David Saavedra

En PERFILES

Por: Maye Álvarez

 

 

Una biblioteca no tiene una sola forma. Podríamos pensar que todas tienen la misma estructura, incluso que simplemente están contenidas en el tiempo. Sí, toda biblioteca contiene libros, pero tal vez hemos olvidado que son un organismo vivo. Las bibliotecas son genealogías y, a la vez, metamorfosis. Cada biblioteca que he podido conocer es diferente a la otra; son multifacéticas. Las bibliotecas son memoria, pero también refugio. Amoxcalli era su nombre en el México prehispánico: la casa de los libros, un punto de encuentro.

 

 

Como bibliotecaria, me gusta nombrarlas como espacios creativos que ponen a nuestro alcance posibilidades para construir, recordar, ser testigos o, simplemente, estar. Borges imaginaba el Paraíso como una biblioteca, como un territorio infinito desde donde leer el mundo. Tal vez todavía se desconozca bastante de lo que acontece en ellas y también de quienes las construyen: los y las bibliotecarias, artistas que habitan día con día los estantes, quienes se unifican con sus tiempos y voces.

 

 

 

 

—Maestro, ¿cómo habita esta biblioteca? —le pregunto a David Saavedra, responsable de la Biblioteca Conventual del Museo Regional de Querétaro.

 

—He estado en esta biblioteca por más de cuarenta años. Me encontré con un espacio completamente en ruinas —comenta—. Estoy como la canción de José Alfredo Jiménez, porque estás que te vas y te vas y no te has ido; sin embargo, me entra la nostalgia y aquí sigo. Desde que salgo de mi casa hacia la biblioteca, camino con mucha felicidad; me siento emocionado, contento. Estoy muy a gusto en la biblioteca y creo que ella también siente lo mismo.

 

Entre risas continúa: —Creo que es un acto de fe entre el bibliotecario y la biblioteca. Porque convives con ella, sientes sus dolores, la escuchas, cuidas que tenga un buen estado de salud; además de restaurarla, tienes que vivir con ella: esa es la parte fundamental.

 

 

La Biblioteca Conventual del Museo Regional de Querétaro alberga catorce mil volúmenes de material historiográfico de los siglos XVI al XIX, lo que la convierte en una de las colecciones más importantes de historia impresa. En sus estantes conviven libros corales, sermones, textos de filosofía y teología. Saberes y voces del pasado que encuentran en el presente un lugar para ser escuchados y que permanecerán abiertos para sus futuros lectores.

 

 

 

 

Toda biblioteca es un territorio abierto para quien se anima a escucharla; habitar una biblioteca es, como menciona David Saavedra, un acto creativo, pues antes de que todos estos estantes estuvieran levantados, ordenados y clasificados la biblioteca tuvo que ser imaginada. David llegó en el año 1980 como bibliotecario, por invitación de Germán Patiño, responsable de la restauración de todo el inmueble que ahora es el Museo Regional, en el antiguo convento de San Francisco.

 

 

—¿Cómo comenzó a construir se esta biblioteca y usted como bibliotecario?

 

—Yo no tenía ningún estudio en bibliotecas, pero afortunadamente me mandaron a este espacio. Se abrió una posibilidad. En ese año, a nivel nacional se voltea a ver a las bibliotecas conventuales. Tomé entonces varios cursos ya en relación al oficio bibliotecario. Esta biblioteca tomó varios caminos: en un primer momento, la propuesta era que fuera contemporanea (para eso se incluyeron algunos materiales de este estilo); sin embargo, llegó la maestra Cristina González, una rchivista humanista y de gran mente-corazón que aprendió bastante sobre bibliotecas. Cuando llega se asombra por el enorme potencial para rescatar los libros antiguos e históricos que estaban ahí guardados. 

 

Me dice: «David, vamos a poner nos a trabajar». Ella se subía a los estantes, tomaba un libro y me ha blaba: «Este es una homilía, ponlo con los demás de aquella esquina. Este es derecho eclesiástico, teo logía», y así empezamos a hacer diferentes apartados. Ella fue mi maestra.

 

 

 

 

Los libros contenidos en esta biblioteca tienen características muy particulares: desde estar en diferentes idiomas, libros con marcas de fuego, grabados completos, en cuadernación con diferentes materiales, como madera o piel, tienen herrajes metálicos y son de diferentes tamaños, unos diminutos, de unos seis centímetros, hasta formatos grandes de cuarenta y cinco centímetros. Por estas particularidades, la Biblioteca Conventual fue catalogada con su propio sistema:

 

 

—Lo importante aquí es saber dónde se encuentra el libro, para que cuando lo soliciten logres localizarlo —menciona—. Le dimos un orden por materia, los llamados «fondos temáticos». Entonces empecé a hacer fichas temáticas, reubicar estanterías, vaciar la información en una base de datos; fue así como empezamos a rescatar las bibliotecas.

 

 

Por su entrega, pasión y curiosidad, admiramos a los bibliotecarios; por habitar con amor, respeto y cuidado, por posibilitarnos los libros, el espacio. Por hacer que podamos ser parte, por invitarnos a crear y recordarnos que las bibliotecas son evidencia de que todavía existe la esperanza.

 

—¿Qué ha descubierto de usted como bibliotecario al habitar este espacio?

 

—Estos materiales tienen más de quinientos años, han viajado, cruzado mares, contienen mucha experiencia y vida, fueron revisados, incluso, censurados, así que cada libro es recordado por su propia esencia. Esta biblioteca nos pide cuidado, estar en buenas manos. Yo me he cautivado con cada material; los he rescatado de muchas formas. He descubierto la encuadernación; lo veo en el cuidado y detalle de las guardas, el papel y las tintas en las que fueron impresos. Cuando tenemos material dañado por el tiempo, ya sea por polillas, el polvo y más, tenemos que restaurarlo.

 

He tenido que seguir cultivando el don de estar en una biblioteca, me he encontrado con la posibilidad de aprender a coser, únicamente viendo y siendo amoroso; tienes que tener amor por lo que haces. Aquí he cosido los lomos rotos, los cabezales, las costillas. También participé en un curso en donde me enseñaron a restaurar el papel; yo no podía creerlo, me pareció increíble poder rescatarlo de otras formas, con mis manos, pero siempre con respeto a la obra. Un acto completo de voluntad con los libros para su biblioteca y como bibliotecario.

 

 

 

 

En la biblioteca, la curiosidad siempre está presente. En estos libros hay marcas que dejan huella; rastros que nos cuentan de dónde vienen, sus viajes y hasta nos muestran las manos por las que pasaron. Las marcas de fuego son una de las curiosidades más peculiares de los libros antiguos y también forman parte de su memoria; pequeñas señales que nos recuerdan que cada libro tiene una historia antes de llegar a nuestras manos.

 

 

—¿Qué huella deja el bibliotecario en la biblioteca?

 

—Por un tiempo me dediqué a hacer dibujos de las marcas de fuego. Entonces, en las nuevas fichas para etiquetar, propuse agregar en «observaciones» si el material tiene o no una marca de fuego. Ya tenía algunos casos en vista. La gente se sorprende porque tengo una gran cantidad de dibujos de estas mar cas, que nos permiten ubicar los li bros de otra forma en la biblioteca. Es una nueva visión, otra posibili dad de reubicar todo el material. A nivel nacional, solo existía un ma terial que funcionaba como he rramienta para este caso. Mi pro puesta agradó mucho, así que se publicó un nuevo libro que inclu ye todas las marcas que había des cubierto. Me permiten en 1998 pu blicar un nuevo libro de mi autoría de puras marcas de fuego que se encuentran en esta biblioteca en especial. 

 

 

David Saavedra es, para mí, una marca de fuego dentro de la Biblioteca Conventual. Su esencia como bibliotecario ha quedado registrada en cada libro que recuperó, en cada estante que imaginó y en toda historia compartida con los libros y en su propia presencia. Él es su constructor, su principal artista; la biblioteca habita en él y también él habita en la biblioteca. 

 

 

 

 

—Soy muy afortunado. Me siento plenamente agradecido por los cuarenta años en esta biblioteca. Este lugar me permitió seguir estudiando, me dio para comer y siempre me ha mantenido activo, asombrado. Así fue como me casé con esta biblioteca. Alguna vez me preguntaron por qué cuarenta años en la biblioteca. Mi respuesta es muy sencilla: enamórate; si tú te enamoras de lo que haces, te encuentras a ti mismo.

 

 

—¿Qué significa habitar esta biblioteca? ¿Tiene una biblioteca personal?

 

—Cada biblioteca tiene sus lectores y todas tienen la misma importancia. Nosotros tenemos una biblioteca especializada, pues todo este material debe ser protegido, y, además, tenemos una estantería cerrada de material para consultar, investigar y explorar. El bibliotecario es capaz de manejar diferentes lenguajes, desde dirigirse a un investigador hasta los recorridos para jóvenes e infancias, cuando vienen el asombro es para todas las personas. Soy aficionado a los libros y también tengo mi biblioteca personal más contemporánea, mi fondo especial; ese tesoro son libros sobre Querétaro que me regaló un querido amigo. Pero siempre hay que volver a nuestras raíces, y esta biblioteca, que me ha permitido habitarla, es a donde siempre regreso para reencontrarme.

 

 

—Si esta biblioteca nos hablara, ¿qué nos diría?

 

—Frecuenta tu biblioteca, atrévete a explorar, convive con ella. Las bibliotecas están llenas de vitalidad.

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