Javier Jiménez Belmonte «De Querétaro disfruto la medianía. Ciertos colores, cierta luz»

En PERFILES

Por Imanol Martínez

 

Tras más de un año de vivir en Querétaro, el escritor español —afincado en Nueva York— Javier Jiménez Belmonte escribió el libro Un texto en camino (que es la coda o el reverso de otro de sus libros, Desentierro), en donde aparece Querétaro todo el rato como una suerte de decorado de sus reflexiones, y en el que aborda la originalidad en la literatura, luego de creer que había plagiado involuntariamente el cuento de un escritor brasileño que desconocía.

 

Desde las primeras páginas aparecen los campanarios, el traqueteo de los carritos de limpieza, las calles empedradas de la colonia Carretas y las del Centro Histórico, con sus antiguos nombres, las bugambilias, jacarandas, pirules, huizaches, tepehuajes y mezquites. Un texto en camino es un libro que se caracteriza, entre otras cosas, porque sucede en el Querétaro contemporáneo.

 

—Yo creo que la razón por la que salió este libro no era para tratar de entender la ansiedad y el plagio, sino también para asegurarme de que si alguien lo leía entendiera que era imposible que hubiera copiado un texto que no había leído —dice refiriéndose al cuento «Una niña en camino», de Raduan Nassar—. Que Desentierro tenía una trayectoria que terminaba aquí.

 

Lo cuenta, en la primavera del 2023, de visita en la ciudad.

 

—Que había un espacio concreto, y que en él estaban pasando cosas, esa apertura por fin a la escritura personal, a la literatura. Querétaro, más allá de los libros y la originalidad, como algo que se va colando en lo circunstancial: la ciudad, la estancia, el tránsito de los días. Acabó hablando de escribir algo que tenía tiempo queriendo escribir, no una idea específica, sino más bien un estado mental o emocional que quería poner en una página. —Querétaro tenía que estar ahí y ni siquiera me lo planteé, estuvo antes de que lo hiciera.

***

 

Jiménez Belmonte es escritor, profesor y académico especializado en estudios culturales de la Edad Media y del Siglo de Oro; da clases en la Universidad de Fordham desde 2002, donde dicta cursos sobre el Quijote, la literatura fantástica, pintura y literatura colonial, entre otros. A inicios de 2020, en su sabático, decidió instalarse en Querétaro sin saber que se avecinaba una pandemia. Acostumbrado a escribir al ritmo del publish or perish académico, ese sabático también fue un periodo para la escritura literaria, y de eso da cuenta Un texto en camino. En él relata que algunas tardes solía caminar en un recorrido que lo llevaba del andador Altamirano hacia Plaza Fundadores, luego por el mirador, el Acueducto, la colonia Carretas, donde daba vueltas por el parque, y de regreso a casa.

 

—Esto me sirvió para pensar, porque antes de este libro andaba escribiendo algo más, y este era el lugar perfecto para enredar y desenredar ideas. Me ponía un poco de música y ya, a dar vueltas.

 

De visita en Querétaro, meses después de la publicación de Un texto en camino, el cual llegó a librerías a finales del 2022, Jiménez Belmonte camina a mediodía recreando el recorrido que solía realizar tras pasar la mañana escribiendo, y luego de dedicar un par de horas a hacer collage después de comer. Javier, un tipo alto, con el cabello a rapa, comienza la caminata en Carretas, un sitio que le transmitía ciertos recuerdos por los árboles: cuenta que en su pueblo del sur de España —Aguilar de la Frontera, en la comunidad autónoma de Andalucía—, rodeado de olivares y viñedos, había un árbol al lado de casa de su madre en el que jugó toda su vida, un huizache que siempre creyó que era mediterráneo hasta que llegó a aquí y lo vio en el parque (igual que el tepehuaje, otro árbol que creyó que era andaluz y resultó ser americano).

 

—Lo que me gustaba de este parque era, primero, lo obvio: que estuviera al aire libre, lleno de pájaros y árboles. Pero lo que más me gustaba era la familiaridad, y eso es una cosa muy rara. Estas conexiones me hacían sentir muy a gusto. Además, es un parque poco pretencioso. Nueva York tiene parques con atractivos rodeados de mitología, pero a mí me gusta mucho este parque, que es muy de barrio, de todas estas casas que me encantaba ver.

 

Además, dice, estaban en pandemia «y la gente estaba muy en el parque». —Cuando empezó la temporada de lluvia era alucinante ver la tarde que se pone justo por aquí —dice señalando al cielo a través de la copa de los árboles de la avenida Vizcaínas—, los cielos con esos naranjas y rosas que yo solo he visto en Querétaro.

 

***

 

Sus caminatas durante su residencia en Querétaro, a lo largo de 2020 y 2021, solían ser sistemáticas, recorriendo casi siempre las mismas dos rutas: la que aparece en el libro y otra que lo llevaba por avenida Universidad, luego por Ezequiel Montes hasta Santa Rosa de Viterbo y de vuelta subiendo el centro callejeando. Javier es un caminante «de ruta fija», no benjaminiano —que se pierde en la ciudad conociéndola—, sino a lo Kant, protagonista de la conocida anécdota que Javier cuenta para explicarlo: el filósofo prusiano hacía cada día el mismo recorrido por Königsberg de manera tan precisa que los vecinos podían ajustar sus relojes con solo verlo pasar frente a su casa.

 

Al igual que los parques, le parecía que las caminatas en Querétaro carecían de pretensión y pose. También, al igual que los parques, había en las calles una sensación de familiaridad, de código e imágenes con las que se podía comunicar bien.

 

—El ritmo de la caminata en Nueva York es distinto, por muy lento que quieras ir, la gente te obliga a ir rápido, todo es más torbellino. Mi pueblo es tan pequeño que tengo que salir a caminar al campo por los olivares, y aquí me permitía ir al mismo ritmo, pero con vistas urbanas, una mezcla muy atractiva. Además, ves a la gente haciendo cosas que ocurren en el pueblo: personas lavando autos, coches aparcados con gente dentro, novios que estaban pelando la pava; ese tipo de actividades que es más difícil encontrar en una gran ciudad y que me regresaban otra vez a la conexión con mi pueblo en España. Es una cosa que desde la primera vez que vine a México, hace quince años a Querétaro, sentí al momento. La medianía. Ciertos colores, cierta luz. No te lo sabría explicar.

 

 

***

Conversar con alguien caminando permite que las cosas fluyan, los diálogos se disloquen, y también se elimine la pose —más fácil de conservar sentado frente a un café, por ejemplo. Al caminar, Javier recuerda lo que lo llevó a elegir Querétaro como el destino para su sabático. Deja atrás la avenida Monasterio, rumbo a los Arcos, y cuenta que, a diferencias de sus estancias cortas previas, durante los meses que pasó acá pudo ver la caída de las jacarandas. —Era impresionante, todo era violeta y el fondo admirable. Me encantaban todos esos cambios que pude ir viendo cada día en la ciudad.

 

Después de estudiar la carrera en Filología Hispánica tras un año de Erasmus en Nápoles, y no estando listo para regresar a casa —«creo que nunca he estado listo para volver a España»—, pidió una beca para hacer un máster en la Universidad de Eugene, en Oregón, algo que nunca estuvo en «su mapa». Consumía literatura y música norteamericana, como Scott Fitzgerald o Bob Dylan, pero nunca le atrajo visitar ni vivir en Estados Unidos. Allí conoció a una estudiante mexicana que se hizo su amiga y a quien, tiempo después, vino a visitar a Querétaro para conocer a su esposo e hijo. En aquel viaje paseó por las Misiones de la Sierra Gorda junto a ella.

 

—Estaba alucinando, me parecía todo increíble, tan lejano y al mismo tiempo tan familiar, un impacto muy fuerte.

 

Años después, cuando pidió el semestre sabático, decidió pasar esos meses en una ciudad que les parecía tranquila, pero con mucha vida cultural y amigos. Alquiló una casa en el andador Altamirano, donde, al poco de llegar, descubrió que el centro de Querétaro los fines de semana «es como una gran fiesta» con sonidos de celebraciones y canciones. Después, en la pandemia, llegó el silencio.

 

Durante ese mes, antes del confinamiento y las caminatas, solía disfrutar de la vida cultural en Querétaro, acudiendo a exposiciones o a funciones de cine en la Cineteca —«un sitio precioso»—, donde recuerda haber visto de nuevo, por ejemplo, La Dolce Vita.

 

—No es que necesite un mundo cultural de museos y exposiciones cada semana. Aquí todo era como más posible; en Nueva York hay tantas cosas que acabas por hacer nada. Aquí ibas a ver una exposición o película y la disfrutabas —cuenta cruzando la calle Manuel Acuña.

 

La caminata concluye en una panadería a una cuadra de donde vivía. En ella charla sobre las diferencias entre la escritura académica y la literaria. La dueña lo saluda y le pregunta qué ha sido de su vida; se saludan con el gusto de quienes genuinamente se alegran por volver a verse, aunque sea brevemente. Luego del café, la entrevista errante termina camino a la paletería la Colonial, otro sitio con una anécdota peculiar en la confección del libro.

 

De aquel tiempo escribe en Un texto en camino que, fuera de la rutina, cualquier incidente se transformaba en anécdota, «en un recordatorio, muy grato, de que vivíamos en una especie de estado fronterizo con lo vacacional». No cuesta trabajo imaginar su vida en Querétaro durante esos meses, en unas cuantas cuadras de la ciudad, andando y desandando ideas mientras caminaba; su condición innegociable de venir a Querétaro era, a fin de cuentas, vivir en el centro y poder pasear. En su libro, se percata de que algunas calles conservan la señalética de sus antiguos nombres —«Alguien tuvo el buen gusto de dejar, al lado de los nuevos nombres, los antiguos, que son increíbles, tan imaginativos»—, y de alguna manera eso se parece a la escritura. Las calles, como la literatura, se sobreescriben: alguien camina sobre los pasos de otro, escribe el relato que alguien más imaginó (y acaso escribió).

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