Mario Arturo Ramos

En PERFILES

Mario Arturo Ramos: «para mí, la poesía tiene que ver con la necesidad de cantarla»

Por Carlos Campos

 

 

Intro

El reloj marca 15 minutos antes de las diez de la mañana. Camino con prisa hacia un café al lado de Plaza de Armas, lugar en donde me encontraré con Mario Arturo Ramos, poeta e investigador de música y literatura, nacido en Querétaro el 15 de diciembre de 1949.

Me imagino que por su trayectoria el lugar estará lleno de gente, pero, para mí sorpresa, al llegar solo están él y Miguel Ángel Muñoz, coordinador editorial del libro Las canciones queretanas. Cien canciones, publicado por el Poder Ejecutivo del Estado de Querétaro en 2022, con notas y selección de Mario Arturo.

Me presento. Nos sentamos en la mesa para la entrevista. La gente que pasa a nuestro lado no repara en su presencia.

 

Estrofa 1

—Te voy a hablar de tú porque, como tus canciones, eres atemporal —digo mirando a sus ojos grises felinos, que alimentan el mito de que lo apodaban el Gato.

—No te preocupes, soy momia queretana. Esta ciudad fue declarada ciudad museo, ¿y qué hay en los museos? Pues momias. A diferencia de las de Guanajuato, las de Querétaro escribimos y viajamos por todo el mundo.

 

Cada que lo entrevistan, es recurrente que pongan en disyuntiva a la poesía y a la música. En su caso, le digo, leo una encrucijada virtuosa en sus poemas: letras y musicalidad.

—Un cancionero no es el que canta. El que canta es un cancionista o un cantor. El origen de mi poesía tiene que ver con la canción.

Mario Arturo recuerda su trayectoria al respecto: primero, fue Premio Nacional de Poesía Joven; luego se fue a vivir a Alemania; regresó a dar clases de Literatura en Sinaloa. Después terminó en Baja California y regresó a México, aunque en Querétaro tiene «sus raíces».

—Quedé huérfano muy joven, crecí con mi abuela y con una hermana mayor de mi madre. Mi padre murió al otro lado de El Calvarito. Yo sí puedo hablar de Querétaro, nací en La Cruz.

 

Estrofa 2

—¿Te gusta mucho este lugar?

—Esta es la casa de Agapito Pozo. Su hermano, el Güero Pozo, fue uno de los más grandes guitarreros queretanos. A partir de que esta casa se volvió cafetería es uno de mis lugares favoritos.

 

Al preguntarle por cómo lo recuerdan en Querétaro, responde citando a su amigo Carlos Jiménez: no lo van a recordar por ninguna canción, pero sí por muchas narices rotas.

 

 

—Y si viviera aquí, lo volvería a hacer, me volvería a madrear a más de uno.

Se fue de Querétaro, dice, porque considera que aquí no hay oportunidades, «así de simple». Todas las personas que nos dedicamos a la música, dice, nos hicimos fuera de Querétaro.

—Juan Arvizu es el más grande artista internacional queretano, pero en Querétaro no lo conocen.

No se plantea regresar. Jamás. Ama Querétaro, pero su vida la ha hecho fuera. Para ejemplificar cuenta que el primer día que le pasaron la lista de ventas de discos con «Hasta que vuelvas», en Querétaro había vendido solo 300, mientras que afuera habían sido 15 millones.

—¿De qué manera está configurada tu poesía?

—En México no se lee poesía, sin embargo, las principales figuras de la literatura mexicana son poetas, Juana Inés de la Cruz y Octavio Paz, por ejemplo. En mi caso, la poesía tiene que ver con la necesidad de cantar la poesía. En México se aprende a hablar con canciones de cuna y se entierra a los muertos con canciones. La música es la única identidad que tienen los mexicanos.

—¿Y en Querétaro?

—Aquí la música es divertimento, no cultura. Si yo hubiera nacido en Veracruz o en Jalisco, sería el número uno en el país, pero nací en Querétaro, que no tiene tradición. Entonces el problema es cómo crear una identidad musical. Porque sí hay música en Querétaro. Hay gente muy talentosa, eso está fuera de duda, pero sin ningún reconocimiento, ya no digamos internacional, sino nacional.

—¿Y qué hace falta?

—Yo creo que a la canción mexicana le faltan textos. En los últimos cincuenta años, la canción mexicana tiene que ver sobre todo con una industria. El Estado tiene la obligación de promover y difundir la cultura, por eso es bueno que el estado queretano propicie una fiesta musical en torno a este cancionero.

Las canciones queretanas. Cien canciones reúne temas de diversos compositores nacidos o radicados en Querétaro, como Domitila Estrada, Carlos Jiménez Esquivel, J. Guadalupe Velásquez, Eduardo Loarca Castillo, Esperanza Cabrera, Juan Arvizu, Mirtha Nava, María Eugenia Castillejos y Óscar Reynoso, entre muchos otros.

 

 

Estribillo

—¿Qué tiene de particular la canción queretana?

—Como signo de identidad, la pluralidad. Encuentras sones huastecos, huapangos arribeños, canciones internacionales, adoración a deidades, tragedias en corridos, canciones navideñas, amorosas y para bailar.

Cuando le pregunto, al margen de las canciones, cómo amar a Querétaro, me dice que hay que hacerlo dentro del contexto del país, no como individualidad o región. «Me gusta el sentido de queretaneidad si tiene que ver con la mexicanidad, no como segregación».

Sobre el amor, cuenta que en Sinaloa se enamoró profundamente de su primera esposa, quien murió a los 25 años. Con su segunda esposa ya lleva cuarenta y siete años de «feliz matrimonio».

 

 

—Además de mi tía Lola, solo Lourdes me ha aguantado —dice quien también es autor del emblemático lema de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM): «casa abierta al tiempo».

—¿Es Querétaro una puerta abierta al tiempo?

—No. Aunque en los últimos cuarenta años ha tenido un crecimiento demográfico impresionante, Querétaro tiene en su proceso de identidad un sentido conservador que hasta la fecha persiste. Pensé que la migración traería cambios, pero no fue así, se adaptó a este sentido. Hay más queretanos de fuera que queretanos nacidos en Querétaro.

 

Final

De todas las versiones de  «Hasta que vuelvas», yo me quedo con la de Gualberto Castro, una canción que ha sido versionada, además, por José José  (en su álbum homónimo de 1973), Juan Gallardo, Vikki Carr, Rodrigo de la Cadena, Mario Pintor y hasta Luis Miguel en las versiones más recientes.

 

—Vámonos a 1973. José Sosa (José José) es hijo de uno de los más grandes cantores queretanos. Cantaba en las iglesias, pero era alcohólico. Su madre, Margarita Ortiz Pensado, tocaba el piano en la Compañía Nacional de Ópera y se llevó a José a la Ciudad de México. Mi amistad con José fue de muchos años, tocaba el bajo en La Marquesa.

—Un excelente bajista.

—Un maravilloso músico. Un día, en la Ciudad de México, yo estaba en la oficina de Magallanes. Yo acababa de dar un trancazo con Tony Renis, con la canción «Un uomo tra la folla» que fue interpretada por Plácido Domingo y Luciano Pavarotti. En México fue cantada por Marco Antonio Muñiz, «Un hombre entre la gente». Me dice Magallanes: «Oye, cabrón, voy a grabar a José José. Necesito dos números». «Está bien, yo te los traigo», le dije. Cuando se terminó de grabar la parte musical, José José cae en una crisis alcohólica y se suspende el proyecto de ponerle su voz a la canción. El productor Felipe Gil me cita en el Fiesta Americana y me dice: «Oye, vamos a lanzar a Gualberto Castro”». «¿Y con qué lo van a lanzar?», le pregunté. «Pues con “Hasta que vuelvas”.» Como José José estaba incapacitado para grabar la voz, Magallanes accedió. No obstante, las dos versiones salieron el mismo día en 1973.

—Pero salieron más versiones.

—Alfredo Gil, director musical de Musart, me dijo que quería grabarla con Juan Gallardo. Aunque yo no sabía quién era, las primeras ventas fuertes se dieron con él: 1.3 millones de copias.

—¿Qué pasó con las versiones de Gualberto y José?

—Ocurrió algo curioso: en provincia se escuchó más la de José José; en la Ciudad de México la de Gualberto Castro. Tres meses después de eso, me habló Vikki Carr: «¿Tiene algún inconveniente en que yo grabe “Hasta que vuelvas”?». Hasta el momento, la canción tiene 120 versiones. No creo que sea mi mejor obra, pero sí es la que más puertas me ha abierto.

—¿Cuál consideras que es tu mejor canción, es decir, tu mejor poema hecho canción?

—Amo profundamente una canción que grabó Emmanuel, Guadalupe Trigo y Paloma San Basilio, se llama «La infancia»:

 

De niño tuve un gato

Y un libro de pirata

Dinero en los bolsillos

Que a mi padre robaba

Una maestra terca

Que siempre me golpeaba

Un arcoiris loco

Y un caballo de madera

 

La infancia son recuerdos

La tierra conquistada

Un árbol de naranjos

Batallas amorosas

Con niñas mariposas

Del reino de las rosas

La infancia es un amigo

Que se va

 

Sin embargo, continúa Mario Arturo Ramos después de haber declamado de memoria su propio poema hecho canción, le gusta mucho «El último día de otoño» en la versión de Emmanuel, que le ha abierto muchas puertas en Europa con la versión de Lucio Dalla.

—Todas mis canciones para mí son importantes: soy un descarado, me gusta contarle mis intimidades a la gente, y tienen el derecho a no creerlas. Pero esas son mis canciones.

 

—Muchas gracias, Mario Arturo. Mi más grande agradecimiento y admiración.

—Pues el agradecimiento por el café que te invité, pero la admiración por qué, qué te he hecho. Soy tu amigo.

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