Cointa Galindo

En PERFILES

Por: Juan Carlos Franco

 

Las actrices tienen la capacidad de mover ligeramente el mundo de su eje. Y no solo en escena, también en el espacio-tiempo cotidiano: así de conscientes son del mundo y de sí mismas. Es justo eso lo que noto viéndola del otro lado de la mesa en la pulquería en la que platicamos: Cointa tomando la batuta de la realidad y haciendo que hable. Así, lépera, vehemente y llena de ternura, con 41 recién cumplidos, habla de su vida, de su trabajo y de la ciudad que la ve trabajar todo el año en obras de todo tipo. Estoy seguro: Cointa Galindo es una de las mejores actrices del país. Lo sé porque la he dirigido varias veces.

 

En los primeros años de primaria en San Luis Potosí, en la que montarán Blancanieves, hay quienes quieren ser la princesa, el galán, la bruja. Una niña quiso ser Tontín. «Y mi mamá me hizo un trajecito increíble, las orejas de fuera, estaba chimuela. Yo solo recuerdo muy bien esta sensación de entrar al escenario con mi vestuario y que la gente se atacara de la risa. Era muy bonito, pero lo que más se me quedó es que mi mamá me decía: «Cointa, eres un fenómeno». Ese fue mi pinino. Me di cuenta de que había un camino que seguir, el de provocar cosas en un escenario.»

Cointa escucha música electrónica, rock progresivo italiano (que le recuerda a su padre, y que recientemente escuchó con su hermano otra vez), boleros, música vieja y música nueva, música rara, música no tan digerible. Sus audífonos son omnipresentes en sus largas caminatas o pedaleadas. También antes de entrar a escena. Al inicio de Bovary, la última obra que hicimos juntos —y que produjimos en Catamita, nuestra casa productora, fundamentalmente para volver a trabajar con ella—, se escuchaba en su celular «Murió la flor» mientras se arreglaba a los ojos del público. Muchas veces, cuando pienso en ella, pienso en esa Cointa a punto de ser Emma al son del bajo de Los Ángeles Negros: concentrada, misteriosa, más grande que ella misma. 

 

El camino de Cointa estuvo a punto de ser muy distinto. «La carrera de una bailarina se acaba y tienes que estar muy comprometida con el peso, con el cuerpo, el entrenamiento, y más con el ballet. Pero dije: soy un desmadre, necesito flexibilidad, no voy a aguantar, y a mí me parece muy bonito el teatro. Y lo que he aprendido con el tiempo es que, mientras más grande te haces, mejor te vuelves. A diferencia del ballet. Puedes llegar a ser un gran actor siendo viejo. No hay límite.»

 

Quizá tiene en mente a Lupita y Guillermo Smythe, a quienes ha tenido muy cerca por su trabajo en La Gaviota Teatro. Ahí, el énfasis en el teatro para niños y la comedia popular la han puesto en un lugar privilegiado: el del dominio de Las Tablas, ese lugar metafísico que los actores ansían alcanzar. No hay mejor entrenamiento que las funciones constantes, la relación con el público infantil, el ritmo cómico. Se trata de técnica, y de esa Cointa tiene mucha. «Me es muy fácil entrar en ficción. Obviamente porque está todo el trabajo técnico atrás: como ya no tengo problemas con el texto, con el trazo, como ya todo está muy puesto ahí, entrar en ficción es una resultante. Eso es algo que me gusta mucho. Y que no dejo de conmoverme jamás, jamás, hasta en las obras de niños no dejo de conmoverme». Es claro: a menudo, en las obras en las que participa, la presencia de Cointa es el eje de gravedad que le da peso a la emoción. Ninguna obra con ella en escena estará vacía.

Trabajar con Cointa es escuchar constantemente apuntes brillantes, que dan cuenta de su forma compleja de ver el mundo y el oficio. Es una forma poética (o mejor, metonímica) de entender la realidad: la riqueza está en la forma en que vemos las cosas, o más precisamente en cómo las relacionamos insospechadamente entre sí.

 

¿Bebida favorita?: «La cerveza». ¿Bebida favorita fuera de la fiesta?: «Agua y café». ¿Manía más fuerte?: «La melancolía». ¿Canción para cantar en un karaoke?: «“Bohemian Rhapsody”». ¿La mejor función que has dado en tu vida?: «En el Museo de la Ciudad, de La más fuerte. Solo estaban una señora y su mamá ciega, que había perdido la vista por la diabetes y hacía mucho no salía. Ese día decidieron ver la obra». ¿Dulce de la tiendita?: «La paleta de sandía con chile». ¿Artista favorita?: «Beth Gibbons». ¿Lugar favorito del mundo para quedarte quieta?: «Mi habitación. Mi cama. El mar». ¿Duelo más grande?: «Prefiero no contestar».

 

Una buena actriz atesora sus secretos.

¿Qué te inspira?, le pregunto. «Estos lugares —dice, mientras le da un sorbo a su pulque de mazapán, preparado en el momento por don Aurelio—. La loquera, la peda me inspira mucho. Me fascinan los libros, la literatura, la novela: ver tantos personajes y tantas situaciones diferentes me conmueve, y me conmueven más los libros que las películas. Siempre he sido muy cercana a la música: música rara, además, música no tan digerible. Y las experiencias personales, mis amigos, las relaciones. Te vuelves una persona observadora. Estos lugares son tan mágicos: observas muchas situaciones, mucha gente, diferentes tonos de voz, maneras de caminar. Tienes que volverte un observador de la vida y tienes que amar la vida, amarla intensamente, disfrutarla, degustarla, odiarla a veces, pero eso es parte de amar, pelearte y decir: estoy harta.»

Dicen que las grandes actrices están locas, lo cual es una aseveración al mismo tiempo claramente misógina y sospechosamente comprobable. Pero con Cointa he logrado entender más o menos de qué se trata todo eso. Es una complejidad, una ironía, una forma de entender que estamos parados en un escenario todo el tiempo y que más vale que lo hagamos parte de nosotros. 

 

Lo que me lleva a las fiestas. Cointa fiestera es un animal, una filósofa y un oráculo. El plano secuencia de un estado psíquico en movimiento frenético. Una vez, cuentan, en la fiesta repetía sin cesar las palabras que estaban en su cabeza, las del estreno del día siguiente. La gente la miraba extrañada, y Bertha Cruces se acercó a preguntarle si estaba bien. Cointa en la fiesta está bien. La fiesta es su hábitat, su Ética y su rapto místico. Pensándolo bien, esa es la energía de Cointa en escena: la del derroche celebratorio.

 

Como directores, una de las cosas que más buscamos es un momento de absoluta verdad, de presencia total, un espacio —que puede durar toda la obra o tan solo unos segundos— en donde la realidad se vuelve la escena. Una de las enormes fortunas de mi carrera fue ver a Cointa crear ese momento y replicarlo al final de cada función de Bovary. «Ahí era mi momento másrockstar, lo juro. Mírenme. Sí, encuerada con un miriñaque. Ah, ¿quieren escuchar la verdad? Ahí les va. Eso me gustaba mucho, la posibilidad de confrontar.» Y vaya que lo hacía.

«El duende, sí. Cuando doy clases, les digo que ese momento es como prender un switch de la voluntad. Actuar es la máxima expresión de la voluntad, y cuando la voluntad está ahí a raudales es cuando sucede la magia. Y obviamente se vuelve místico cuando no solamente es tu voluntad, sino la voluntad de uno, dos, tres, cinco, el director, el escenógrafo, el iluminador: cuando todos están ahí al cien por ciento de su voluntad junto con el público, vaya, magia. Y sí se vuelve inexplicable, pero era lo que decía Lorca del duende, cuando sientes que algo vibra y se transmite y viaja en el tiempo. Una cuestión de voluntad.»

 

Si escribiera una carta de amor para Cointa, y podría hacerlo sin problema, le diría que me siento muy afortunado de poder tomar un pulque con ella a las cuatro de la tarde, que soy otro creador después de haber trabajado con ella, que me ha puesto la piel de gallina más veces que cualquier intérprete, que la quiero un buen desde hace mucho, y que me gusta reconocer en ella la semilla de la inquietud que produce, a su vez, la vanguardia. Sería una carta bonita porque estoy convencido, después de mucho tiempo, de que no hay carta de amor más apropiada que la que va dirigida a alguien que admiras.

 

Describir a Cointa: nómada, intensa en las relaciones, sibarita, excelente lectora, viajera salvaje, cazadora de tesoros emocionales, amiga ferviente, defensora de las causas justas, enemiga de los políticos y los oportunistas. Pero encima de todo está, quizá, su sentido del humor, la capacidad de ver el mundo desde lo luminoso y de burlarse de sí misma, que es el reverso de su facilidad para comprender y representar el dolor de los demás. Nadar en la oscuridad sin dejar de ser la luz. Mantra.

 

Cointa se arriesga. El riesgo es uno de los rasgos más importantes de su labor creativa: no hay nunca en escena, ya sea cuando está sobre ella o detrás, una voluntad a medias. Es una actriz con ganas de vivirlo todo y de mostrarlo de vuelta en escena. Le pregunto qué quiere gritar sobre el escenario. «Que amo la vida, que me apasiona, y me apasiona no de la manera tibia. De eso iba Bovary y se ha vuelto un estandarte. Creo que por eso estuve tan peleada conmigo misma este último año, por entibiarme. Y dije: para nada. Eso, que no hay lugar para la tibieza en el teatro. Ni en el mundo.»

 

** Es escritor, director de escena, traductor y periodista. Sus obras se han producido en varias ciudades del país, incluidas la Trilogía del Reino, Soñé una ciudad amurallada y Bovary. Es coordinador de desarrollo de Dynamo México. Actualmente prepara su próxima obra, producida por la Compañía Nacional de Teatro.

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