Elogio de las terrazas: comer y beber al aire libre. Imanol Martínez González

En TURISMO

A medio camino entre el despliegue del espacio público y el cobijo del privado, las terrazas definen pequeñas áreas de las ciudades en las que las personas se sientan al aire libre para hacer algo tan improductivo como pasar el rato.

 

Se trata de aquellos espacios situados delante de un café o bar o restaurante —a pesar de que otro de sus usos, quizá el más extendido, refiera a las últimas plantas de un edificio o, incluso, a sinónimos de un balcón— desde donde explayar la vista y vencer las tardes charlando, bebiendo y comiendo. El tiempo en ellas se dilata y gracias a ello crean comunidad, permitiendo que durante el transcurso de una tarde o noche quien esté a la mesa se encuentre y salude a quien pasa, invite a otros a sentarse, convierta la conversación en disertación. Encuentros improbables, casuales, que propicia ese espacio liminal que es una terraza. En el estado de Querétaro, las mejores se hallan en andadores, como si la fisonomía de sus ciudades hubiera encontrado en estos —no muy abundantes— un sitio dónde situar las sombrillas de los locales y flanquearlas por dos muros a sus costados, ya sean los del Matamoros o Libertad, ambos en la ciudad de Querétaro, o el que a unos metros de la Plaza Miguel Hidalgo, en el centro de Tequisquiapan, abraza con una enredadera a quienes se sientan a comer una pizza con cerveza o tapas con vinos. En todos los casos se trata de sitios para el encuentro con los cuales delinear un mapa de dónde comer y beber bajo el sol.

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