Francisco «Kiko» Ramírez

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Por: Sergio Ibarraran

 

 

Más de uno, que nunca había acampado, solía preguntarme: habiendo hoteles, cabañas —y ahora, recientemente, glamping—, ¿por qué acampar? Aparte de los preparativos y el tener que cargar con más implementos que para llegar a un hotel, dormir incómodo toda la noche (cuando duermes), casi al aire libre, a nivel de piso, sin un lugar para poner el equipaje, con los zapatos sucios, sin tener dónde cambiarte, despertándote a cada rato con cualquier ruido para al final despertar en cuanto sale el sol, sin haber descansado, para iniciar tu día, ¡ya cansado! ¿Por qué acampar?

 

 

 

 

Platicando con Francisco Ramírez González, mejor conocido como Kiko, anfitrión del Campamento Rivera del Río y Bucareli Extremo, en Pinal de Amoles, en la Sierra Gorda de Querétaro, entendí que los campistas suelen acampar con el fin de salirse de la rutina, para sentirse diferentes a su entorno habitual: hay desde aquellos que acampan con el equipo más básico y ligero (tienda de campaña, bolsa de dormir, una mochila sencilla para cargarlo todo y un mucho ánimo) hasta aquellos que, para hacer la experiencia lo más placentera posible, viajan con bastante equipo: varias tiendas, colchón inflable o acojinamiento para dormir, asador o estufa portátil, hieleras, sillas y mesas plegables, ventiladores… Y hay también los que prefieren descansar en una cabaña en forma, con cocineta, baño y regadera con agua caliente, ventilador de techo (para lugares con clima caluroso) o chimenea (en el caso de los lugares de clima más frío) y demás lujos.

 

 

—Hay mucha gente que dice «en mi casa lo tengo todo, una buena cama, conozco los mejores hoteles» y quiere probar el campismo, sentirse diferente al entorno que tiene. Quieren la experiencia.

 

 

 

 

Fue considerando todo esto que, a partir de 2010, empezaron el Campamento Rivera del Río como un proyecto familiar en un terreno en el cruce del río Extoraz y el arroyo El Plátano, en la localidad de Bucareli, un sitio privilegiado de la sierra queretana. «Empezamos a pensar y a limpiar terreno; un par de años después aproximadamente ya teníamos servicio», cuenta.

 

 

Ubicado cerca del antiguo convento franciscano de Bucareli, que data de 1890, y que nunca terminó de construirse por la posterior persecución de los cristeros, en 2012 iniciaron actividades con dos cabañas y baños para la zona de campamento, ofreciendo comidas con los mismos vecinos de la comunidad. El proyecto ha crecido desde entonces.

 

 

En la actualidad, el sitio cuenta con cinco cabañas para hospedar un total de veintiséis huéspedes, más una zona de acampado para veinticinco campistas, un área de fogatas, asadores, regaderas, una palapa y recepción, alberca, comedor para hasta sesenta personas, servicio de senderismo (con rutas de 30 a 50 kilómetros, para uno o varios días) y un huerto de mangos criollo, ataúlfo y bola donde se puede hacer un recorrido guiado.

 

 

 

 

—En el camino llega uno a estar a dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar; en el lugar donde nos encontramos, estamos a mil metros. En el transcurso del camino, se encuentran diferentes ecosistemas, desde el frío, el medio, el templado y el tropical, la zona de calor. Pinal de Amoles es uno de los municipios que más diversidad tienen de climas, comunidades con climas muy fríos y otras muy calientes.

 

 

Asimismo, administran Bucareli Extremo, un circuito de ocho líneas de tirolesas y dos puentes colgantes que suman 8.2 kilómetros, construido por la Secretaría de Turismo del Gobierno del Estado y que ofrece una seguridad total: cada actividad cuenta con equipo de alta calidad y guías expertos.

 

 

 

 

—Si no te la quieres pasar muy ocupado, pero tampoco echando tanto la flojera, dos días está perfecto: si llegas temprano, puedes hacer la tirolesa y descansar, visitar el ex convento y al otro día ir a caminar al río. Y, si tienes más días, puedes hacer una ruta de senderismo.

 

De los huéspedes, hay de todo: desde familias enteras que van a pasar el fin de semana o grupos de jóvenes atraídos principalmente por la adrenalina de la tirolesa hasta jubilados que van a descansar.

 

 

Ubicado a tres horas y media por carretera de la capital del estado, recibe también la visita de grupos escolares (tanto de Querétaro como de estados vecinos, como Guanajuato, Ciudad de México y San Luis Potosí, e inclusive una escuela en Francia) y de empresas del ramo automotriz o vinícola. La mayor parte de estos visitantes hacen viajes de dos días y el resto de tres, aunque también hay los que van un solo día: llegan temprano, aprovechan las instalaciones y el mismo día salen de regreso.

 

 

 

 

Durante este tiempo, no solo ellos han ampliado sus servicios; también ha crecido la oferta de otros servicios de hospedaje y alimentos en los alrededores, lo cual también es un beneficio para ellos, pues pueden ofrecer sus servicios a una mayor cantidad de personas de las que pueden alojar. Un proyecto que inició por la necesidad de autoempleo ahora da empleo a una buena parte de la población local, ofreciendo un servicio de hospedaje profesional, seguro y personalizado.

 

 

La región es segura («aquí en todo Bucareli somos cuatrocientos habitantes»); todos se conocen y muchos trabajan en actividades relacionadas con el turismo. Por la ubicación geográfica —a mil metros sobre el nivel del mar, en el paso del semidesierto a la Sierra Gorda—, el clima es cálido pero seco, con una gran variedad de flora y fauna endémica: cactus, mezquites y demás plantas con espinas, así como serpientes de cascabel, coyotes, gatos monteses, tejones, búhos, halcones y águilas. Es una zona con muchos manantiales, por lo que, a pesar de recorrer un camino árido de más de quince kilómetros de terracería para llegar, el campamento en sí es verde, con pasto y con mucha agua.

 

 

Creo que quienes acampamos lo hacemos para salirnos de la rutina, pero también para sentir, al menos por unos días, que no tenemos todo planeado ni bajo control, dejando al gunas situaciones al azar; que podemos improvisar para ir resolviendo el día a día de la mejor manera posible y, finalmente, volver a disfrutar de las cosas sencillas que muchas veces pasamos por alto.

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