Museo de la Ciudad, 26 años reflejando memoria

En CULTURA

Por: Horacio Warpola

 

Prefacio de la nostalgia en el recinto

Se han escrito y hablado muchas cosas sobre el Museo de la Ciudad de Querétaro y su director, Gabriel Hörner; esta historia de amor es una historia queretana reciente que cualquiera relacionado con el arte y la cultura en el estado conoce. Quisiera repasar —a modo de anecdotario o ensayo poético o enumeración caótica— algunas estampas importantísimas que me han marcado para siempre y que han sucedido dentro de este recinto; además, aseguro que varios de los que aman y nutren este espacio se sentirán identificados. También me parece inevitable generar una reflexión sobre el arte local y las entrañas que lo revuelven.

 

Cualquiera que haya pasado por el Museo siente el hechizo. Las personas que crecimos en Querétaro sabemos de su importancia cultural y artística, y es probable que casi toda la comunidad artística que reside en la ciudad de 1997 a la fecha haya realizado algo allí dentro, o por lo menos asistido a alguna de las actividades del Museo. Esta accesibilidad se debe, como ya se sabe, a su director, Gabriel Hörner, que renovó y luchó contra las maneras burocráticas de coordinar un espacio institucional. Hasta la fecha es uno de los lugares imprescindibles para el arte nacional, mutando constantemente junto con toda una comunidad artística hambrienta de cambios y en una búsqueda constante de espacios que respeten y valoren su trabajo.

 

Mis asistencias al Museo comenzaron alrededor del año 2000, hace 23 años, cuando todavía era un muy joven y despistado intento de escritor, cuando recién conocí a los Neónidas, cuando Querétaro era una manta transparente que se elevaba por el semidesierto. Eran épocas de revelaciones y lecturas aguerridas; sueños bucólicos y romantizados se abrían paso por el nuevo milenio; todo parecía una puerta de neón con el fondo negro. Y a partir de aquí voy a ir mutando con el tono de este texto porque empiezo a sentirme nostálgico. Al fin y al cabo, escribir esto es una ruta hacia el pasado. Un reencuentro espacial que evoca tiempos y sensaciones que van más allá del arte contemporáneo. ¿Acaso el arte no se trata de esto?

Sin duda alguna el Museo de la Ciudad es parte de nuestra formación artística y sentimental. Recuerdo las funciones de cine de culto —viendo Ichi the Killer a la una de la mañana junto a un grupo de jóvenes ojerosos y ansiosos—, las expos, los conciertos, los talleres —sobre todo siempre almacenaré en mis recuerdos con mucho cariño el taller de narrativa que di hace varios años, en donde tuve la oportunidad de conocer a grandísimos escritores, que ahora son mis amigos entrañables.

 

Todo mi memorial del Museo de la Ciudad radica en el trabajo colectivo y en una comunidad en llamas. Imágenes que se difuminan con el tiempo se revelan y comienza una retrospectiva poética armada con retazos de mi memoria. Todo se disuelve poco a poco mientras se construyen nuevas historias por venir.

 

Breve epílogo en la oscuridad de un temazcal

 

Antes de terminar este texto, me encontré con Gabriel Hörner en un temazcal a las espaldas de la Peña de Bernal. Gabriel, además de ser un querido amigo, es un ser que alberga luz, conocimiento y fuerza. Mientras nos encontrábamos en la oscuridad, los vapores herbales y bajo la voz retumbante de Arnulfo —nuestro guía—, pensé en la buena voluntad y los espejos que nos reflejan cómo en realidad somos. Dirigir un espacio como el Museo de la Ciudad requiere sobre todo de eso: buena voluntad. Porque la fuerza de voluntad es distinta, es obligada; en cambio, con la buena voluntad nos aventuramos a un trabajo de rigor pasional e intenciones estimulantes.

 

Hace poco le entregaron a Gabriel «El corazón del Bajío». No sé muy bien qué signifique eso, pero estoy seguro de que este reconocimiento es de alguna manera una metáfora para la labor que ha hecho en el Museo no solo como su director, sino como escucha, colega, maestro y luchador institucional.

 

Al salir del temazcal, revitalizados y agotados, entendí que la memoria y el tiempo, además de darnos material de aprendizaje, nos dan excusas, nos otorgan ideas y nos abren el corazón a emociones perdurables. Así me siento cada vez que pienso en el Museo de la Ciudad, se abre una puerta en mi pecho y me hace parte de algo que alegra mi vida.

Cualquier manifestación artística es un reflejo de quienes somos, es el espejo que nos revela una inquietud incandescente, nos muestra un yo incondicional que trabaja por instinto y no necesariamente por un reconocimiento. Sin embargo, atreverse a mostrar lo que somos desde estas perspectivas nos hace más humanos y nos da el poder para crear y estimular nuevos lenguajes.

 

Es importante mencionar y reconocer a todas las personas que trabajan para el Museo: su labor constante hace que este espacio se mueva y logra que su maquinaria esté afilada para cualquier ocasión. Sin este equipo, el cuerpo está incompleto; sin esta dedicación, ningún artista podría sentirse arropado o intrigado por llevar su arte al único espacio queretano que, a pesar de todos los cambios políticos, siempre tiene abiertas las puertas a cualquier idea y espectro cultural.

 

Felicidades al Museo de la Ciudad de Querétaro por otro año más, larga vida a su director, Gabriel Hörner, y, sobre todo, sigamos practicando el diálogo y la voracidad del arte. Ahora más que nunca se requiere de una comunidad artística unida y fragante; no decaigamos en la mala praxis de burócratas robotizados por la cultura y llevemos nuestro ejercicio a la ciudadanía queretana que merece conocer la gran labor que cada día realizan los creadores locales. Los museos son de todas y todos.

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