Anselmo Luna de Santiago

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Anselmo Luna de Santiago: «Ser Mayordomo es un honor y un disfrute»

 

En el número 227 de la calle Benito Juárez, a dos cuadras del templo de San Miguel, el ombligo espiritual de Tolimán, se encuentra la capilla familiar de Los Luna. Quien desee conocerla, debe tomar una moneda y con ella aporrear fuertemente la puertita metálica, porque de otro modo los dueños ni se enteran. «Es que siempre andamos hasta allá atrás», me dice don Anselmo, a modo de saludo y de disculpa.

 

 

Ahí de pie, en medio del patio, el sol nos achicharra la nuca. A la derecha se encuentra la capilla. Por fuera no es más que un bloque de piedra encalada, con techo alto, abovedado, que despliega una sombra agradable a la que nos dirigimos para platicar.

 

Don Anselmo es oriundo de San Miguel Tolimán. Nació en ese mismo predio, justo a la mitad del siglo XX. La capilla le debe cuadruplicar la edad, aunque no lo saben con exactitud. La cifra exacta se esconde en algún registro arqueológico del Museo Regional de Querétaro. Originalmente, esa capilla era la de los Cruz, pero aquel matrimonio no tuvo descendencia. Al morir, los abuelos Luna compraron la propiedad. En aquel entonces —finales del siglo XIX— no había muchos sacerdotes para oficiar misa. Por tanto, las capillas fa miliares eran centros de reunión, un sitio dónde orarle a los difuntos en el Día de Todos los Santos.

 

Allá donde hay una capilla significa que hay una descendencia de apellido. No muy lejos de su casa se encuentra la capilla de los Pérez, la de los don Diego, la de los Santiago, los Granados, los Jiménez y los Sánchez. Solo en el pueblo, calcula don Anselmo, hay alrededor de 70 capillas. Penosamente, menos de la mitad siguen en pie, y de esas, son pocas las que están bien conservadas. Una de ellas, quizá la más hermosa, es la que nos da sombra.

 

Don Chemo —como le dicen los que pasan frente a su casa, alzando levemente la barbilla— quedó huérfano de padre a los cuatro años y perdió a su abuelo antes de que cumpliera los ocho. Su educación y sustento quedó en manos de su madre y su abuela. «Estábamos amolados. Nomás terminé sexto de primaria y acabando me puse a trabajar en la milpa para comer al día siguiente.» Desde entonces y hasta ahora, no ha parado. Reconoce que es muy inquieto. Siempre tiene que estar haciendo algo. A los quince años, un familiar lo invitó a trabajar al entonces Distrito Federal. Ahí aprendió el oficio de albañilería. La ciudad nunca le cuadró, de modo que cada dos o tres meses tenía que volver a Tolimán para respirar el depurado aire del semidesierto, para comerse un elote y, si nadie lo veía, echarse un vaso de pulque. Con los años, sus fronteras se extendieron. Pegó ladrillos en Tijuana, en Sonora y en varias ciudades del norte. Como los salmones, cuando sintió la necesidad de formar una familia, volvió a su terruño queretano. Quedó viudo a los 33 años, con cinco bocas que alimentar. Más tarde se casó de nuevo, y, con su segunda y actual esposa, encargaron cuatro hijos más. Nueve muchachos en total, nueve casas que don Anselmo, con los años, habría de ayudar a construir.

 

Con siete décadas encima, sus hijos le piden que ya no trabaje, pero él es incapaz de quedarse quieto. «Tengo que trabajar, hacer ejercicio —me dice—. Si me quedo así estático, sin hacer nada, siento que me puedo molestar el organismo.» Trabaja todos los días, pero rehuyéndole —y con mucha razón— a este sol despiadado que seca tan bien los trapos colgados del tendedero. Primero un rato en las mañanas, de 7 a 11. Luego se toma un descanso, come, lee un poco, y ya que las sombras se reblandecen trabaja otro tanto, de 5 a 8 de la noche.

 

Esa rutina laboral lo mantiene fuerte. Eso y el ejercicio, porque don Anselmo es un ferviente deportista. Toda su vida lo ha sido. Desde chico practicó voleibol y basquetbol. Si no fuera porque estaban jodidos —don Anselmo dixit—, habría intentado hacer una carrera deportiva. Pionero del balompié tolimanense, formó parte del primer equipo de futbol que hubo en el pueblo. De más grande, renació su amor por el deporte ráfaga y lo jugó varios años más.

 

Desde que las rodillas no le permiten practicarlo, su afición se hace manifiesta yendo todos los domingos a cualquier juego que se le presente. «La gente pasa y me invita. Si hay partido, allá voy.» Dos de sus hijas practican basquetbol. Un día le pidieron a su padre que fuera a verlas, para que les diera algunos comentarios sobre su juego. Semanas después, le rogaron que dejara de asistir: se la pasaba regañándolas. «Pero no eran regaños —me explica sonriente—, sino orientación.»

 

«Siempre me ha gustado aplicarme un poquito. Leer, prepararme sobre esto y lo otro.» Mira al cielo mientras habla, como si le diera pena confesar sus inquietudes intelectuales, incluso artísticas. De joven se compró unas cámaras y se aficionó a la fotografía. Llegó a tener un buen archivo fotográfico sobre Tolimán y sus alrededores, pero poco a poco, como pasa con el cabello y la visión, se le fueron perdiendo.

 

Quizá esa misma efervescencia por mantenerse ocupado lo llevó a formar parte de las fiestas patronales de San Miguel Tolimán. Actualmente, don Anselmo es el Mayordomo, y su esposa, la Tenanche. La pareja es representante de la comunidad en menesteres religiosos, y es la encargada, entre otras tareas, de resguardar la imagen de san Miguel Arcángel, una reliquia local que aglutina la fe del pueblo. Como diría el fenecido tío del superhéroe arácnido, «un gran poder conlleva una gran responsabilidad», y don Anselmo es muy consciente de eso. «Imagínese, lo llego a maltratar, ya no digamos perder, y la gente se me viene encima.» Por eso no cualquiera desea ocupar este cargo. Implica muchos esfuerzos y compromisos. En principio, el Mayordomo debe comportarse correctamente, tener un buen matrimonio. Ser, en resumidas cuentas, un ejemplo para la comunidad. Además de amparar la imagen sagrada, el Mayordomo es el encargado de organizar las velaciones, avisar a las cuadrillas, fijar los horarios, etcétera. En el transcurso del año, hay seis velaciones: la de Año Nuevo, la de Semana Santa, la del 8 de mayo (día de la aparición de San Miguel), la del mareo de limosna en agosto, la del levantamiento de la limosna el 20 de septiembre, y la del Día de los Difuntos.

 

Los cargueros, junto con las cuadrillas de la danza, se encargan de revestir el Chimal, la gran ofrenda a San Miguel. El Chimal es una soberbia estructura rectangular hecha con carrizo, la cual alcanza una altura de 23 metros. Este entramado se levanta y soporta sobre dos troncos enormes que traen del Pinal del Zamorano, en agradecimiento por el agua, la vida y las primeras cosechas del campo. Entre el 22 y 23 de septiembre, el Chimal —que dura en pie todo el año— se baja para que los cargueros revisen su estructura y, de ser necesario, refuercen los amarres. Cuando llegan las cuadrillas de danzantes, estas se dividen y cada una adorna un determinado número de metros lineales del Chimal, revistiéndolo con cucharillas de sotol y adornándolo con flores, frutas, pan, tortillas y banderitas de colores.

 

El 27 de septiembre se levanta el Chimal, orgulloso estandarte que honra la memoria rebelde de sus ancestros. Todo el pueblo participa durante el levantamiento bajo la dirección de los cargueros, a los que se les celebra durante la jornada. El día 28 es dedicado a las cinco cuadrillas de danzas, y el 29 es la misa pública y fiesta general.

 

Finalmente, el cierre de las celebraciones tiene lugar el 30 de septiembre, cuando se hacen las cuelgas y la entrega de sonaja, rituales que simbolizan el cambio de estafeta. Las familias que participaron en la organización de las fiestas del año en curso le entregan a los próximos colaboradores una cesta o «chiquihuites» llena de dulces, galletas, tortillas y refrescos. Por su parte, los niños le entregan su sonaja —un guaje con balines— al niño que habrá de hacerla sonar en doce meses.

 

 

 

Para sus 71 años —insisto— don Anselmo luce fenomenal. Fuerte y recto, comparte las mismas cualidades que poseen los troncos que sostienen al Chimal, allá en el atrio del templo. El trabajo, la alimentación y la tranquilidad que ofrece la vida en el campo son tres ingredientes de una pócima rejuvenecedora. Don José Andrés, que pasa a saludar junto con una cuadrilla de danzantes, es otro ejemplo de este modus vivendi por demás vigorizante. A sus 86 años presume una flexibilidad que me resulta envidiable. Para corroborarlo, nos cuenta una historia. Un mes atrás se encontró con un viejo compañero de la primaria. Puso sobre la mesa un billete de mil pesos, apostándole que se lo llevaría aquel que corriera más rápido de ahí a la esquina. Don José Andrés aceptó enseguida, pero, en cuanto se puso a hacer sentadillas y flexiones, su compañero le dijo «olvídalo, tú sí me ganas», y recogió su billete.

 

Don José Andrés es el único rezandero del pueblo que todavía sabe cantar todos los rezos en otomí. Lo escucho hablar con don Anselmo en esa lengua gutural. Él también habla otomí, como la gran mayoría de los adultos de Tolimán. Así se comunica con su mujer, pero no con sus hijos. «No pude enseñarles —me dice—, nunca tuve tiempo, siempre andaba en la obra o en la milpa.» A sus nietos sí que pretende ins truirlos en el idioma de sus antepasados. «Por lo menos a una de ellas, que es la más interesada.»

 

Desde que tiene memoria, todos los 29 de septiembre los ha celebrado don Chemo junto a su familia y sus amigos. El rito es el mismo, pero acaso un elemento se ha desvirtuado ligeramente. A su parecer, del primer baile que recuerda y hasta a la fecha, la música es lo que más ha cambiado de las fiestas patronales. A los músicos de antes les gustaba la botella, pero nunca se les olvidaban las piezas. Ahora los muchachos son menos disciplinados. No toman, pero quieren descansar mucho y cobrar el doble por tocar un repertorio cada vez más limitado.

 

Don Anselmo asegura que se están olvidando las canciones originales. Hace poco consiguió dos casetes con piezas legítimas, la música de los viejos bailes de su memoria. Los obtuvo por un músico anciano que falleció recientemente. Su intención es pasar esos casetes a un formato digital, para que sea accesible a cualquiera que le interese. «Quisiera que los nuevos músicos conozcan las tradiciones, sus orígenes —me dice antes de despedirnos—. Gran parte de lo que sé se lo aprendí a don Erasmo Sánchez, cronista de Tolimán. Él me invitaba a secundarlo en los cánticos, y con el tiempo le fui aprendiendo un poco. Antes de morir, me dijo: Chemo, yo ya hasta aquí, se acabaron las fuerzas. Ahora sí, te toca a ti.»

 

Para don Anselmo, «ser Mayordomo es un honor y un disfrute». Sus vecinos, incluso los más jóvenes, se acercan a su casa —aporrean fuertemente la puertita metálica—, lo visitan para hacerle todo tipo de preguntas, religiosas o futboleras. «Hay mucha gente preparada, con conocimientos al respecto, que no los han sabido compartir. Se mueren y se llevan todo a la tumba», dice, lamentándose. Él no quiere que le pase lo mismo. Lo «poquito» que sabe, toda su experiencia, quiere transmitírsela a las nuevas generaciones.

 

Compartir sus conocimientos, dejar un legado. Pasar la sonaja.

 

 

 

 

Jaime He

Es diseñador industrial graduado del ITESM y tiene un máster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Fue finalista en la primera y segunda edición del Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila, y dos veces ganador del Premio Ignacio Padilla (2017 y 2019).

 

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«Memorial», del artista plástico y violinista Job Solórzano Ramos, es una exposición de obras gráficas y libros de artista que se presenta durante todo este mes en la Fundación Carol Rolland. Inauguración: 8 de septiembre, a las 19:00.

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