Luthfi Becker

En PERFILES

Por: Lucía Tendilla Núñez

 

 

—Soy una persona polifacética. 

 

Residente en México, con estudios en Alemania y Francia; de padre francés y madre con orígenes kurdos, pero nacido en Argentina, el maestro Luthfi Becker ratifica en más de una ocasión que es, en efecto, una persona polifacética.

 

Llegó a México hace treinta y siete años con el fin de impartir un curso de restauración de instrumentos para el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA, hoy INBAL), pues no había quien reparara los instrumentos de los músicos del país.

 

—Es poco razonable, poco realista, pedir un curso de un mes para aprender a restaurarlos, eso es imposible.

 

Sentado del otro lado de la mesita de cristal en su jardín, recuerda aquella encomienda hecha por el INBA y el ministerio de relaciones exteriores francés en el lejano 1985. No le encantaba la idea de un curso tan corto, pero le emocionaba conocer México y su cultura, además de que no podía negarse, pues solían decirle que «como francés hay que trabajar para la cultura francesa».

 

En el Conservatorio Nacional, a punto de comenzar el curso, contaba con un cuarto, una mesa, treinta personas —un grupo enorme— interesadas en adquirir algunos conocimientos básicos de laudería, y una maleta llena de herramientas —desaparecida días después—; el taller, dice, fue un fracaso.

 

—Yo cuento esto no para quejarme, sino para demostrar cómo se veía a la laudería: no se veía.

 

En Francia, el oficio es solo para unos cuantos, aquellos que posean la paciencia suficiente para esperar alrededor de quince años antes de poder pertenecer a la congregación de lauderos. Primero, los alumnos estudian cinco años en una escuela en la provincia de Lorena; luego pasan cinco años en diferentes talleres de todo el país y otros cinco como aprendices, adquiriendo experiencia. «En este tipo de oficios prevalecen reglas muy antiguas. Todos tienen un fondo histórico muy marcado, no entra cualquiera», apunta el maestro Becker. Antes de volver a Francia, le explicó esto al director general para justificar el rotundo fracaso del taller, proponiendo desde entonces la idea de una escuela a nivel licenciatura.

 

 

Tras el temblor de 1985, la Ciudad de México estaba siendo reconstruida desde los escombros, lo que dio paso a nuevos proyectos, entre ellos, el de la escuela de laudería. El subdirector general de educación artística del INBA en aquel entonces, Jaime Labastida Ochoa, contactó nuevamente al maestro Becker.

 

—Además de que no había un mercado, los músicos no sabían dónde conseguir los instrumentos y se dejaban timar por tiendas en el extranjero. Era necesario hacer una escuela donde los jóvenes aprendieran a hacer buenos violines, violas, violonchelos y contrabajos.

 

En aquel tiempo, el maestro Becker ya estaba asentado en Francia con una clientela de todo el mundo: gente de Corea, Japón y Australia querían instrumentos suyos. Pero el maestro recuerda con una sonrisa la «buena dialéctica» del subdirector general que lo convenció de iniciar el proyecto. 1986 fue un año de puro trabajo de oficina, planeación y viajes para conseguir herramientas y materiales.

 

En un principio la escuela se ubicaba en una colonia céntrica de la Ciudad de México y el maestro Becker no contaba con nada más que una secretaria; todo lo demás —incluyendo barrer— lo hacía él mismo.

 

Recuerda con notorio cariño estos tiempos de pioneros:

—El lugar que utilizábamos era una casa que perteneció a Victoriano Huerta, que conservaban descendientes directos cuyo parecido era notable, pues nos echaron de ella. Lo hicieron de una manera muy abrupta: al terminar el contrato, nos lanzaron a la calle con todo el material; con todos los cachivaches estábamos en la acera.

 

Sin embargo, previo a esto, ya había estado pensando en conseguir un lugar más propicio para la escuela. Por suerte contaba con un contacto en el sector cultural de Querétaro, quien los recibió de buena gana en la Casa del Faldón. Mudaron la escuela a Querétaro en tres camiones en los que viajaban más materiales y herramientas que personas; los alumnos que iniciaron prácticamente ya habían acabado su carrera y los pocos maestros que para entonces habían conseguido no quisieron trasladarse. 

 

 

—El INBAL quería cerrarla. Sin maestros, sin alumnos, ¿qué escuela? Entonces tuve que hablarles con «lenguas angelicales». Prevaleció, pero fue borrón y cuenta nueva. Comenzó la talacha aquí y, después de más de tres décadas, atrae a sus talleres a personas de todos los estados de la república e incluso de otros países.

 

Al sacar a colación el tema del proceso de ingreso para la universidad, dice:


—La preparación es más que nada para que los muchachos descubran su talento. Hacer algo sin talento está mal. Uno podría decir «lo puedo aprender», pero, yo, por ejemplo, no tenía talento para ser instrumentista, así que toco para tocar los instrumentos que hago...

 

No termina la idea con palabras, decide que mostrar fotos de algunos de sus mejores trabajos probará su punto. Sus manos podrán no poseer un talento técnico musical, pero derrochan destreza plástica: finos detalles tallados en madera que convergen en instrumentos que no solo deleitan la vista, sino que, con la persona adecuada, también el oído y el corazón.

 

La colección de fotos es abundante y diversa: una guitarra barroca francesa, violas da gamba de diferentes estilos, volutas bellamente talladas en forma de rostros, violas y cellos acreedores de premios y demás instrumentos que solo representan una fracción de su obra. Todos estos instrumentos están enteramente hechos por él, con la excepción de las cuerdas.

 

Las manos de Luthfi Becker comenzaron a dar vida a material inerte hace muchos años en Buenos Aires, Argentina. Durante su infancia, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, se mudó a Portugal y luego a Francia, en donde cursaría el bachillerato. En la orquesta de su preparatoria encontró el gusto por la música y los instrumentos; comenzando con el cello en la orquesta y más adelante con el contrabajo en un grupo de jazz, que tocaban dixieland.

 

Al terminar la escuela, volvió a Buenos Aires con su familia materna. Ahí, para ganarse la vida, repartía revistas en bicicleta, y fue en una de ellas donde vió que había una vacante para la orquesta sinfónica de radio nacional.

 

 

—Me aceptaron no por ser muy virtuoso, sino por tocar con el corazón —recuerda con una sonrisa—. Me decían que nunca podría estudiar eso en Francia porque allá se entra al nivel superior de música a los 16 años, y yo ya no tenía esa edad. Llegué a los diecinueve a Argentina, no sabía exactamente cómo funcionaba eso, y tampoco cuál era mi destino; no sabía dónde iba a parar.

 

No se imaginaba todos las facetas por las que atravesaría su vida. Estaba lejos de encontrar su vocación en la laudería, pero en Buenos Aires conoció a Julio Vergottini, un escultor en cuyo taller pasaría muchas tardes de su juventud.

 

—Empecé a modelar con arcilla, y fue ahí donde él me encontró mucho talento. Me daba la impresión de que eso era lo que tenía que hacer y no la música.

 

Eventualmente volvió a París, donde se postuló en la academia de bellas artes. Ahí, en el taller de un escultor ruso, soportó un año de no hacer mucho más que sacar yeso y barrer. Posteriormente, con el afán de continuar en la escultura, ingresó a la Academia de Bellas Artes en Düsseldorf, Alemania.

 

—Estuve en esa academia algo más de ocho años. Hice las carreras de Historia del Arte y Escultura, pero al final hacía cada vez menos escultura y cada vez más historia del arte, porque allá la licenciatura es una etapa nada más, en lo que se enfoca uno es en la maestría.

 

Al finalizar su licenciatura y maestría en Alemania, lo asaltó la terrible cuestión, la ineludible pregunta: «¿Y ahora qué hago?». Podía abrir una galería, pero no tenía dinero para eso; podía dar clases, pero no le agradaba esa idea; podía dedicarse a la investigación, aunque tampoco le agradaba la idea de encerrarse en un cuarto a investigar.

 

 

—Cuando un catedrático vino y me dijo que en su facultad también había clases de laudería y física acústica, fue como una revelación para mí. Me encantó esa idea, así que, a pesar de estar ya casado y tener hijos chiquitos, me aventuré.

 

Fue hasta que tenía poco más de treinta años que comenzó en laudería. Figurando como una excepción entre los lauderos de Francia, fue aceptado por los títulos académicos que ya poseía —después de todo, qué mejores cimientos se podrían pedir en un aspirante a laudero que un amplio conocimiento histórico y habilidades escultóricas. Pero su talento no se limitaba a dichas habilidades y conocimientos. Durante su larga y amena travesía, descubriría en sí una habilidad de la que declara que no hay manera de hablar porque no hay manera de ponerlo en palabras.

 

—Es nada más lo que siento; cuando suena bien.

 

Pero no alude solo al sonido emitido por sus instrumentos. Luthfi Becker aprendió a leer las manos y los corazones de los músicos que acuden a él en busca de un instrumento que los ayude a desenvolverse como artistas.

 

—Porque para mí lo que cuenta es servir a los músicos y permitirles que crezcan con su instrumento.

 

Su única respuesta ante la pregunta sobre lo que necesita saber acerca de un músico antes de crearle un instrumento fue «Me fijo en su corazón y en sus manos, nada más».

 

 

 

* Egresada del CEDART Ignacio Mariano de las Casas con especialidad en Literatura. Estudiante de música y participante activo de la Orquesta Infantil Juvenil de Santiago de Querétaro. Obtuvo el segundo lugar en la segunda edición del Certamen de Crónica Joven del municipio de Querétaro y fue elegida para integrar la Orquesta Sinfónica Infantil de México en su edición 2023 para la sección de violonchelo.

 

 

 

 

 

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