Gabriel Hörner García

En PERFILES

 

El año era 1997 y los hablantes al teléfono eran Teresa Margolles y Gabriel Hörner García. El motivo era analizar la posibilidad de que el colectivo Semefo viniera a Querétaro a la inauguración de la exposición colectiva de arte objeto que se había presentado en el Museo de Arte Moderno y que estaba por inaugurarse en el Museo de la Ciudad. Catafalco, la obra de Semefo, formaba parte de la curaduría. En la escena, Teresa le relata a Gabriel que para subsidiar los boletos de camión para el traslado a Querétaro no habría que invertir tanto, pues ya habían seriamente considerado entrarle a beber Fanta, que en ese entonces tenía la promoción de que con equis corcholatas se podían canjear pases de autobús… y estaban puestos con la lengua naranja con tal de bajarle al costo del viaje a Querétaro.

 

 

En ese diálogo, nuestro protagonista salva la escena y evita que los especialistas en exponer la descomposición del cuerpo hagan un ídem con sus lenguas. Y esa exposición se convierte en un hito en la historia del fomento del arte contemporáneo en esta ciudad. Gabriel Hörner es puente, bordador de soluciones, imaginador oficial de lo posible porque no ve por qué no habría de serlo.

 

 

Gabriel es director del Museo de la Ciudad desde 1998, pero en el tacómetro profesional habrá que contarle para entonces unos cientos de kilómetros previos que se traducen en geométricos periodos de dos en dos años en la entonces Filarmónica del Bajío, en Difusión del INAH y el Museo Regional, y en el Patronato de las Fiestas de Querétaro. Y, abusando de la figura, quizá es el paisaje que el retrovisor le fue mostrando, o quizá fue que el recorrido se dio en empedrado, pero arribó al museo con esta convicción: que el museo no es el recinto. Gabriel sabe y se convence de que un museo significa praxis no declarativa, no política, no acumulativa. Trabajar ahí es una oportunidad de localizar a potenciales públicos, de reconocerlos y atenderlos, de hacer que interactúen, de fomentar que crezcan en el reconocimiento de sus intereses y bagajes desde los que es posible crear convivencia.

 

 

¿Para qué usamos los museos? La voz pasiva dicta que los usuarios son atraídos, que se les ofrece, se les muestra. El giro gramatical surge si se conjuga con Hörner, que quiere que las personas hagan cosas, no que se expongan a cosas. Por eso, la articulación de la labor del Museo de la Ciudad siempre se entiende doble: en el museo ocurre tanto lo que Gabriel propone como lo que le es propuesto y hace suceder.

 

 

Y lo que él hace suceder no es poca cosa. Es mucha, es gran cosa. Quizá porque Gabriel ve en quienes habitan en Querétaro una cierta audacia a exponerse a propuestas inusitadas. Él siente que incluso esta disposición está relacionada con nuestra (su) historia: que los queretanos no se meten en donde no los llaman y, por consiguiente, dejan ser.

 

 

No sabemos si eso es optimismo o confianza. Pero, con esta convicción, Gabriel vaya que ha probado la semántica de la audacia. Y, así como en el caso de Semefo, por el museo han desfilado exposiciones insospechadas. Como la de Otto Dix, ese señor de la nueva objetividad para quien las deformaciones de los rostros son la medida de su humanidad y que Gabriel no dudó en albergar. Y llegan esas cosas tan importantes, tan grandes (que no grandotas), tan rompedoras, por su capacidad de armar con minuciosidad relaciones con artistas, curadores, instituciones o personas.

 

 

Esa misma atención al detalle estuvo detrás de su exposición sobre el tatuaje, que abarcaba desde piezas precolombinas con muestras de alteraciones corporales hasta piezas contemporáneas no solo de artes visuales, sino también de música, conferencias, performance. O aquella célebre exposición en torno a lo dark en el arte, en donde las notas de música gótica, las piezas y actos expuestos tomaban de la mano a las audiencias para que pudieran trazar cómo lo gótico existe desde hace cientos de años y cómo la oscuridad es fértil para la creación humana.

 

 

Esto revela una faceta, o la faceta, de Gabriel. Le interesa lo que se dice en sus muestras tanto como lo que no. El arte opera en el vacío de lo que no puede ser dicho, pero se contiene en el momento en el que se encuentran dos existencias alejadas en el tiempo. La del artista, cuando produce: la de sus públicos, cuando lo recrean. Esa suerte de instante irrepetible para Gabriel cobra mayor vigor si además se trata de poner a dialogar a quienes no forman parte de los discursos oficialistas del arte.

 

 

La normalidad o la subversión están situadas en el ojo de quien las observa, ¿cierto? Pues Gabriel no mira como otros. Esta frase lapidaria no la estoy tecleando porque suena bonita. Vaya usted a preguntarle a quien lo conozca y le va a decir que eso es cierto. La periferia solo tiene sentido desde donde estás parado, y Gabriel tiene la curiosa habilidad de pararse por todos lados. Por eso mira diferente.

 

 

Él dice que eso empezó desde niño. Porque creció en una casa en donde había muchos libros. Y en esos libros de ficción descubrió «el interés narrativo de las cosas» y, por eso, cuando el Cervantino llegaba con Nuréyev, Bernstein, Kantor y Lindsay Kemp, él los leía como milagros escénicos, como voces con narraciones profundas, personales, únicas. Y desde entonces fue buscando la unicidad con sus visitas abrumadoras al Museo de Antropología o muy sugerentes al Museo de Arte Moderno. Gabriel se iba derechito al Centro Cultural Arte Contemporáneo, en donde se llenó el ojo con la obra de artistas visuales que hoy son un referente de todo aquel que le sabe a esto.

 

 

Cuando uno conversa con lo infrecuente, aprende nuevos lenguajes, supongo. Y, porque a la mirada le sientan bien estas nuevas formas de ver, Gabriel tomó desde esta experiencia la principal de las decisiones cuando llegó al Museo de la Ciudad: no tener una colección permanente. Sí, claro, está la razón económica, pero también está esa razón del lenguaje que quiere aprender nuevos modos. Y las exposiciones temporales son un vaivén en el tiempo. Son un código que no tiene repeticiones, aunque tenga patrones. Son un cambio, renovación, reinvención y son, siempre, novedad. El Gabriel visitante del Centro Cultural en Polanco es el Gabriel que sabe que en la diversidad hay un aprendizaje y se crea oficio. Hoy, los museógrafos, curadores, técnicos, gestores y diseñadores que han trabajado y trabajan en el Museo de la Ciudad pueden decir que han aprendido de casi todo, que han visto casi todo, que se han animado a montar casi todo. Que han conceptualizado la diferencia, si se puede decir algo tan aplastante.

 

 

Gabriel encarna la idea de Edgar Morin: «No se trata de elevar el nivel cultural de la población, sino de elevar el nivel de la palabra cultura». Edificar sin prejuicios, desbrozar con amplitud. Una de las exposiciones más visitadas en la historia del museo fue aquella en la que se animó a decirle que sí a la famosa campaña de Oliviero Toscani para Benetton, en la que la controversia y la polémica eran moneda de cambio de una realidad sin cubierta pudorosa. Con ese mismo aire de por qué no, Gabriel les dijo un rotundo «van».

 

 

Y, así como hay diálogos visuales, hay diálogos de ideas que Gabriel articula. Muchos conocimos a Gabriel por esas legendarias rarezas que proyectaba en el Museo Regional y que le siguieron en el Museo de la Ciudad. El cine de autor es una de las varias cosas en las que Gabriel se desdobla en referencias, pero sobre todo en la generosidad de conseguir copias para ser exhibidas. Merece un capítulo aparte el tapete multicapa que Gabriel ha ido bordando con cada película que, si no fuese por él, muchos honrados cinéfilos queretanos no habrían sospechado tener frente a sí. Un quilt más grande que el de Penélope.

 

 

Este es uno de los puntos en los que quisiera detenerme un poco en el recorrido hörneriano. En lo que ha significado su trabajo para tantas personas: sin su convicción, por ejemplo, no existiría la mayor colaboración artística que este estado haya visto con otro país. Desde 2008 sostiene un intercambio de residencias artísticas con la región sueca de Västra Götaland. Artistas queretanos han podido trabajar en su obra en Suecia y a su vez los artistas escandinavos han venido a enriquecer su trabajo aquí. La audacia ha sido mantenerla en el tiempo sin despliegues enormes de recursos, sino sumando (o multiplicando, más bien) voluntades. Sinceramente queda la duda de si la disposición mostrada por tantos es directamente proporcional a la imposibilidad de decirle que no a Gabriel. No sé.

 

 

Es que quizá por ahí debió comenzar este texto y no haber terminado. Por lo que las personas piensan y sienten por Gabriel Hörner. De pocas personas conozco tal disposición a generar confianza. Porque Gabriel, con sus inseparables perritas Cañita, Tristana e Iskra danzando por los pasillos del museo, si es puente entre instituciones y artistas, es porque con la misma sencillez da espacio a grandes nombres que a quienes se están haciendo uno. Es salvación porque con su voz pausada, en el decibel correcto, dice cosas siempre incluyentes.

 

 

Gabriel es exactamente lo opuesto del intelectual de puro y paño de seda. Porque Gabriel en camiseta o camisa, bebiendo café o té (del que sabe minucias), o en el silencio de la literatura que se guarda solo para él, es el imaginador oficial de lo posible, no importando lo imposible del nombre, de la referencia, de la institución artística o de la extensión y medida de la obra. Gabriel hace suceder cosas porque las puede ver desde antes, las anticipa. Desde luego, las crea. Sí, claro, Gabriel gesta y crea.

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