De la Cañada al barrio de La Cruz

En CULTURA

Por Antonio Tamez

 

 

I. La Cañada

 

—Ustedes no son de por aquí, ¿verdad? —nos pregunta una señora de cabello gris que sale de su casa secándose las manos en un delantal amarillo.

 

Lucas y yo discutimos sobre la antigüedad de un pequeño templo color terracota, popularmente conocido como iglesia Chiquita. Frente al templo hay un parquecito con una fuente en el centro. —Ese fue el primer templo cristiano de Querétaro —nos dice la señora—; año de 1529. Lucas, quien es arquitecto, me había señalado ya la cruz atrial, un artefacto evangelizador que por lo general se asocia a los edificios españoles más antiguos. La fachada es modesta y sin decoración, te hace pensar en las austeras misiones del norte, construcciones que fueron planificadas como provisionales, propias de una etapa temprana en la colonización de las distintas regiones de la Nueva España.

 

—¡Uy, no! —exclama la señora—, este es un lugar con mucha historia. ¿No ve que de aquí brotaba el río Querétaro? Había muchos ojos de agua, incluso bardearon uno para hacer la Alberca de El Capulín, que abastecía a los Arcos.

 

La señora hizo una pausa y frunció los labios. Continuó con una mueca de decepción:

 

—Aquí era un vergel hasta que se fue el chan, que era el dios del agua según decían, un pez muy grande de colores muy bonitos que se podía mirar en uno de los ojos de agua; quién sabe quién lo llegaría a ver. Lucas y yo nos miramos el uno al otro con una mezcla de perplejidad y emoción.

 

—Si supiera —continúa la señora—, en tiempos de la Revolución a las muchachas las escondían en las cuevas de estos cerros, porque los villistas se las robaban; aquí se la pasaba don Venustiano Carranza, nomás le gustaba venir a tomar la copa y a que lo invitaran a comer.

 

Lucas y yo nos despedimos de la señora y optamos por seguir el curso del río en cuyas orillas había florecido «la civilización queretana». Nuestro recorrido inicia en el mismo lugar en donde inició la ciudad: el barrio de La Cañada, municipio del Marqués, a unos quince minutos en auto desde el Centro Histórico. A ratos caminábamos a un lado de su cauce y a ratos buscábamos la sombra de la avenida principal. Nuestra meta era llegar caminando al centro, deteniéndonos en algunos puntos clave para leer los orígenes de Querétaro.

 

Lo que la señora de La Cañada nos había contado era, hasta cierto punto, históricamente preciso —dentro de la precisión de una ciencia no experimental como la historia, claro. La vida urbana en el valle de Querétaro es incluso previa al asentamiento de La Cañada y data de hace al menos mil años. La pirámide de El Pueblito es el gigantesco y casi único testigo de las aldeas que se desarrollaron durante el Posclásico Temprano y Medio (900-1350), y cuyas ruinas yacen hoy bajo la mancha urbana. La mayoría de estas poblaciones fueron abandonadas unos ciento cincuenta años antes del contacto con Europa, cuando se vieron en medio de los intereses territoriales de los imperios mexica y purépecha.

 

Algunos investigadores, como Lourdes Somohano, creen que el poblamiento de La Cañada obedeció al abandono del valle de Querétaro, y al igual que pasaría quinientos años más tarde durante la Revolución, las cuevas en los cerros fueron ocupadas por personas que se protegían de la guerra. Los mexicas dieron a este lugar el nombre de Tlashko, que quiere decir «gran cancha del juego de pelota», en relación a los acantilados que lo resguardan que evocan las paredes del juego de pelota prehispánico. Los purépechas le llamaron Nda Maxei, que significa lo mismo. En otomí fue conocido como Kré-tharo, que quiere decir «lugar de grandes peñas» —también debido a las formaciones rocosas en las laderas de La Cañada—, de donde más adelante derivó el nombre actual de la ciudad. En 1521 la gran Tenochtitlan cayó en manos de los invasores europeos.

 

Testigo de los acontecimientos fue Conín, un acaudalado comerciante otomí originario de Xilotepec, cuya estatua de cantera negra vigila hoy la autopista México-Querétaro. Sobrecogido por los eventos, Conín, junto con algunas familias de Xilotepec, decide refugiarse en las fronteras del caído imperio, en La Cañada, cuyas cuevas —estaba comprobado— eran un buen refugio en tiempos de guerra. En 1529 arribaron los ejércitos de Nicolás de San Luis Montáñez, pariente del propio Conín y antiguo príncipe de Xilotepec, quien vestía a la usanza española, montaba una yegua blanca llamada la Valona y, por haberse aliado a los españoles, había recibido el encargo de pacificar a la región. Junto a San Luis Montáñezvenían algunas autoridades civiles y religiosas que bautizaron a la población y construyeron la iglesia Chiquita. Conín, uno de los primeros en abrazar la nueva fe, y especialmente en jurar lealtad a Carlos V, recibió el nombre español de Fernando de Tapia y ciertas distinciones, como portar espada y montar a caballo.

 

 

 

II. Hércules

 

Los tabachines y las jacarandas estaban en flor y la primavera se hacía sentir a través del calor, que gobernaba la ciudad. Lucas y yo pasamos frente al Monumento al Pan de Azúcar, una extraña escultura que delimita la frontera entre el barrio de La Cañada y lo que en Querétaro se conoce como la «Hermana República de Hércules». Llegados a este punto, optamos por dejar la avenida principal y seguir a través del callejón de Santiago, que corre a un lado del acueducto construido en el siglo XIX para abastecer de agua a la fábrica textil que dio origen a la existencia del barrio. El callejón de Santiago pasa por el Club Deportivo Libertad, que, a decir de los locales, fue el lugar en donde surgió el primer equipo de fútbol de la ciudad —otro espacio fundacional. Si bien el poblamiento de esta zona no tuvo lugar sino hasta después de 1839 —en plena Revolución Industrial—, ha formado, junto con La Cañada, un conjunto inseparable para explicar el desarrollo de la ciudad: por un lado La Cañada, un asentamiento de ascendencia prehispánica y campesina; y por otro lado Hércules, un barrio obrero surgido en los orígenes de la modernidad. Antes de esto, aquí solo habían algunos cuantos molinos, que aprovechaban la fuerza del río.

 

Saliendo del callejón de Santiago, Lucas y yo vemos emerger el viejo tanque de agua de la fábrica textil, hoy transformada en una cervecería. Sin duda, una excelente opción para rehidratarse. Lucas me anima a seguir, para no demorar nuestro paso: aún faltan varios kilómetros y muchos vestigios aguardando entre las estratificaciones del paisaje.

 

Una antigua fábrica de textiles: hoy jardín de cerveza (y teatro)

En la lata de la cerveza República de la Compañía Cervecera Hércules, estilo czech pilsner, aparece el busto del hijo de Júpiter. Esto se debe a la estatua del héroe de la mitología romana hecha de mármol de Carrara, Italia, que se halla a las puertas de la fábrica Textiles Hércules, la cual alberga hoy en día un jardín cervecero. La elección de dicho personaje se debe a que en el escudo de armas de Diego de Tapia (propietario de las tierras donde se ubicaría, siglos después, esta fábrica) aparecían las columnas de Hércules —y es, curiosamente, el mismo escudo que hoy conserva San Luis de la Paz, Guanajuato.

 

Hasta septiembre de 2019, el recinto estuvo en operaciones, fabricando mezclilla, hilo, manta y licra; al cerrar sus puertas, terminó con 173 años de producción, desde que las abriera el 15 de agosto de 1846, fundada por el español Cayetano Rubio (la segunda en su tipo en el país).

 

Desde hace una década, buena parte de la antigua fábrica es ocupada por un biergarten de la Compañía Cervecera Hércules, en el cual los visitantes pueden pasar la tarde probando diversos estilos de cerveza y comida, mirar alguna película las noches de los martes —con una programación que oscila entre clásicos y títulos más recientes— o disfrutar de un brunch dominical acompañado de huapango.

 

A un lado de la fábrica se encuentra el Teatro Martín Torres, conocido como Teatro Hércules, que fue el primero del siglo XX que se construyó en Querétaro. Su edificación obedeció a la necesidad de un espacio para las juntas sindicales y eventos sociales de los trabajadores de la fábrica antes que para tener un recinto para las artes escénicas. A pesar de ello, bajo un techo con un patrón de figuras geométricas, el inmueble cuenta con palcos, camerinos, paso de gato y fosa orquestal, lo cual lo hace un sitio singular —hoy cerrado a público— y un atractivo oculto para quienes visiten la zona.

 

III. La Cruz

 

Dejamos Hércules y bajamos por la avenida de los Arcos. Es la ruta más corta para llegar al barrio de La Cruz. La promenade es larga y supone unos veinte minutos de marcha lineal junto al inmenso acueducto del siglo XVIII. La construcción atraviesa otro de los barrios históricos de Querétaro: la antigua hacienda de Carretas, así nombrada por las diligencias que se trasladaban por el Camino Real de Tierra Adentro y paraban aquí. Más tarde este fue el lugar en donde Mariano Escobedo estacionó a su ejército durante el Sitio de Querétaro. Hoy en día se construye una unidad de departamentos de lujo.

 

Subimos por el Panteón de los Queretanos Ilustres y pasamos a un lado del mirador de los Arcos, en donde nos encontramos con un paisaje que, durante el último medio siglo, ha sido radicalmente transformado por la urbanización. A un lado de nosotros atraviesa la barda que las tropas de Escobedo bombardearon la madrugada del 15 de mayo de 1867 para sorprender al emperador Maximiliano en la cama, pues aquí estaba su cuartel general. La marca del cañonazo es visible y está señalada por una placa.

 

—¡Ah, sí! —dice Lucas cuando finalmente aparecen las cúpulas doradas del templo de la Cruz: La entrada grande.

 

Antes de ingresar a la plaza de la Cruz, nos detenemos frente a las puertas de la antigua ciudad, hoy en día el caótico encuentro entre las calles Ejército Republicano, Inde pendencia y Felipe Luna. A nuestra izquierda, el campanario del templo de la Cruz; y a nuestra derecha, una capillita blanca llamada El Calvarito —que suele pasar desapercibida.

 

Dice el historiador José Félix Zavala: «Todos creemos, aunque no sea cierto, que allí, bajo una enramada, se dijo la primera misa en esta ciudad una mañana del 26 de julio de 1531». Después de la iglesia Chiquita, quizá aquí haya estado el segundo templo cristiano de la ciudad. En un panegírico de 1722 titulado Cruz de piedra, Imán de la Devoción, Francisco Xavier de Santa Gertrudis, monje residente del convento de San Francisco, habla acerca de una cruz de piedra que servía como mojonera de las nuevas fronteras: el reino de la Nueva España, heredero del imperio mexica, al sur; y el de la Nueva Galicia, heredero del purépecha, al norte. Se cuenta que la cruz de piedra comenzó a ser venerada por los transeúntes, pues aquí estaba la entrada a la nueva población. Pronto corrieron rumores de que la cruz era milagrosa y se le mandó hacer una enramada. Probablemente sea la misma cruz de cantera sobre el altar del templo principal.

 

Es el propio Xavier de Santa Gertrudis quien hace la mención más antigua de la supuesta batalla entre las tribus chichimecas y los conquistadores y sus aliados indígenas, en la cual apareció la imagen del apóstol Santiago en el cielo y, detrás de él, una cruz luminosa.

 

Del 13 al 15 de septiembre, las calles del barrio de La Cruz se inundan de danzantes autóctonos, llamados concheros, quienes durante tres días bailan en honor a la Cruz de los Milagros, sím bolo de devoción que los vincula con los primeros pobladores de la ciudad. Atravesamos la plaza de La Cruz haciendo una pequeña escala en el templo para mirar de lejos al que probablemente sea el objeto más antiguo de la ciudad: la cruz de cantera sobre el altar.

 

Seguimos hacia Plaza Fundadores y ahí pasamos revista a las estatuas del licenciado Sánchez de Alanís, el misionero danés Jacobus Grottorpius —mejor conocido en el imperio español como fray Jacobo Daciano — y los de Xilotepec: Nicolás de San Luis Montáñez y Fernando de Tapia, vestidos de españoles, con bombachas y cuello de olanes.

 

De acuerdo al investigador Francisco Granados, nunca hubo una fundación de la ciudad, este espacio era un mercado al aire libre usado por los diferentes grupos étnicos de la región desde antes de la llegada de los europeos. Fue aquí en donde estuvo el Mercado de La Cruz, desde los tiempos más remotos hasta su reubicación, en 1979, a su actual emplazamiento. Por su parte, el historiador David Wright niega que haya habido algún acto fundacional previo a 1540.

 

Lucas y yo optamos por suspender nuestro recorrido y buscar un lugar en donde tomar, ahora sí, unas cervezas bien heladas. Los restaurantes al aire libre de la Plaza Fundadores parecen buena opción, pero decidimos caminar a la avenida 5 de Mayo y meternos a La Vida Es Así, también conocida como la Cantina de Don Amado —en honor a su primer propietario—, frecuentada por artistas y parroquianos desde 1941.

 

Después de un par de rondas de cheladas, nos despedimos y cada quien se va por su cuenta. Lucas tiene una comida familiar y yo debo llegar a casa para sentarme frente a la computadora y narrar esta caminata.

 

La ocupación de un valle

En acuerdo con el pacificador Nicolás de San Luis Montáñez, Fernando de Tapia y los pobladores de Kré-tharo se unieron al encomendero Hernán Pérez de Bocanegra y a su secretario, el licenciado Juan Sánchez de Alanís, para fundar, en 1531, una nueva población en el valle, desocupado ciento cincuenta años antes. Una población con un cabildo indígena y español, habitada por pueblos de origen otomí, purépecha y nahua, que además serviría para congregar a las tribus de nómadas pames y jonaces —conocidas también como chichimecas—, que transita- ban las antiguas fronteras de Mesoamérica.

Se atribuye al licenciado Sánchez de Alanís el prototipo de la primera aldea. Hay quienes, como el historiador Francisco Urquiola, piensan que, en sus inicios, la población fue mayoritariamente indígena, lo que explicaría el patrón de asentamiento en las etapas subsecuentes de su desarrollo: la ciudad indígena en la loma del Sangremal y la ciudad española en sus faldas, a la ribera del río Querétaro, cuyas aguas eran utilizadas para el riego de milpas y jardines y el funcionamiento de las primeras fábricas textiles.

Monumento a Conín

Cada día, miles de visitantes y locales que viajan por la carretera México-Querétaro saben que están por llegar a ciudad capital cuando ven, a la altura de El Marqués, la imponente escultura del cacique Conín sobre el camellón central.

Es un monumento de cantera negra de aproximadamente setenta metros de alto, cuya construcción tomó tres años —entre 1982 y 1985— y que está muy presente en la mente de todas las familias queretanas.

 

La zona ha estado en constante expansión —como casi todo el estado— desde hace tiempo: hoy en día hay espectaculares, naves industriales, hoteles, conjuntos habitacionales y demás construcciones que no estaban cuando se erigió la escultura. Esto ha hecho que el Conín se camufle con el entorno —tal vez, dentro de no mucho, debido al crecimiento de la ciudad, la escultura termine convertida en una rotonda de la vía urbana—; pero eso poco importa para el conocedor. Aunque ya no es posible verlo desde la lejanía, no pasa desapercibido: más de una persona ha dado como referencia el monumento para avisar que ya estaba a punto de llegar a la ciudad; incluso varias personas han tomado fotos desde ahí, ya que el monumento no solamente incluye un pedestal en forma de pirámide y la escultura, sino también un mirador —al que difícilmente se puede acceder. En general, alrededor del Conín se tejen muchas memorias y reflexiones de Querétaro, llenas de emociones y sentimientos de todo tipo: «Últimamente he visto infinidad de memes y mensajes aludiendo a la idea de que necesitamos poner una pluma, reja o muro en el Conín porque ya no cabemos más en la ciudad; lo cual, evidentemente, me hace pensar en Trump», dijo Ximena Ocampo, una de las invitadas a esta edición, en un texto de hace algunos años publicado en la revista Ciudad Adentro.

 

El monumento se construyó en honor a Conín, un comerciante otomí de Nopala —un pueblo del señorío de Xilotepec— que ayudó a los españoles durante la conquista de los pueblos originarios que habitaban la región. Por su ayuda, recibió el cargo de cacique y, cuando se convirtió al cristianismo, fue bautizado como Fernando de Tapia. Esta breve historia esconde, para la sorpresa de muchos, un dato interesante: el cronista mayor de Indias del reinado de Felipe II cometió un error mientras escribía los documentos oficiales de lo que sucedía en América, pues su nombre original es Conni, que en otomí significa «ruido».

 

Varias construcciones privadas y públicas —calles, negocios, plazas y hasta estacionamientos—, llevan alguno de los nombres de este importante personaje. Y, además del monumento en la carretera, en Querétaro se han erigido otras representaciones de él: en Plaza Fundadores, frente al templo de la Cruz, se colocó, por ejemplo, una estatua de Fernando de Tapia junto a la de otros fundadores de la ciudad. Incluso, hace unos años, la Cervecería Hércules bautizó una de sus cervezas en su honor: Conín el Bárbaro, una imperial stout con cacao —que ganó además una medalla de plata en la Copa Cervecera de América GCA en 2018.

Este tipo de detalles ocasionales e inesperados hacen que el recuerdo de Conín prevalezca en la mente de los habitantes y visitantes de Querétaro.

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