Jesús Antonio Moya López

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Jesús Antonio Moya López: «ponerse este traje no es una cosa que se aprende de la noche a la mañana»

 

Por David Álvarez

 

A los tres años de edad, Jesús Antonio Moya López fue abrazado por la Virgen de El Pueblito, al protegerlo luego de que un cohete explotara cerca de él, lanzándolo hacia atrás. Fue en una de las festividades tradicionales de esta localidad. Cayó y perdió la conciencia, y, cuando abrió los ojos, tenía el cuerpo vendado, pues se le había quemado todo el cuerpo.

 

 

«Desde entonces la Virgen ha estado presente en mi vida —dice tranquilamente, sentado en una de las sillas del salón de la Corporación de Inditas e Inditos, en el interior del santuario de Nuestra Señora de El Pueblito—. De niño entendí que ella me había cuidado, me había sostenido; desde ahí lo entendí y durante todo el arco de la vida así la he sentido.»

 

Ataviado con el traje típico de la región, compuesto de camisa de manta, calzón, patío y la fajilla, con grecas color morado por doquier, y una medalla de oro pegada al corazón, así como su sonaja, un sombrero que denominó de vuelta, y un morral. Todo en alusión a los grupos indígenas otomíes, originalmente llamados ñhañhu, de una zona agricultores que dieron vida a lo que hoy se conoce como El Pueblito.

 

 

«La tradición viene de herencia familiar»

 

Jesús Antonio actualmente es vocal uno de la Corporación de Inditas e Inditos de la Virgen de El Pueblito; en este 2022 celebraron su vigésimo quinto aniversario, donde ofrecieron danzas, cantos y flores. «Nosotros somos un grupo de señoras, jóvenes, niños y adolescentes cuyo objetivo es preservar la tradición de la costumbre otomí de El Pueblito, y esa costumbre tiene más de 300 años», explica. Son 206 integrantes.

 

Pero él no optó por este camino en la Corporación sino hasta los 22 años. «Uno va haciendo elecciones en la vida», asegura al describir un accidente automovilístico en avenida Constituyentes. Las probabilidades de salir ileso o al menos sin afectaciones graves eran mínimas. Fue al terminar la Licenciatura en Psicología, en la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), que esto ocurrió.

 

—Sentí la presencia de la Virgen aprendiendo a manejar. Me volteé en el coche en Constituyentes. Terminé de cabeza. Me empujó un tráiler, o yo no sé si yo fui un imprudente, pero me pegó; cuando abrí los ojos estaba en la avenida con los autos de frente. Iba con compañeros de la universidad, y ahí volví a sentir su presencia. Yo sentí que fue un milagro, y aunque no fue una promesa decidí agradecerle bailando para ella.

 

Su vida religiosa, su pertenencia, sin embargo, no radican únicamente en estos encuentros clave, que tampoco son los únicos. Para Jesús Moya, en El Pueblito está enterrado su ombligo, sus raíces, sus tatarabuelos, sus abuelos, sus padres. Él tiene 30 años. Su vida académica hasta la carrera transcurrió en escuelas católicas; sus familiares han formado parte de la organización comunitaria, sea en cofradías, corporaciones, asociaciones o mayordomías.

 

—Es un grupo de familias que tiene un objetivo muy concreto: organizar una parte de las fiestas o cuidar un aspecto de la tradición. Entonces mis abuelos desde ahí formaron parte; mi papá, el señor Jesús Moya, lleva muchos años siendo el cronista de una de las corporaciones. De ahí viene la herencia, la costumbre. Aunque no es solo eso, sino que desde bebé, de niño, uno lo ve en las prácticas en El Pueblito; uno se acostumbra a la música, los cohetes, a la fiesta, la vida cotidiana.

 

El Pueblito cuenta con tres fiestas principales: la Fiesta Grande durante el mes de febrero, para conmemorar el aniversario de la bendición del santuario, donde se realiza el Paseo del Buey y la Bendición, entre otras actividades; Semana Santa y la Fiesta del Divino Salvador, donde la imagen de la Virgen de El Pueblito visita la ciudad episcopal de Santiago de Querétaro; y, finalmente, el aniversario de la Coronación de la Virgen de El Pueblito en el mes de octubre.

 

«Participamos activamente en las tres fiestas principales.» Explica que la organización cuenta con una mesa directiva, una presidenta, una secretaria, una tesorera y tres vocales encargados de tareas específicas. «Cada uno tiene su responsabilidad. Tenemos que rescatar eso, el canto, la danza, las flores, y, cuando haces la administración de los recursos, en eso se gasta, en las flores para la Virgen; todo lo que se ocupe para su veneración, su culto, sus festividades.»

 

 

«Alguna vez pensé en ser sacerdote»

 

El salón de la Corporación recibe poca luz exterior. Apenas la de la puerta, que aluza el escritorio, las fotografías colgadas en la pared con integrantes de la Corporación, mujeres vestidas con camisa, enagua, delantal y fajilla; y al centro de la habitación la Virgen de El Pueblito, que yace resguardada. Tiene cortinas azules y blancas. Afuera hay un estacionamiento techado, en el último patio; al fondo, si se entra por la calle Pedro Urtiaga.

 

Las calles de El Pueblito son un museo de historias y recuerdos donde Jesús Moya se presenta y se representa. «Ponerse este traje no es una cosa que se aprende de la noche a la mañana —explica—. Por supuesto que te da pena al principio; es inevitable que no te vean, si vas al Oxxo o cualquier lado. Es una mirada que te hace sentir diferente, pero ya ahorita y después de todo este proceso se porta con mucho orgullo, respeto, dignidad.»

 

Pero también estuvo dispuesto al sacerdocio. Seguir un posible camino, no el único, para servir a sus creencias, a la Virgen de El Pueblito y su comunidad. Una idea que a toda persona con convicción religiosa le genera dudas, acercamientos, perspectiva. Y entonces el camino se bifurca, o se crean más vías. «Alguna vez pensé en ser sacerdote. Es una propuesta que en algún momento quien está en el ámbito de la religiosidad se cuestiona, y en el camino descubres que hay otras formas de servir a Dios, de ser feliz.»

 

Entre ellas decidió estudiar psicología por la capacidad de servicio que esta profesión tiene (egresó de la maestría y se encuentra en el quinto semestre del doctorado). «El psicólogo siempre está para acompañar los momentos de vulnerabilidad de otros semejantes —explica—. En mi caso trabajo en las empresas, las organizaciones, pero también soy psicólogo clínico, y todo fue por ese carácter de servicio, de esa vocación a estar con otros.»

 

Es profesor universitario a nivel licenciatura y maestría. Coordina un diplomado de la norma 035 en la Facultad de Psicología y ofrece consultorías con organizaciones, actividades que combina con su vida religiosa, con ser vocal uno casi de tiempo completo, en lo que llamó su «segundo trabajo». De la escuela al santuario y viceversa, sus días suele pasarlos en dos ámbitos que son complementarios en su vida.

 

—Soy soltero, no tengo pareja, hijos, otra ocupación. Yo siempre lo he dicho, para mí la Virgen de El Pueblito es el amor más grande de mi vida. Lo que puede destinar otra persona a sus hijos, a su pareja, a otro proceso, para mí es la Virgen. Termina el mundo del trabajo y lo primero que pienso es que me voy al santuario... No sin problemas, no sin dificultades, no sin compromisos, no sin riesgos, no sin sacrificios. La vida se va mezclando con la Corporación.

 

 

«De no estar en la Corporación, no me hubiera reconciliado con mi historia»

 

Para Jesús Moya, la relación que tiene la gente de la comunidad con la Virgen de El Pueblito es de suma importancia para la vida diaria. Es la historia en sí de esta localidad situada al sur de la Zona Metropolitana, en el municipio de Corregidora. Le da una identidad única como pocas en Querétaro. «La Virgen salva, sana; la comunidad sana, salva, por supuesto», agrega.

 

«Si no hubiera estado en esta Corporación, no me hubiera reconciliado con mi historia, no hubiera aceptado quién soy plenamente; mis raíces y con mi comunidad y pueblo», afirma, mientras sigue en esa silla, en ese espacio donde se organizan, como dice Jesús, el canto, la danza y las flores.

 

La tradición es un término arraigado en el habla popular, principalmente en un contexto, como el actual, donde la fugacidad y el consumo determinan la manera en que las personas se relacionan. Una cultura del descarte, señala Jesús Moya a decir del Papa Francisco I, donde cada individuo se vislumbra como un objeto desechable, bajo un ámbito de productividad y de clasificaciones que rechazan a quienes no poseen dinero o propiedades. «No eres nadie para este mundo; eres descartable.»

 

Sin embargo, esta tradición busca la comunidad, persiste en esa otra manera de entendernos como personas, pues «la Virgen no descarta a nadie. No puede; es madre de todos. Que tenemos diferencias, claro que sí, culturales e ideológicas, solo que a eso no venimos aquí; venimos a encontrar la unidad, a ver si podemos hacer algo distinto, si podemos sentirnos en familia a pesar de que afuera el mundo sea individualista. Aquí se trata de hacer lo contrario… No puede perderse quien está con la Virgen de El Pueblito».

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