Recuerdos de México 86

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Recuerdos de México 86

Manuel Naredo

La ciudad, aún pequeña y con pocos habitantes, se transfor- mó de un día para otro y se volvió centro de atención del mundo; más allá del certamen deportivo, pretexto de esa, su transformación, la ciudad se tornó más viva que nunca y la fiesta, llena de color, alegría y festejo, mucho festejo, abrazó sus calles y contagió a su gente.

 

De entre todos los sitios donde la ciudad resintió esa colorida fiesta, un punto específico, una plaza pública, se volvió referente, lugar de encuentro, corazón citadino: el céntrico Jardín de la Corregidora, cuyo monumento —erigido con motivo del centenario de la Independencia nacional— fue testigo, día tras día, y sobre todo, noche tras noche, de los embates multitudinarios de quienes sabían disfrutar el momento.

 

Corría el final de la primavera de 1986 y nuestro país era sede, una vez más, del Mundial de fútbol. Un año atrás, el entonces gobernador queretano, Rafael Camacho Guzmán, había concluido la construcción de un nuevo estadio, impresionante comparándolo con el municipal, que hasta entonces fungía como recinto futbolero, y, por ello, los organizadores de aquella justa deportiva decidieron incluir a esta virreinal ciudad entre sus sedes. El Corregidora, que así se llamaba por decisión del mismo gobernante, quien no había hecho caso de un concurso previo público para escoger el nombre del estadio, coincidentemente llevaba el mismo apelativo que la plaza donde se desarrollarían, sin planeación ni suposición previa, los festejos y la convivencia que, necesariamente, acompañaban a un encuentro internacional deportivo como ese. Así que los muchos visitantes que acudieron a Querétaro durante esas semanas de fútbol asistían al estadio primero y luego, con una muchedumbre que ni boletos tenía para los partidos, a los espacios del Jardín Corregidora, sobre todo a los restaurantes y bares que en ella estaban instalados.

Querétaro, y el Estadio Corregidora en concreto, solo albergaría cuatro partidos de aquel Mundial que acabaría ganando la selección argentina, y ahí se enfrentarían a sus adversarios, la selección de Alemania, uno de los equipos más fuertes de aquel y de todos los mundiales. Tres de los partidos de la primera fase, y uno más de octavos de final, en el que la selección española, con cuatro goles de Emilio Butragueño, acabó goleando cinco a uno a la de Dinamarca.

 

Los alemanes, que establecerían en Querétaro su centro de operación y jugarían aquí la mayoría de sus partidos en la primera fase, tomaron a la ciudad como suya, y, fieles a su costumbre solidaria, se acercarían a la institución El Oasis del Niño, la casa de cuna queretana, para brindar un respaldo económico que no han abandonado hasta la fecha, cuando de vez en vez llegan algunos de aquellos jugadores de la selección germana a visitar sus instalaciones con los regalos de rigor para los pequeños.

 

Por entonces, la ciudad de Querétaro no era mucho más que su Centro Histórico (al que le faltaba aún casi una década para ser inscrito en las listas de Patrimonio Cultural de la Humanidad de la Unesco), pero estaba ya recibiendo el embate de una migración que se había potenciado con el terremoto que había devastado a la Ciudad de México un año antes.

 

No existían problemas de congestionamientos viales severos, la Plaza de la Constitución todavía albergaba la estatua de Venustiano Carranza, acababa de morir el insigne maestro José Guadalupe Ramírez Álvarez, eran escasas las salas de cine, el Auditorio Josefa Ortiz de Domínguez aún olía a nuevo, se había remodelado la Alameda Hidalgo al colocarle un reja perimetral, gobernaba la ciudad Manuel Cevallos Urueta y ya se hablaba de la instalación de un anhelado tren bala para unirnos más rápidamente a la capital del país.

 

La fiesta queretana se distinguió por la presencia de los muchos alemanes que, siguiendo a su selección, hasta aquí llegaron, pero también existió presencia danesa, escocesa y uruguaya, cuyos representantes convivieron alegremente y sin problemas durante muchas noches al amparo del monumento a doña Josefa Ortiz de Domínguez y a las águilas en bronce al pie de su monumento. De entre los establecimientos que ofrecían sus servicios y que se vieron saturados durante los quince días que duró la competición resaltaron el restaurante La Fonda del Refugio, y el bar El Cortijo de Don Juan; entre ambos sirvieron y vendieron miles de litros de cerveza.

 

La del Jardín Corregidora fue una fiesta multicolor, multifacéti- ca y polifónica, donde los idiomas se entremezclaban, la risa solía ser franca, las nuevas y efímeras amistades se reproducían y la música se escuchaba a la par de las conversaciones. Por entonces, las bocinas dejaban escapar la voz y la música de Elton John, Lionel Richie, Madonna, Metallica o Bon Jovi, a la par de Miguel Bosé con «Nena», Mecano con «Qué pesado», Ana Belén y Víctor Manuel con «La Puerta de Alcalá» y, desde luego, varios de los éxitos de Hombres G.

 

Fue una espectacular fiesta social, tan efímera como el Mundial de fútbol mismo. Una fiesta donde Querétaro se convirtió en un espacio de encuentro, diversión y vida, mucha vida.

 

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