo de rayas y bolitas. La obra se titula Boldó en la cocina y está inspirada en el recuerdo de una mañana en la que visité a Santiago en Tequisquiapan.
Para quien no lo conozca, el retratado es un artista plástico de poco más de cuarenta años. Aunque nació en San Cristóbal de las Casas, él se considera queretano, o más bien tequisquiapense, pues es en esa ciudad en donde creció, en donde vive y en donde habitan sus recuerdos más entrañables. Antes le apodaban El Tripa (por flaco y panzón), pero ahora le dicen El Güero o El Boltron. Su signo zodiacal es Leo, su comida favorita son los tacos de cabeza, le gusta Rick y Morty, el Bacardí con Coca-Cola y está convencido de que solo la risa y el humor nos podrán salvar.

Por cierto, olvidé aclarar que esta conversación transcurre en la cocina. Bueno, en la «cocina» de Boldó, en donde, más que ollas, especias y sartenes, lo que asoma son pinceles, lápices y acrílicos. De las paredes, altas e iluminadas, cuelgan bocetos y encargos terminados: una orquesta oaxaqueña, un cazador africano, un elefante camaleónico, litografías de influjo cubista y una asamblea de gallos y zanates, entre otros. Veo ilustraciones, diseños y pinturas por todas partes; es más, incluso nuestros vasos de agua descansan sobre la figura de un loro inacabado. Tal parece que esto es lo que ocurre cuando te expones a la obra de Boldó: te devora. Acabas engullido por una selva de colores, rodeado de pájaros, ojos, estrellas, asteriscos y espirales.
Hijo de la artista gráfica Inés Suárez y del pintor Jordi Boldó, Santiago creció rodeado de imágenes, en un entorno creativo y desenvuelto, entre libros de Paul Klee y Pablo Picasso. Muy pronto aparecieron en su vida personas que habitaban universos de ficciones a color: primero fue su tía, la pintora Kiki Suárez, cuyo cromatismo festivo lo hechizó desde pequeño; más tarde, el pintor Jaime Goded, de quien su familia tenía algunas obras en casa y a quien visitó varias veces en su estudio de San Miguel de Allende durante una época en la que Goded tenía un museo de juguetes de madera. «Algo así como un Disneylandia, pero de arte para niños y adultos», cuenta Santiago.
A esta etapa infantil pertenece la siguiente anécdota. Boldó tiene ocho años y acaba de ganar el segundo lugar del concurso nacional de dibujo El Niño y La Mar. Su obra retrata a un niño jugando con un papalote en la playa. Junto a otros chamacos condecorados, entre po líticos y capitanes de la Secretaría de Marina, el niño Santiago sonríe ante el flash de los fotógrafos y re cibe una bicicleta de manos de la esposa del presidente. «Bastante chafita, por cierto. Pero bueno, yo estaba feliz».
Eso: la pintura como sinónimo de felicidad. Ahora hagamos fast-forward hasta la primera juventud: Boldó ingresa a la Escuela de Artes y Oficios, hace grabado, diseño con estilógrafos y serigrafías; estudia arquitectura y trabaja en un despacho en la ciudad de Querétaro. Conoce y convive con sus contemporáneos: Rafa Rodríguez; Julián Guzmán, «La Remolacha»; y Omar Benítez, «El Jamón», de quien —dice— aprendió a ser paciente y ordenado, pero sobre todo «a no darle tanta importancia a la idea de “el arte”, sino más bien a enamorarse del oficio».

En mi opinión, esto último es el superpoder de Boldó: su frescura, su visceralidad; la naturalidad con la que encara el ejercicio creativo, sin pretensiones ni intelectualismos, con un espíritu lúdico y desenfadado que impregna su obra de un sentido de cercanía que le permite conectar con públicos que van desde los cero hasta los ciento treinta años. Mientras platicamos, caigo en cuenta de que la pintura de Santiago se expande en una infinidad de superficies: playeras, etiquetas, murales, letreros, tablones de MDF, carátulas de reloj, portadas de disco, stickers, libros, papalotes, muebles, sellos postales, utensilios de cocina, pianos, macetas, platos de cerámica, pancartas, balones, etcétera.
—Pintas por todos lados —le comento.
Pero, antes de que él reaccione, su compañera, Ana, asoma por el vano de la puerta:
—Hasta en las piedras —añade con ironía—. Que te cuente…
—Eso fue hace años con mis amigos de Tequis —dice Boldó, como si rebuscara alguna imagen en los recovecos de su memoria —.

Nos la pasábamos fumando en los baldíos. Creo que yo había visto un libro de Agustín Ibarrola y me pa reció divertido y muy buena idea ponerme a pintar de amarillo to das las piedras de un terreno bal dío. En el atardecer parecía una constelación de estrellas.
—Como una intervención de land art.
—Pero sin querer. Lo más padre es que luego vimos que la gente iba ahí a pasar el rato y a tomar se fotos con las piedras.
He aquí un ejemplo de cómo la mirada de Boldó transforma lo que parece anodino y ordinario. Un paisaje gris se llena de colores y, en el proceso, la realidad se aligera; el mundo recupera su inocencia y se puebla de contorsionistas, chamanes, cacomixtles, amazonas, videntes, emperadores, pulpos aritméticos, gallos, tantarrias, tigres letrados y otros cientos de fulanos y zutanos. Este poder de reencantamien to permite situar la obra de Bol dó dentro de una constelación de creadores que han sabido abrirse a la vulnerabilidad del asombro y expresar sin tapujos el gozo de ver y pintar el mundo como si fuera la primera vez. Pienso en artistas como María Prymachenko, Keith Haring o los pintores de la escuela de Solentiname.

Más allá de todas sus exposiciones —que suman más de una treintena desde el 2004—, de los reconocimientos y del cariño que despierta su obra y su persona, uno de los as pectos más notables de la práctica creati va de Santiago es su versatilidad colabo rativa y su partici pación en proyectos de concientización medioambiental.
En lo que toca a sus colaboraciones, está su alianza con músicos como Gabriela Bernal, Seu o el conjunto Kiss my Jazz; sus diseños de portada para los libros de Nicole Klerian, Xavier de la Vega y Miguel Ángel Carrillo; las ilustraciones del libro Respuestas a una flor rebelde, de Cristina Krüger, y una decena de murales en Tequisquiapan (individuales y colectivos) y otros tantos en la ciudad de Querétaro y la Sierra Gorda. Entre sus proyectos con enfoque ecológico menciono tres: ¡No lo quite, es un mezquite!, integrado por una serie de ilustraciones con las que —en mancuerna con el jardín botánico El Charco del Ingenio— se busca fomentar la protección del árbol de mezquite; Menos pasto, más cactus, que busca reva lorar la flora del semidesierto; y «Siento Volando», un laboratorio de creación permanente orientado a la divulgación y concientización sobre el valor de la avifauna de la Sierra Gorda.

Pero tal vez sean las infancias las aliadas naturales de Boldó; da la impresión de que es entre la chamacada en donde Santiago ha encontrado interlocutores verdaderamente sensibles y receptivos. No es casual que durante la pandemia aprovechara para crear una colección de álbumes ilustrados dirigida a infantes de dos a cinco años: una tetralogía (La biblioteca, El cielo y las estrellas, El huerto en casa y Comida divertida), cuyo contenido —si se mira con atención— puede cortocircuitar el cableado adulto.
—Y a todo esto, ¿cómo trabajas?
—Normalmente escucho las noticias. Otras, pongo música de Bill Callahan o Andrew Bird, pero cuando estoy muy retrasado con algún encargo pongo corridos tumbados, que tienen su carga mo tivacional.
—Te mantienes práctico.
—Pues trato de no darme tan tos latigazos en la espalda. A mí lo que me gusta es pintar —acla ra Boldó—. Tengo una explicación que no es muy filosófica: si me tra bo o si hay algo que me molesta, pues trato de quitar lo pinche y po ner cosas bonitas.

Su respuesta me recuerda a unas palabras del escritor John Berger sobre Raoul Dufy, un artista francés hoy más o menos olvidado. Dice Berger que mirar un buen cuadro de Dufy (pongamos aquí Boldó) es como si te vendaran los ojos, te llevaran a un lugar expuesto al sol y, de repente, te quitasen la venda: el deslumbramiento de los colores y la sorpresa por lo que miras confunden cualquier lógica, lo cual —argumenta Berger— quizá sea también una forma de describir la esencia de la alegría.
Yo no estoy seguro de que exista una esencia de la alegría, pero, si la hay, tal vez se parezca a un museo de juguetes de madera, a una tarde pintando murales entre amigos o a un baldío repleto de piedras amarillas. No lo sé, quizá aún me encuentro bajo los efectos de la obra de Boldó: el cuerpo se llena de taches y bolitas, la cara se pinta de colores, te salen plumas en la cabeza y —sobre todo— se te confunde el juicio. Síntomas que, en estos tiempos extraños, no me parecen nada graves. Es más, incluso los recomiendo.