HAY FESTIVAL: Leer es también caminar

En CULTURA

Por María José Vázquez de la Mora

 

Septiembre ha sido siempre el mes más bonito para ir al campo. Después de la temporada de lluvias, el verde es más intenso y profundo, sin la urgencia de los primeros brotes entusiastas pero frágiles del inicio del verano y con la elegancia que dan los hongos y  las flores a las bases de los árboles. Casi con el mismo entusiasmo que me da caminar por veredas del monte, me encuentro emocionada por la llegada del Hay Festival a la ciudad, que no es arbolada, pero sí luce su tradicional color rosa pálido, y que durante cuatro días recibe un evento que en realidad son muchos caminos circulares y enredados disfrazados de conversación.


Walter Benjamin pensaba en la figura del flâneur como alguien que, al andar, busca «botanizar el asfalto». De jueves a domingo, y una vez al año, nos revolvemos en las calles del Centro Histórico de la ciudad tal como harían algunos caminantes perdidos en el cerro,  pero con la certeza de que en la plana urbana los cruces no son errores, sino encuentros, y dotados de la seguridad con la que los  botanistas, más que trazar una línea directa en su camino, observan con curiosidad y atención el entorno, creando así una especie de jardín en la cantera.

 

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El Hay Festival se define como un festival cultural y de ideas para todos los públicos, que celebra las artes y las ciencias a través de eventos inclusivos, accesibles y lúdicos. Se lleva a cabo en diversas ciudades de Colombia, España, Perú, Reino Unido y Ucrania, y en México se celebra en Querétaro desde hace ocho años. Definirlo como un festival literario sería un error, dado que aun cuando tiene al texto como soporte principal, este se convierte en un pretexto para conversar sobre derechos humanos, ficción, ciencia, infancias, diversidades y música. Su programa incluye a premios Nobel, autores consagrados, escritoras queridas en México y en el mundo, y periodistas internacionales que comparten sus ideas con generosidad y precisión en charlas de una hora exacta de duración.


Su encanto principal reside en su formato: más allá de conferencias, el programa se construye desde la conversación. Así, a las diez de la mañana se puede escuchar a un periodista conversar con la autora de una novela sobre su último libro, y a las cinco de la tarde escucharle de nuevo, en otro foro, compartiendo sobre sus reportajes de no ficción con estudiantes universitarios. Este diálogo genera una horizontalidad interesantísima que rompe con los formatos típicos y que invita a reconocer a quienes escriben también como espectadores atentos y curiosos de su entorno. Aunque la mayoría de las actividades suceden en el centro, la apuesta del evento es también acercarse a otros espacios, como universidades o centros culturales de delegaciones circundantes, para llevar el acto de leer como una invitación punzante y abierta a más lectores.

 


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Dentro de estas andanzas lectoras situadas, más que en un espacio geográfico, en una especie de atlas efímero, me pregunto qué es lo que hace distinto a este evento, y en por qué se ha convertido en un tránsito tan esperado año con año. Es así que intento (re)construir, si es posible, una cartografía emocional del festival. Y comienzo por imaginar las vistas que ofrece el paisaje. Pienso en la velocidad de la ciudad y en la lentitud del texto. Wolfgang Iser describe que «el proceso de lectura se hace de manera pausada, y por ende el lector se desplaza dentro del texto con ritmos cambiantes, sintetizando aquello que va comprendiendo al mismo tiempo que genera, confirma o contrasta sus expectativas». También dice que «así, el acto de leer se reivindica como una de las formas más íntimas de descubrirse a uno mismo».


El desplazamiento que hacemos dentro de las páginas me recuerda a los que cambian dependiendo de las calles que transitamos. ¿Cómo cambian los andadores cuando habitamos el festival? ¿Es posible leer las calles de otra forma en esos cuatro días? Para pensarlo en compañía —que es francamente la mejor forma de hacer cualquier cosa—, hablo con lectoras inteligentes y curiosas. Son escritoras, profesoras, gestionan espacios culturales y, sobre todo, son botanistas atentas de textos diversos que abarcan la poesía, la ficción, el ensayo y el cine. Y son todas asistentes asiduas al Hay Festival. Anaclara reflexiona acerca del espacio del Centro Histórico, y de qué le sucede durante esos días: «Cada año lo he vivido un poco distinto, pero casi siempre me he sentido eufórica. Si es posible, trato de estar casi todo el día en el centro para poder ir a varios eventos, que es una actividad que ya no hago tan seguido. Me da emoción escuchar a personas brillantes que están muy cerca. Y en ese sentido renueva los espacios o los edificios: les da una luz distinta, y creo que el centro se hace como una especie de mapa para hacer una ruta. Lo vivo como un espacio de encuentro: vas por allí, te encuentras personas, conversas un poco. Siento que las pláticas le dan vida a esos edificios antiguos». Escuchándola, pienso en aquella frase de Roland Barthes que dice que el usuario de la ciudad toma fragmentos del enunciado para actualizarlos en secreto. Es quizá ese mapa personal lo que también ubica Julieta, que al reflexionar me comparte: «sí hay una disrupción en cómo vivimos la ciudad. Hay una especie de turismo de personas que quizá no suelen habitar el centro y que en torno a esos días lo descubren. Reconocen espacios que normalmente no visitan». La cartografía se desplaza, entonces, y confirma las sospechas:  durante cuatro días habitamos las calles de otra forma, subvertimos el espacio.

 

Paulina me regala una metáfora preciosa sobre la ciudad que se expande, al imaginarla como un espacio en el que «se ponen en el mismo nivel diversas capas de la realidad con las que yo convivo, pero que no necesariamente están en el mismo espacio. De pronto, en el Hay confluyen personas que veo en el terreno de lo literario (que me interesa en el plano de lo personal y lo profesional), pero que no viven aquí, y que están en la normalidad de la ciudad que habito. Y se le encima otra capa, el de la ficción, que es otro mundo  en el que convivo cuando abro este espacio para la lectura, pero que en el Hay crece: de pronto se crea un Querétaro que está sumando estas capas con las que yo relaciono los libros, que sí tienen que ver por supuesto con el lugar donde vivo, pero que se va ensanchando, con la presencia de personas que quiero y admiro, y con las fantasías que hay encima de la literatura. Como lo que pasa con una esponja cuando la mojas y se ensancha».


Janine es una de las lectoras más entusiastas que conozco. Ella me dice: «pienso en la ciudad no solo como lo que nos rodea o nos abraza de manera arquitectónica, en los objetos que habitamos, sino también en la que imaginamos durante el festival. Leerla es ver cómo las personas se mueven o no se mueven en los espacios habituales, en los silencios, en el ruido, en las conversaciones que suceden. Pienso en el Hay como un espacio itinerante que abre oportunidades y diálogos. Es saberme distinta después. Y no solo soy yo: somos tantas personas que creo que este efecto es colectivo y a su vez es como si nos diera la oportunidad de crear una nueva ciudad, de habitarla distinto por unos días, y que, no porque sea itinerante, significa que no es permanente. Este espacio es breve y finito, pero deja una permanencia: el Hay le pone un apellido distinto, le cambia la tipografía, la viste diferente: entonces ya no vuelve a ser la misma».

 

Escucharlas me conecta con mi propia experiencia durante los días del festival, y me confirma entonces la sospecha de que el Hay Festival es mucho más que su programación. Es un espacio que convierte los días en una forma de texto. Michel de Certeau escribe que «el acto de caminar es al sistema urbano lo que la enunciación es a la lengua». Durante el Hay Festival, leer es caminar, y el texto es el espacio urbano, las conversaciones, los andadores, los teatros, las plazas públicas, las fiestas y las calles. Andamos,  observamos, escuchamos, nos reconocemos como botanistas que buscan en caminos conocidos y desconocidos: sembramos.

 

 

 

*María José Vázquez de la Mora es Maestra en Literatura Comparada: Estudios Literarios y culturales por la Universidad Autónoma de Barcelona. Desde 2014 es profesora de narrativa, guionismo y humanidades en el departamento de Medios y cultura digital de la Escuela de Humanidades y Educación, así como directora nacional del programa de Comunicación en el Tecnológico de Monterrey. Actualmente realiza el Doctorado en Letras Modernas en la Universidad Iberoamericana.

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