daniela franco

En PERFILES

Cuando el equipo editorial de Asomarte me dijo que habían elegido a Paulina Macías para escribir mi perfil, respondí, medio en broma, que mi participación no sería necesaria, que Paulina podría sin ningún problema responder las preguntas básicas de un perfil como yo lo haría. Pensaba, por un lado, en que por nuestras profesiones e intereses comunes nuestra amistad ha ido creciendo (en profundidad y amplitud) en paralelo a la forma en cómo vamos entendiendo y desentendiendo la creación y sus contextos.

 

Y, por otro, me parece que, así como existe el pensamiento artístico al que Paulina hace alusión en nuestra conversación, existe también el pensamiento museográfico o curatorial, que es la manera en que Paulina hace arqueología de las personas; Paulina categoriza y dispone en un orden accesible, generoso y con una estética del pensamiento el contexto, pensamiento e historia de una persona. De tal forma que, a lo largo del tiempo, uno le entrega una serie de trazos desiguales y ella los devuelve en monografía personal: montados y dispuestos en una sala del pensamiento bien iluminada. Entiendo que es del todo heterodoxo que el entrevistado escriba la introducción a su propio perfil, pero me parece que la relación entre nosotras hace que, más que un perfil o una entrevista, esto sean fragmentos de un discurso amistoso (que se teje a lo largo de los años en sobremesas, cafés, SMS y, como en esta ocasión, en e-mails) que Paulina ha escogido hacer públicos.

 

Paulina Macías: Me he estado preguntando sobre esa manera de nombrar una pieza periodística que describe a una persona. ¿Por qué un «perfil» y no un «frente»? La única respuesta a la que he llegado es porque en un perfil siempre hay un lado que no se deja ver. ¿Qué cosas podría escribir para describirte y qué cosas tendría que dejar fuera? Cómo elegirlas y cómo hacerlo con desapego cuando en realidad nuestras conversaciones bajan a la profundidad de la fe y suben a la superficialidad de los vernissages, y es en realidad en esos huecos entre un salto y otro, o, dicho mejor, en esa posibilidad de tejer de ida y Vuelta y dejar huecos, lo que le da superficie a quien eres, o quienes somos cuando conversamos.

 

Tal vez podría empezar con que te gustan los e-mails, y que tus colecciones y cartografías se extienden a la manera en la que al pensar en usos y costumbres recientes pero en desuso logras ubicarlas en un momento tan específico como el 2005.

 

Supongo que este e-mail, más que una pregunta, es un comentario pero tal vez va bien para comenzar. Si se te ocurre cómo contestarlo, podríamos ir y venir, como cuando hablamos, y luego hacer un corta y pega de las conversaciones para intentar delinearte, un collage de palabras, como los collages de «Rojito». 1

 

daniela franco: Me llega tu e-mail que no decepciona porque me da justo los pies correctos para hablar de lo que, sin saberlo, me gustaría desenredar en este momento de mi vida en el que un «perfil» involucra inevitablemente mis experiencias más íntimas y la transformación que ellas van operando en mi obra. Algo que hasta ahora no había sido así porque, me parecía al menos y quizá me jactaba de ello, compertamentalizaba bien la vida privada y la obra y desconfiaba un poco de los artistas que no lo hacían. Pero las experiencias recientes me han hecho ver «orgánicamente» que esta separación a veces es autoengaño y no siempre tiene que ser auto indulgencia.

 

Justo en este momento estoy terminando un dibujo (medio autobiográfico) que se llama «todo, todos, todo el tiempo».

 

PM: Me gusta cómo vives la vida: con ciclos que no termino de entender, aquí y allá, con un montón de rituales y métodos que se asoman en tus planes, con intentos de novedad que no son permanentes, pero que dejan cambios en tus rutinas. Me gusta que coleccionas. Me gusta que catalogas.

df: En estos días pienso mucho en los ciclos que no terminan y en los microduelos que cada despedida conlleva. Quizá por eso los rituales y métodos que tan atinadamente percibes. Desde muy pronto (en la adolescencia como a todos, supongo) se me manifestó como rasgo definitorio de la personalidad y del proyecto de vida el no pertenecer. Primero por las razones fisonómicas obvias de «no parecer», me tardé en darme cuenta de cuánto cuenta parecer para pertenecer, y, después de un montón de intentos fallidos de parecer (que te dejan cicatrices en todos los procesos, personales y profesionales), acabé por pertenecer aún menos emigrando. Y entonces

me contaba esta historia de que envidiaba a aquellos que se sentían completamente en casa en un lugar, que ahí mismo tenían todo (a todos, todo el tiempo). Pero ahora entiendo, esto también muy reciente, que quizá hay algo en esa vida seminomádica que me va o que busco y que tiene definitivamente que ver con los rituales y con los objetos que los acompañan. Creo que lo que me gusta de ese proceso es esa idea de «hacer casa», o quizá sea al revés: «hacer casa» es la forma en la que me he adaptado a esa movilidad y no pertenencia.

 

Y quizá hay algo contradictorio en ello, puesto que la lógica (¿la física?) dictaría que, a más movilidad, menos carga, menos objetos, menos raíces; Y es, así que, por más que intento ese decluttering mariekondiano tan en boga, no me sale, y mi resignación/ contentamiento toma la forma de clasificación, taxonomía, catalogación de los objetos que me resigno a tener. Creo que eso va también con la idea de «hacer casa» que no expliqué arriba: pienso en esas casas con sábanas y cojines de sillón que hacía con mis primos o en la idea de «hacerle casita a alguien» para darle privacidad. Pienso en las cosas que ayudan a «hacer casa» y creo que, más que los objetos, lo que hace casa son los rituales con los que abordamos dichos objetos y, por supuesto, las personas que no son necesariamente la familia, sino el contexto secundario (los amigos, los colegas).

 

PM: También podría decir que eres una de esas personas que es artista todo el tiempo, no porque todo el tiempo estás trabajando o haciendo el performance de el artista, sino porque tu pensamiento es artístico, porque usas las maneras del arte contemporáneo para vivir la vida. Te gusta la música de culto y la cultura popular y, sobre todo, te gusta clasificarlo todo: etiquetarlo y guardarlo en una colección inmensa de pensamientos que a veces se vuelven pláticas, a veces cursos, a veces obras.

 

df: Me gusta que me describas como alguien que es artista todo el tiempo porque hago siempre énfasis en no describirme así, sino como persona cuya profesión es el arte, pero podría haber sido la contabilidad. Esto, lo veo ahora tan claro, es muy ingenuo. Mi intención ha sido siempre quitarle esa aura picassiana a la figura del artista como un iluminado y a la vez animar a los que creen no tener talento a crear y desanimar a los que creen que el talento es un don precioso que dispensa del trabajo (siempre prosaico) que conlleva la profesionalización del arte. Pero definitivamente, como bien dices, hay algo en el pensamiento que es artístico y que rige, o al menos aparece, en otros procesos de la vida.

 

En el tema de la fe, creo que el arte contemporáneo en particular, y quizá mucho más que cualquier otra etapa del arte (incluso, fíjate, la medieval), comparte inquietudes de fondo con la espiritualidad en general y con el cristianismo en particular (que no con la religión como suele presentarse públicamente hoy en día) y que muchas de las obras emblemáticas del arte conceptual y contemporáneo (se me ocurren varias obras de Francis Alÿs o Doris Salcedo y trabajos puntuales de tantos: Julie Green, Shirin Neshat, Mircea Cantor y ¡hasta de Jill Magid!) ilustran de forma bella y precisa las reflexiones y preocupaciones de empatía con el prójimo y búsqueda de justicia social de los evangelios y las desilusiones y frustraciones sobre la fragilidad de la felicidad y la vida misma de los profetas y apóstoles. Pienso, por ejemplo, que el autor de Eclesiastés hubiera entendido perfectamente la obra de John Cage.

PM: Más que usar tu correo de espejo (que ya hice, pero que acá detengo), me interesa hablar del arte y la espiritualidad. Durante mucho tiempo estuve yo buscando a dónde se me había ido toda la rutina, el impulse y la educación católicas que durante muchos muchos años me acompañaron. ¿Dónde encontraba la espiritualidad luego de mis veintitantos y por qué había sido tan fácil dejar las prácticas de la Iglesia? Siempre se lo achaqué a la literatura y al arte. Mi espiritualidad está profundamente ligada a esas dos prácticas y al pensamiento que provocan. Y me animo a más autobiografía para referir a esa explicación increíble que me diste sobre el arte y la bondad. No lo había pensado más allá de mis dudas personales, pero ciertamente las búsquedas por el conocimiento, el pensamiento, la justicia y hasta la verdad que toman lugar en las obras de arte contemporáneo son totalmente cercanas a la experiencia espiritual. Al menos la que yo conozco.

 

df: En el tema de los archivos y en el caso particular de mis obras, la pérdida de mi mamá y de su hermana un año antes dejó un hueco inesperado (entre tantos otros vacíos) en un proyecto en marcha para el cual la ayuda de los que me preceden era indispensable. Trabajaba el archivo familiar de diferentes maneras, casi todas a partir de la ficción, como suelo hacer en el resto de mis proyectos, y tuve que ir modificando cuando, trágicamente, los que podían ayudarme fallecieron de forma inesperada. Esto «empujó» mi obra hacia un frente que había intentado evitar en todos mis proyectos: el autobiográfico. Me quedé con un vasto archivo fotográfico y documental acumulado por años (un siglo y medio) por mis antepasados, pasando por mi tatarabuelo inventor, mi bisabuelo fotógrafo y por mi mamá, como la descibes, una profesional del archivo, la clasificación y la restauración. Y de pronto el arte parece como la forma ideal de honrar ese archivo, de hacerlo perdurar. Y, más que materia prima (como siempre he visto los archivos y colecciones con las que trabajo), esto se presenta como una colaboración genealógica con mi familia y nuestros intereses comunes: fotos, diarios y objetos conservados colectivamente que fueron parte de los archivos de gente creativa que no podría quizá ni imaginar mi existencia y con los que ahora me embarco en una colaboración artística. A la que pienso por supuesto invitar a otros artistas: colaborar, metodología recurrente en mi obra, es otra forma de «hacer casa».

 

PM: Son las experiencias compartidas las que hacen vidas. Las tramas que se tejen cuando las líneas que somos se encuentran. Las redes que nos cachan cuando caemos. Y con esto llego a la parte más conmovedora de tu correo: la del archivo familiar, la del proyecto trunco, la de la obligación de caminar ese árbol sola. Hay algo que yo no termino de superar de lo que aprendí con la exposición de arte rupestre y que se cuela una y otra vez en las costumbres de las comunidades con las que luego tengo que ver por la antropología y por el trabajo: la idea del honor a los ancestros. Había en mi mente un sesgo del lenguaje. Antes de la exposición, al escuchar ancestros, pensaba yo que las culturas se referían a sus antepasados lejanos, a las estirpes de las que vienen…, pero un investigador, no me acuerdo bien de qué manera, me sacó de mi error. Los ancestros por los que suben cerros, por los que peregrinan y por los que cuidan cruces y capillas que no tienen razón de ser son sus familias cercanas, sus papás, sus mamás, sus hijos. Hacer casa para ellos es también mirar el cerro y pensar en sus familias, pensar que desde ahí los miran. Hacer ese proyecto, trasladarlo al arte y conservarlo es una peregrinación, es un ritual; uno más entre los tuyos, pero uno importante, la inauguración de una tradición personal que define tu cultura personal, la civilización nómada que eres. Y dejando las palabras antropológicas que abonan cursilería a mi correo, hacerlo de manera colectiva es no solo un método, sino una toma de postura, que esa sí siempre veo consciente: huir del mito piccasiano del artista y llevar el arte al terreno de lo que yo entiendo que es: una manera de estar en el mundo.

 

df: Durante mucho tiempo firmaba mis e-mails con una cita atribuida a Blaise Pascal: «Hubiera escrito una carta más corta, pero no tuve tiempo». Creo que, en términos de las expectativas de Asomarte, quizá este hilo de e-mails que llevamos no nos va a llevar a buen puerto —incluso alguien podría decir que esto no es un perfil—, pero, como tú, también creo que son temas que necesitan ser hablados —lo necesitamos— y que (me has hecho ver que) el e-mail es de mis medios preferidos.

 

La identidad es un mecanismo extraño que se define desde la negación; hay otros procesos del pensamiento y el lenguaje que funcionan así: las categorías, las definiciones. Poner un nombre a algo es dejar de nombrarlo con la infinidad de palabras y sonidos que, a partir de su bautizo, ya no será. Esto sucede siempre en interacción con el otro y con el contexto. Es lo que no somos, lo que está fuera de nosotros lo que nos permite ir sabiendo quiénes somos, de a poco y sin lograrlo del todo.

 

Más que un perfil, este ha sido un partido de tenis, un juego de ping pong, un espejo, un tejido: un ejercicio de dejar fuera para mostrar lo que hay dentro. Y, como durante todo el texto, la voz de daniela, que introduce un texto, se espejea con la mía, que cierra. En este texto, se leen fragmentos y vacíos del recorte: las conversaciones han sido más largas; los whatsapps, menos interesantes; los correos, imposibles de editorializar. Pero a pesar de los fragmentos, y como en una película de Pasolini, el perfil de daniela se asoma por ahí, entre letras y correos, entre afirmaciones y dudas. Ahí está ella, a contraluz, con su nombre siempre escrito en minúsculas y su pelo chino esquivo, a punto de irse a otro lugar.

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